Termina el año 2007 con el enésimo ataque a la familia. Pedabobos y psicobobos unidos en la empecinada batalla progre de crear problemas donde no los hay. O de hacer leyes que les vienen en gana sin pensar —para qué, si ya piensan los que mandan; en opinión de sus insignes portavoces Los del Río, esos de la cultura— en las consecuencias de su vanidosa pretenciosidad. Habrá que esperar que una catarata de denuncias de críos educados en la Educación para el Rebaño, que asumen los postulados nazis del culto a la juventud -en la autorizada opinión de mi amigo Horacio Vázquez-Rial- de sus nuevos sacerdotes universitarios y los del desprecio bernatsoriano a la madurez, contribuyan a destruir el derecho de los padres a pasarse por el arco del triunfo sus vómitos mentales y educar según su propio criterio y capacidad. Pero va a ser que no. Yo, por lo menos, voy a darle ahora mismo un cachete a mi hija que está enredando en Youtube aquí a mi vera, por si acaso, no vaya a ser que se crea que esto es jauja.

Esta panda de majaras de universidad, iluminados como su Zumo Zacerdote, aún no se han dado cuenta de que la inmensa mayoría de los padres estamos de acuerdo con que es preferible no tener que recurrir al soplamocos, pero las circunstancias de la vida de cada cual no permiten siempre permanentemente hilar tan fino como para encontrar el recurso didáctico perfecto. Hay situaciones, y reto a cualquiera a contradecirme, en las que un sopapo es no sólo inevitable, sino aconsejable. Sobre todo si las inhabilidades educativas paternas producto de la LOGSE ya han construido un monstruito. He dicho un soplamocos, no descargar descontroladamente nuestras propias frustraciones con un crío indefenso.

¿Qué se traumatizan?. Que se traumaticen si pueden. El año pasado, por estas mismas navideñas fechas, me enteré por boca de mi tío materno de que mi madre sacaba a pasear la zapatilla a menudo cuando yo era un crío. Yo tenía a mi madre por una madre sobreprotectora y me entero de que podía haberla denunciado por maltrato infantil. ¿Y si lo hago ahora con efectos retroactivos? Tengo 43 años y es la primera noticia que tengo de que mi madre me zurraba la badana. A todo esto, mi inconsciente freudiano no ha dicho aún ni mu, no me he puesto a llorar en el hombro de nadie y sigo teniendo eso que se llama autoestima en su sitio según las circunstancias, que tampoco soy un estoico faquir.

Porque puestos a no poner en riesgo la autoestima ¿por qué ese afán persecutorio con aquellos a los que nos gusta darle caña al motor de utilitario en una de nuestras autobahn? ¿Y si nos frustramos? Y ¿por qué obligarnos a pagar las hipotecas que nos están martirizando literalmente? ¿Y los suspensos? ¿Prohibimos los suspensos? Todos con matrícula de honor a casa. ¿Y los despidos? Yo me pido ser presidente del BSCH o pilotar el McLaren que dejó Alonso vacío o voy y me frustro. ¿Y los divorcios? ¿Y el “ya no te ajunto”? Me van a permitir la maledicencia impropia de estas fechas, pero este país está lleno de gilipollas monosinápticos.

Ahora... claro, como ojos que no ven y crío que no protesta, corazón que no siente. Así que puedo coger a un hijo mío indefenso porque los abobados (con “g”) dicen que no tiene naturaleza jurídica de persona y por tanto no puede ni pedirse una defensa de turno de oficio y entregárselo tranquilamente a los de las trituradoras, los de los martillazos en el cráneo y los del pinchazo en el corazón, con la tranquilidad de que los psicopedabobos ni se van a inmutar; total, los muertos no son cosa suya, sino de los nascituróbobos... y no tienen autoestima.