Vivimos un momento histórico en el que la velocidad a la que se dan los cambios políticos, mediáticos y tecnológicos, la rapidez con la que se propaga la información, ha provocado que se abra un abismo entre el desarrollo de unos y otros lugares del mundo. Existen unas enormes diferencias en la mejora de los sistemas de convivencia, de forma que unos países disfrutan de una estructura de libertades relativamente avanzada, un gran desarrollo tecnológico con implantación en las vidas cotidianas de los individuos, y una organización efectiva de producción, intercambio y bienestar; mientras otros han quedado estancados en sistemas contrarios a la libertad de los individuos, de poderes concentrados, y de organización escalonada, muchas veces, por grupos étnicos o tribales.
Occidente, refiriéndose a él de una forma no estrictamente geográfica sino en términos de desarrollo, disfruta de sistemas distintos y de diferentes niveles de libertad individual; no como un conjunto homogéneo, sino a modo de escala de grises en un espectro determinado. Sin embargo, muchos de los más ambiciosos países, caminan en una misma dirección: tienden a la globalización. Es decir, tienden a buscar la cooperación —no interpersonal ni interregional, sino ya internacional— en la que se aplique el principio de sinergia por el que dos fuerzas trabajando juntas son más eficaces que por separado. Así, se buscan los rasgos comunes, las características compartidas entre las distintas culturas, países y lugares, y se tratan de establecer los máximos vínculos posibles, de estrechar lazos, para lograr un tablero sobre el que trabajar juntos de la forma más efectiva.
Ante esta tendencia, los resultados son más que evidentes. Tanto en Estados Unidos como en Europa, de forma interna, se ha extendido un mercado lo más amplio posible sobre las fronteras nacionales. Esto ha repercutido de forma tangible en el bienestar de las personas, así como en el gran avance en cuanto a la distribución de recursos y a la sustancial disminución de la pobreza en términos absolutos. Por otro lado, y aunque en términos distintos, la relativa apertura que se está dando en muchos de los países Latinoamericanos está tumbando viejos tópicos socialistas, colectivistas y totalitarios, y está haciendo que el nivel de vida de los individuos de absolutamente todos los estratos económicos y sociales crezca de forma imparable. Pese a que también se dan contextos de proteccionismo y políticas económicas que perjudican las relaciones internacionales y la situación de las personas, de forma general muchas naciones han establecido ámbitos de comercio más próximos al mercado liberal y a la supresión de intervencionismos con el fin de competir en un mercado más amplio; y es de ello de lo que se están recogiendo los frutos.
No sólo queda en la cuestión económica, aunque haya sido la que nos ha afectado de una manera tan beneficiosa para nuestro bienestar, sino que los puentes que se van tirando, cada vez de importancia más capital para las naciones, son también de categoría política, representativa, operativa, informativa y mediática. Hay que poner muchas comillas sobre los términos y las conclusiones obtenidas, pues al ir ascendiendo las relaciones y la convivencia a la esfera internacional van surgiendo nuevos problemas que superan el ámbito de nuestras legislaciones nacionales. Se plantean nuevos debates, nuevos retos y nuevos conflictos legales e ideológicos que hay que ir resolviendo para no caer en las exigencias de los enemigos de la libertad —mayor poder para las autoridades políticas, menor para los ciudadanos—, y dar pasos en la buena dirección. En la dirección de la colaboración para la extensión de la libertad y el desarrollo, y como consecuencia acabar con la pobreza en el mundo.
Este asunto, la abolición de la pobreza, ha constituido un auténtico Caballo de Troya de la llamada, en su falsa acepción, “progresía”. Se ha usado una estructura argumental aparentemente lógica, un armazón grandioso de madera esculpida, y con ello se han logrado objetivos contrarios a los que se vendían: se han retirado recursos y áreas de libertad de las manos de los individuos, y se ha atribuido más poder a las clases políticas. Es la fluencia habitual a la que tienden los ideólogos totalitarios. Y, por supuesto, con ello ha levantado otra barrera en el desarrollo de los países pobres.
En una jornada de puertas abiertas se llenaron los escaños del Congreso con niños, y se les formuló una pregunta a contestar desde el nuevo rol de diputados: ¿qué hacemos para resolver la pobreza en el mundo? La respuesta, lejos de sorprender a nadie, fue la misma que dan los políticos: «les debemos dar nuestro dinero». En ese momento salían los guerreros griegos del Caballo de Troya, caída la noche y la ciudad dormida. Triunfaba ese razonamiento intuitivo que aún no ha dado más resultados que los contrarios de los reflejados por el bello armazón de madera, que aún no ha sacado a nadie de la pobreza. Es difícil que un niño deduzca que el progreso y el desarrollo necesariamente se deben dar en un contexto de libertad, que es el único en el que se puede fomentar el trabajo humano, y que es éste el que exclusivamente puede sostener la riqueza y el bienestar de los individuos. Pero es más preocupante que ésta no sea la respuesta de los representantes políticos, y que sea la del 0.7%, la misma que dieron los niños. Es necesaria para sostenerla la invención de culpables, tales como los países ricos que supuestamente impiden el desarrollo al comprar ahí materias primas, al introducir sus empresas para utilizar esos países y explotar a sus trabajadores. No es sino para explicar por qué, pese a haber llevado a cabo esa política de redistribución global, no sólo esos países no han salido de la miseria, sino que se siguen hundiendo en ella.
Sucede que la realidad es tozuda, y no responde bien ante las medidas contrarias a la libertad. Al observar las correlaciones entre la riqueza y la libertad, se da uno cuenta de que es realmente en aquellos países en los que no existe libertad para asociarse, para emprender y realizar intercambios libremente, en los que están sumidos en la pobreza; que son precisamente las empresas que ofrecen puestos de trabajo, o que compran materias primas las únicas que logran un beneficio efectivo para los ciudadanos de esos países; y que son los lugares donde la clase política concentra mayor poder y en los que los individuos disfrutan de una menor libertad en los que la indigencia y el subdesarrollo son más difícilmente recuperables.
Afortunadamente, estos tópicos se desmoronan, aunque sorprenda lo aguerridamente que resisten. Todo país que ha salido de la pobreza lo ha hecho por la puesta en práctica de medidas basadas en la libertad individual y en atribuir la responsabilidad de las decisiones a los ciudadanos. Ninguno ha salido gracias a la redistribución global de la riqueza. Se ha comprobado que los países de América Latina que han aplicado unas políticas de mayor libertad se están separando de forma efectiva de las zonas de pobreza en las que estaban sumidos. Al igual que ha sucedido con la situación de dos países fronterizos en el sur de África, como son Zimbabwe y Botswana, en el que el primero de ellos padece un régimen totalitario y ahora se enfrenta a una hambruna de dimensiones terribles; mientras que el segundo, que disfruta de un sistema democrático de libertades, está experimentando el más rápido crecimiento de renta per cápita del mundo. Ha sido la constatación de que la libertad es un motor de progreso, desarrollo y riqueza, y que, además, distribuye de forma más eficaz los recursos, lo que está dejando al descubierto lo que se aloja en el interior de ese Caballo de Troya.
Incansables, los enemigos de la libertad no dan su brazo a torcer y, ante la constatación de que para salir de la pobreza es necesaria la libertad —aunque sin desprenderse del concepto de la redistribución global de la riqueza—, recurren a otro argumento intuitivo, otro Caballo de Troya, basado en que los países con un régimen de libertades, aunque obtengan una mayor riqueza en términos absolutos, lo hacen de una manera desigual. Se apela al “mal de la desigualdad” entre los habitantes de ese país. De nuevo utilizan los culpables anteriormente creados y crucificados para atribuirles los dichos males: son los ricos los que se atribuyen esa riqueza, y lo hacen a costa de lo pobres, hundiéndoles más.
Cuando en un país se establece un régimen imperado por la igualdad de todas las personas ante la ley, y cuando la riqueza de cada uno depende de su trabajo, su esfuerzo, y del bien que hagan sus productos o servicios al resto de la sociedad, es inevitable que se provoquen desigualdades entre las rentas. Pero es una cuestión de justicia: los vagos no prosperan en una sociedad basada en el trabajo, mientras que el trabajador sí, y no por ello lo hace pisando al anterior. Es precisamente injusta la situación contraria, en la que la ley se utiliza para ajustar las rentas y patrimonios al mismo nivel, de forma independiente al esfuerzo y al trabajo. Es esta “igualdad mediante la ley” la que impide la igualdad ante la ley, pues debe reordenar según condiciones arbitrarias, discriminando a unas personas en favor de otras por nivel de renta y de esfuerzo.
De esta manera, además, se excluye el trabajo como requisito para obtener resultados, por lo que deja de tener sentido trabajar. Si en una sociedad con diferentes niveles de renta se nivela mediante la redistribución al mismo rasero de valor, digamos, 500, los que produzcan más no lo harán, pues automáticamente bajarán al nivel igualitario. A su vez, los que produzcan menos no tratarás de esforzarse, pues hagan lo que hagan, subirán al nivel de 500. Pero no podrán, pues nadie los producirá. Es la “guillotina horizontal” —título de un interesante artículo de Alberto Benegas, del Cato Institute—, por la que al nivelar la renta y el patrimonio independientemente del trabajo y el esfuerzo, lo que se logra es igualar en la pobreza.
La desigualdad en la renta de los ciudadanos será necesariamente mayor cuanto mayor es el nivel de riqueza de un país, y mayor su capacidad de premiar el esfuerzo. Sin embargo, es un error pensar en los sectores de rentas más bajas como un estamento, como un grupo cerrado que no se comunica con los demás, al comparar estadísticas de distintos momentos. El valor del nivel mínimo no suele moverse pero sí las personas que lo ocupan, pues contabiliza la renta del joven que empieza o, del inmigrante que llega sin nada a probar suerte, y que, mediante el trabajo, en las siguientes mediciones habrán ascendido en el nivel de renta y bienestar. Y otros habrán llegado con el mínimo nivel de renta, con lo que su valor se mantiene en las estadísticas. Es esta circulación de personas por distintos niveles de renta una de las características de las sociedades abiertas y libres. Mientas tanto, si el país sufre un crecimiento global de producción y riqueza, el mayor nivel de renta, al igual que toda la gama de rentas medias, será más alto, pese a que las personas, igualmente, pueden haber descendido de esos puestos.
En este caso, como prácticamente en todos, la verdadera reforma que necesariamente debe darse radica en el interior de todos nosotros, los ciudadanos. Es necesario tener presente cuál es la manera de erradicar la pobreza y la miseria, y rechazar los productos de madera que no hacen sino mal a esos países. Es necesario saber qué desigualdad es la preocupante, que es la desigualdad ante la ley, y la desigualdad que existe entre los países con libertad y sin ella, para así ejercer mejor nuestra labor de autogobierno y tenerlo en cuenta a la hora de elegir a nuestros representantes.
Al llamar a las puertas, los griegos señalan el hermoso caballo de madera. Un regalo de los dioses, dicen. Un bien en sí mismo, evidente por su belleza y apariencia. Pero al caer la noche, las puertas cerradas y bajada la guardia, los soldados se deslizan del vientre del caballo, dispuestos a terminar en una noche lo que empezaron diez años atrás. Son argumentos engañosos, aparentemente lógicos e intuitivos, que bien por interés o por error se ofrecen para poner fin a los problemas del mundo, agravándolos. La pobreza, o la desigualdad, como ejemplo. Pero sólo hay que observar cuales son los países con mayor desigualdad de rentas para comprobar que no conviene imitarlos. Son rentas igualadas por la “guillotina horizontal”; igualadas en la miseria y en la pobreza, en lugares donde los individuos ven la libertad lejana, inalcanzable. Donde acceder a ella es toda una odisea.

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