Por aclamación popular entre contertulios de las bitácoras de D21, voy a escribirles un cuento de No Navidad.

No conozco nada de Cataluña en profundidad. He estado viviendo, entre semana, muchos meses y he viajado puntualmente, también por trabajo, muchas veces.

¿Cuál ha sido mi impresión? No puedo hablar de forma categórica, ni definitiva. Quiero dejar la puerta abierta a tener una experiencia más rica y agradable. Por eso, relato unos hechos y, ustedes mismos. Evitaré, por tanto, entrar en antecedentes e intentaré ir al grano.

Definir una localización logística en Cataluña de cierta envergadura tiene un efecto inmediato entre los intermediarios. Se presentan, en paralelo, dos opciones. La primera, la negociación con la Generalitat, y se hace a través de una oficina privada de proyectos. Esa oficina proviene de la experiencia municipal de Montilla. Por esta oficina, pasa toda la adecuación de cualquier proyecto a las exigencias de la política administrativa.

Liderada por personas no nacidas en Cataluña, poseen la pericia para ofrecer una solución personalizada a lo que puedas necesitar. Su relación con Montilla es tal, que han abierto una línea de negocio en la zona de nacimiento de este señor.

La otra opción que se presenta es la que lleva el apellido de una gran familia catalana. Tan grande como es su patrimonio y posición en medios de comunicación. El terreno ofrece todo tipo de soluciones a medida. No puede ser de otra forma, porque una parte del pago está reservado a los representantes municipales, aparte de las comisiones a los intermediarios. Ese pago es por adelantado. A la objeción sobre qué parte del terreno pertenece a otro municipio l,a solución, enseñando planos y acuerdos, que se aporta es que ese municipio, siendo de ERC, sólo tendrá la parte correspondiente a zona verde del proyecto. Cero edificabilidad, cero comisiones.

En medio de estas búsquedas, necesitábamos localizar un edificio representativo para un uso muy concreto, relacionado con el proyecto anterior. En Barcelona, las cosas están muy claras. La forma para adecuar cualquier proyecto a las demandas de la administración pasa por una oficina de proyectos que vende la clara idea de que, siguiendo en el plano lo que se nos pida, todo saldrá rápido y veloz, haciendo luego lo que nos dé la gana. Unas semanas antes, a un joven arquitecto no catalán se le exigió el cambio total de uso del edificio, lo que era condición previa, esto es, mucho tiempo por el medio y sin garantía de éxito.

En paralelo, el negocio proyectado necesitaba acomodar una serie de servicios. Uno de ellos era un sistema de comunicaciones fuera de lo común. Para ello, hablamos con los proveedores directos, dejando a un lado los operadores nacionales. En la primera reunión, me crucé con una persona que vivía desde hacía 25 años en Cataluña. Tenía una visibilidad clara de la marcha de los negocios en esa área. Me puso un ejemplo para bajar a la realidad. Hablamos de un contacto profesional común. Hace cinco años, eran cerca de 500 personas en la sede. Ahora son 9. Esas 9 personas trabajan en la mitad del espacio que tenía el anterior despacho del Director de zona. Ésa es la realidad de la presencia en el mundo de Barcelona. ¿Dónde están los 500? En Madrid. Ésa es la radiografía de cualquier sector tradicional o nuevo.

Exceptuando el turismo. La provincia de Barcelona había conseguido desarrollar los mejores centros de ocio sexual y no quiero relatar los paquetes integrados para grandes fortunas.

En medio de estas conversaciones, mis preguntas eran incisivas. No me podía creer que el mito sobre la Barcelona y Cataluña, esa europea y moderna, era sólo eso, un mito.

La explicación me la dieron dos catalanes, los que eran dueños del edificio y los de la oficina que haría el proyecto. La idea era convertir a Cataluña en una Suiza, en una zona de gran calidad de vida. El control de la inmigración y la creación de barreras de entrada para los no catalanes a negocios importantes. El problema de la inmigración está tan claro como en el País Vasco, otra zona de negocios que he conocido. La catalanización de los recién llegados era absolutamente necesaria. Es absolutamente necesario que todos sepan quién manda y cómo lo hace. Se había controlado la demografía de catalanes y su equilibrio futuro. Iban soltando todo el sector servicios en manos de inmigrantes. Todo lo demás llevaría siempre apellidos catalanes. Los catalanes con apellido se sentían absolutamente dueños del país y de su reparto. La apelliditis de la clase media elevada a potencia atómica.

Sobre ese tema, un dato curioso. Imaginen dos apellidos: Martínez o García. Pues uno de los ingenieros de comunicaciones, nacido en Burgos y criado en Madrid, había puesto en su tarjeta Martínez i García. (¿) Supongo que la “i” era para tener parking gratis.

En la puerta de entrada al edificio donde estaba mi despacho, al lado de la Plaza de Cataluña, aparecían, cada mes, unas pegatinas para cambiar al catalán la placa. Todavía me he quedado con las ganas de verles las caras. La normalización de lo que sea, que me la pidan a la cara y que soporten mis argumentos para no perder ni un minuto en ella. En un solo mes, la normalización a Cataluña me podía costar más de un millón de euros. Ahora, unos machacas me obligan a hablar catalán. Es como de broma sentir tanto acoso y “recomendaciones”.

Este cuento de No Navidad es porque esa ha sido la que yo viví. La versión del mismo para otros ha sido de Navidad, de Reyes Magos.