Libre Albedrío Los Hijos
de Túbal,
la leyenda robada
“Cuentan que, en los tiempos en que reinaba Túbal en Iberia, el monstruo Gerión, el de las tres cabezas, el más feo de todos los monstruos, le quitó la Corona. La Princesa Pirene, hija de Túbal, bisnieta de Noé, asustada, fue a esconderse en las altas montañas. Gerión pensó que, si no la mataba, no podría hacerse respetar como nuevo Rey de Iberia. Así que concibió la idea de pegarle fuego a las montañas, convencido de que la princesa moriría, y se fue a Gades (Cádiz).
Las llamas, agrandándose con el viento, se extendían por toda la cordillera, derritiendo todo aquello que encontraban a su paso.
Por las laderas de la montaña chorreaban ardientes torrentes de lava que achicharraban todo aquello que tuviera vida, extendiendo tras de ellos, el horrible mantel de la muerte. Los pobres bosques chisporroteaban. Corrían despavoridos los osos, los tejones, los jabalíes, los lobos… Los pueblos se inundaban de ríos abrasadores, los pájaros se asaban, las nubes de humo negro tapaban el sol. El calor, aún desde lejos, era insoportable.
Hércules, el semidiós que luchaba victorioso contra los gigantes que tenían asustados a los habitantes de Iberia, oyó los gemidos de la princesa y extendiendo sus brazos en aquel mar de fuego, la cogió.
Ella todavía tuvo tiempo de contarle su historia.
Hércules puso sobre su cabeza las cenizas de la princesa muerta y le levantó un Mausoleo:
Amontonó montaña sobre sobre montaña, haciendo escaleras con estos montones y los Pirineos volvieron a ser magníficos de mar a mar.
He aquí como el Mausoleo de la desafortunada Pirene ha llegado a ser el balcón desde donde podemos ver las tierras de Francia y las de España.”
Preciosa leyenda. Según la tradición bíblica, el gran Diluvio Universal arrasó con la civilización, que fue así purificada y, para ser redimida de sus pecados, recibió una nueva oportunidad a través de un hombre justo, Noé. Él, junto con su numerosa familia, a la que recibió el encargo divino de salvar del diluvio en una gran arca, fue el encargado de repoblar la tierra. Su nieto Túbal, siempre según la tradición, repobló la Península Ibérica, sobre la que reinó dando lugar a la estirpe de la que hoy seríamos todos descendientes y herederos. Pero no, esta bonita leyenda, este mito, que jamás propició guerra alguna, ni enfrentamiento civil, ni absurda pelea étnica, ni ridícula reivindicación identitaria ibérica, hispana o española, acabó, como tantos otros mitos, leyendas e incluso historias perfectamente documentadas, siendo manipulado y jibarizado a gusto de la tribu. Veamos.
Como muy bien explica D. Antonio Guerrero Torres, los orígenes del nefasto y sangriento nacionalismo vasco se basan fundamentalmente en tres mitos: la inexistente batalla de Arrigoriaga, incluida la leyenda del culebro engendrador de Jaun Zuría y el Árbol Gafo de Luyando, y los de Túbal y Aitor (éste último de muy reciente factura; es una “creación” del siglo XIX en realidad).
Dice D. Antonio Guerrero Torres:
“El mito de Túbal se centra en la descendencia de los vascos de ese patriarca bíblico, nieto de Noé, que fue el primer habitante y, por tanto, antepasado de todos los habitantes de la península. Según este mito, la lengua vasca fue traída directamente desde el paraíso por su antepasado, sin que existan mezcolanzas posteriores ni derivaciones de otro idioma, como en el caso del castellano, con respecto al latín, lo que de alguna manera confiere a los vascos, simultáneamente, la condición de pueblo elegido por Dios, con el valor añadido de no haber participado en la muerte de Cristo, como ocurrió con los judíos, el otro gran pueblo de elección divina. Esto, como es obvio, no es sólo un mito aséptico sin más, que tiene aplicación en el terreno religioso exclusivamente, sino que constituye el gran justificante de la hidalguía universal, tan importante durante el Antiguo Régimen, y de tanta importancia social, económica y política, tanto en esta época como posteriormente, dadas sus consecuencias. Y digo que justifica la hidalguía universal porque, en las disputas entre leoneses y castellanos, aquellos aseguraban ser los herederos de los godos, por tanto, los verdaderos nobles y herederos de los derechos de preeminencia en la Península. Mas, parar combatir esta idea, los castellanos se remontaban en su origen a un pueblo anterior y nunca sojuzgado, los Cántabros, de los que formaban parte en teoría los vascos. Planteadas así las cosas y dado que Vizcaya constituía parte de Castilla, el reconocimiento de su nobleza era tanto como afirmar la propia, frente a la de los leoneses que eran herederos de una nobleza advenediza, como para los castellanos era la goda. De esta rocambolesca manera, y asociando el mito de Túbal al del cantabrismo de los vascos, se justifican ideológicamente algunos de los mitos vascos más queridos, el de la independencia originaria, al formar parte de un pueblo nunca sojuzgado, que tiene su señor como producto de un pacto, ser un pueblo directamente elegido por Dios, y que es noble per se desde la noche de los tiempos, todo lo cual justifica, evidentemente, la existencia de los fueros en su territorio, que no son sino las concreciones política y económica de esta hidalguía universal, plenamente justificada de esta manera.”
Así pues, resulta que Túbal, el primigenio y mítico rey ibero, el fundador de la nobilísima dinastía reinante peninsular, quedó reducido, por arte de birlibirloque, a uno de los tres mitos sabinianos, a una de las tres justificaciones de la sangre vertida por tantos españoles, vascos incluidos, en beneficio de la falaz y, en todo caso, irrelevante leyenda de la impoluta raza vasca, elegida de Dios, exenta del deicidio y, cómo no, clarísimamente diferenciada del resto de los toscos y vulgares españoles, hispanos, iberos, que no somos dignos, no ya de nuestra historia, sino ni siquiera de nuestras bellas leyendas y mitos.
Que le pregunten a Otegui, ese hijo de Túbal.
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