Oskar Lafontaine, ex líder de los socialdemócratas alemanes y actualmente presidente del partido germano “La Izquierda”, explica en una reciente entrevista algo que resulta éticamente apabullante y políticamente desmoralizador.
Preguntado por el periodista sobre si a los seguidores de su partido no les perjudica la alianza del mismo con los ex comunistas del PDS, algunos de cuyos dirigentes ocuparon altos cargos en la dictadura de la antigua RDA, Lafontaine responde: "El PDS es, desde hace ya muchos años, un partido socialista y democrático que no tiene nada que ver con la dictadura del proletariado y que reconoce un sistema democrático y parlamentario. Hace ya 18 años de la caída del muro de Berlín y estas acusaciones las promueve la derecha para desacreditarnos. Además entre los jóvenes de hoy, el anticapitalismo es mucho más popular que el anticomunismo".
Lo que me resulta sorprendente no es esa cantinela tan típica de la esclerotizada izquierda europea de responsabilizar de todos sus males a la derecha utilizando el vocabulario ya caduco que continúan empleando estos presuntos progresistas europeos. Lo que de verdad me parece más descorazonador es pensar que los jóvenes occidentales de hoy, según explica Lafontaine, puedan considerar que el totalitarismo comunista que quebró con el hundimiento del bloque soviético y la caída del Muro de Berlín sea más positivo o benévolo que el capitalismo responsable del imparable proceso de globalización social, económica y cultural que vive el planeta. Aunque, la verdad, no sé de qué me extraño. En España, la mayor parte de los jóvenes, y de qujenes no son tan jóvenes, piensa que es más progresista tontear con la dictadura de Fidel Castro o con la democracia populista y de baja intensidad de Hugo Chávez que apoyar a la derecha liberal europea que, en estos momentos, es la única corriente ideológica que en el viejo continente está defendiendo la esencia de la civilización occidental.
Si Oskar Lafontaine tiene razón, y personalmente creo que en esta cuestión la tiene, algo estamos haciendo muy mal en Occidente para que los ciudadanos de menos edad consideren que la más férrea de las dictaduras es más atractiva, o menos criticable, que la libertad. Probablemente, la insolvencia de Occidente para defender y propugnar con firmeza los valores de tolerancia y libertad que conforman la esencia de nuestras sociedades, unido a la preponderancia en nuestros países de una ética blanda que predica esa atrocidad de que “todas las opiniones” son igualmente válidas, se encuentran en el origen de esta atracción por el infierno comunista que pueden sentir los jóvenes actuales. Pero, sobre todo, en el origen de este disparate ideológico se encuentra la incapacidad de todos nosotros para transmitir a nuestros hijos la idea básica y fundamental de que la libertad, la democracia y los derechos individuales de las personas, así como los elevados niveles de desarrollo económico alcanzados por las sociedades occidentales, no son principios inherentes e innatos a la existencia que caen gratuitamente del cielo, sino que son valores que hay que trabajar, pelear, luchar y defender diariamente. Hoy más que nunca. Sobre todo, porque cuando no se hace así, cuando los ciudadanos no se implican en su salvaguarda y protección, es cuando comienza a atisbarse la llegada de las hordas que ya vislumbramos en el horizonte: los jinetes negros del totalitarismo, del fundamentalismo, de la irracionalidad y de la ignorancia.


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