El Gobierno nos ha estado vendiendo los buenos números de la economía como éxitos propios. Sólo los buenos, digo, porque cuando alguien le nombraba el descenso de la inversión extranjera, por ejemplo, enrojecía y descargaba su famosa retahíla de números escogidos y maquillados por cualquiera de las bocas a su servicio. Bien desde el Congreso, bien desde la televisión, bien en El País o en la SER, bien los tertulianos de palma embadurnada. Hace poco Zapatero decía orgulloso en un mitin, rodeado de banderas rojas y blancas, que los próximos cuatro años iba a crear tres millones de empleos. ¡Él! Yo me estremecía de curiosidad tratando de entender cómo lo haría. ¿Iba a volverse emprendedor?
Zapatero se atribuye el crecimiento del PIB. Él, sin más, sin repartir la victoria con nadie. Debe considerar idiotizado al conjunto de los españoles de a pie, a las clases medias que de ocho de la mañana a nueve de la noche trabajan para poder pagar el canon y la última película de Almodóvar, y, si les queda algo, para sacar adelante a su familia. Cuando llegan malos números, y de la mano el sufrimiento de la gente, frivoliza y echa balones fuera. Culpa al precio del petróleo, a la crisis crediticia con sede en EE.UU. Todo parece apuntar a Bush, piensa Zapatero, con la falsa sonrisa que dibujan dos hilos invisibles tirando de las comisuras de su presidencial boca. Y, por lo tanto, a Aznar.
La Navidad está siendo dura, pero el español es especialista en ajustarse el cinturón en ocasiones especiales y no perder ni un ápice de felicidad. Aún así, siempre tendemos a apurar el gasto en Navidad, dando por hecho que la cuesta de Enero está inevitablemente ahí, al acecho. Las cifras económicas no han dado ni un respiro navideño, y nos han pillado con el turrón en la mano, matasuegras en la boca y el gorro rojo en la cabeza —como bien relataba el editor en el artículo «Papá Noel ladrón», que entra trepando en nuestras casas y nos protagoniza la Navidad; pero es que es así—. Y las noticias seguirán llegando. Tal vez cuando abramos los regalos el día seis, bajo el abeto de plástico que da manzanas rojas de plástico —¿lógico, no?—, nos viene el último repunte de la inflación, o del Euribor.
La cuesta de Enero —y de Febrero, y de Marzo— se intuye terrible. Los precios de los bienes de consumo diario están por las nubes. Mucho más altos que el IPC, por supuesto, ya que usan la treta de sumar cosas que reducen el índice, pero que no son de consumo diario. Las apuestas de caballos, por ejemplo. Las hipotecas dan miedo. Los sueldos están bloqueados, o bajan. La presión fiscal sube. La bolsa se muestra inestable, y se preparan dividendos para una deserción en los primeros compases del año entrante. Las empresas comienzan a perder dinero, pues el consumo ha bajado estrepitosamente. Eso crea un efecto bola de nieve, que arrastra a otras empresas que no son de consumo diario, y a casa llega menos dinero. Hay que recortar más. Y más. Los primeros afectados son los que menos cobran, los jóvenes y jubilados, los “mileuristas”. Tienen que comprar comida, y billetes de transporte público, y pagar la hipoteca. Pero ya no pueden ir al cine, o a cenar fuera, o a tomar una copa. Pero luego la bajada del consumo se propaga, y afecta a un radio mayor de gente. Las “ayudas sociales” que nos anuncian lo único dan es la risa. La soga al cuello aprieta.
Ante los malos datos económicos, que describen la situación de la gente si no los usamos para rellenar un discurso de autobombo “zapaterino”, o un anuncio del “Gobierno de España”, éste despeja balones como si fuera Zamora, o Iker. Él no tiene la culpa, es el petróleo y Estados Unidos. Pese a que al compararnos con el resto de la Unión Europea veamos que estamos peor. Pero si los datos son buenos, llueven las flores sobre los hombros de Zapatero, que se puso el traje sin quitarle la percha. Cualquiera diría que o una cosa o la otra. Que o el Gobierno es responsable de todo, o de nada, pero tampoco estoy de acuerdo. Las cosas pueden ir mal por una situación exterior, pero el Gobierno es el que impide que se puedan afrontar lo mejor posible las dificultades, por ejemplo, por la elevada presión fiscal —los españoles tenemos en las manos menos de un 60% de lo que ganamos—, o por la escasa productividad, fruto de la intervención estatal en el mercado. Podría ser peor, eso es cierto. Pero hay muchas barreras que saltar, y muchas restricciones que satisfacer.
Sin embargo, cuando nos torpedean con datos positivos, opino que no son gracias al Gobierno como nos tratan de hacer ver, sino pese al Gobierno. Por ejemplo, si se crean empleos, no es por la facilidad que éste da para hacerlo, pues su principal aportación en ese campo es el aumento del salario mínimo, que va contra la creación de empleo. Por ello hay que saber interpretar el motivo por el que, al despertar del sueño navideño, nos encontramos con la pesadilla del día a día, una cuesta escarpada, sin piolets ni crampones, que trataremos de subir mientras nos recuerdan los “éxitos” del “Gobierno de España”. ¿Qué reforma han hecho, por cierto, para atribuirse los datos positivos? ¿Alguna gestión que no suponga un palo en las ruedas, que no suba la presión fiscal o que no entorpezca el dinamismo? La callada por respuesta. Y la gente, soportando sonrisas y demagogia sin disimulo, viviendo su particular pesadilla después de Navidad.

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