Había leído interpretaciones varias sobre el mito bíblico de La Expulsión del Paraíso. Recuerdo una que me llamó poderosamente la atención. En el libro “La enfermedad como camino” de T. Dethlefsen y R. Dahlke, los autores lanzaban la idea de una toma de consciencia de la dualidad, de la separación y desintegración de la unicidad que empuja al hombre fuera del paraíso de la feliz animalidad integrada en la naturaleza que no se pregunta nada ni evoluciona; sólo existe.

Algo en esa línea sugiere E. Fromm cuando se refiere a la “Separatidad”, doloroso sentimiento que se crea al poco de estar el bebé fuera del vientre materno, cuando repara en que realmente no es uno con la madre. Un dolor que sólo se anula mediante el ejercicio del amor. Del amor auténtico, amor-conducta; no del falso y edulcorado amor-sentimiento progre que no es más que enamoramiento periódico.

He de reconocer que ambos me impactaron. Desmemoriado como soy, me sorprendo sin embargo recordándolos tan nítidamente aún después de muchos años, especialmente el del filonazi Fromm. Hace unos días he leído en alguna parte, probablemente en el Blog de Antonio Piñero, o he escuchado en algún debate televisivo, una interpretación que aún me encaja más desde una perspectiva cristiana y me parece más ajustada a la verdad siquiera por más literalmente aplicable.

Dice esta interpretación que Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso por haber caído en la tentación diabólica de pretender ser dioses. Paradojas de la poderosa lingüística, ha sido una miserable coma la que me ha tenido oculta la verdad durante tanto tiempo. Me explico: siempre he leído la expresión como:

- El árbol de la Ciencia, del Bien y del Mal

Obsérvese la diferencia con:

- El árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.


No es entonces que aquel dichoso árbol contuviese los secretos de la ciencia por una parte y los del bien y el mal por otras, cada cual en su categoría, sino que lo que guardaba era la exclusiva potestad divina para declarar lo que eran el Bien y el Mal. El divino Caos; El Absoluto. Es entonces la pretensión de ejercer de dioses es lo que aleja a las personas, como individuos y como conjunto, de la felicidad. Toda suerte de dificultades y tragedias se derivan de ese endiosamiento que va en contra de la Ley Natural, entre otras cosas porque es absolutamente imposible cambiar los designios que el sistema caótico llamado ser humano en interacción con el medio ha concluido luego de dos mil siglos de evolución genético-cultural. Y si se pretende cambiarlo, el sistema enferma. Muchos han intentado convertirse en Dios: Marx, Hitler, Lenin, Stalin... atribuyéndose la capacidad de alterar la hipercompleja selección natural, pero afortunadamente ése cáncer fue extirpado o atenuado antes de que exterminase la humanidad.

Hoy tenemos nueva partida, con “Los Inefables” Pepe Blanco (por patético requeteidiota caragarbanzo) y a zETA (por gigapatético teraidiota sonrisaboba), jugando a los dioses. Jugando a determinar lo que es adaptativo, lo que es normal, lo que es el Bien y lo que es el Mal en el monopoly de España que les dejó en los calcetines vaya usted a saber qué versión progre de los Reyes Magos el 14M de 2004. Por eso les cabrea tanto que la iglesia recuerde a la gente que los homosexuales pueden y deben ser considerados en tanto que personas como los normosexuales, porque son personas antes que practicantes de sexo, y que pueden hacer de su capa un sayo si quieren convivir durante toda la vida, por lo que sus derechos deben ser protegidos por ley; pero matrimonio y familia sólo hay uno desde hace 200.000 años, la normal.

Pueden inventarse otros nombres pero no usurpar a los demás el suyo ¿Por qué? Porque promocionar dando carta de normalidad a lo que no es normal es condenarnos a todos a las mismas calamidades que ya provocaron otros aprendices de dioses. Porque determinar el Bien y el Mal es asunto de la evolución y de Dios, no de los hombres. Y lo que tenemos que hacer los hombres es acatarlo.