Decía Nietzsche: “Quien tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. A propósito de esta cita afirmaba Victor Frankl en su obra “El hombre en busca de sentido” que describe su experiencia en varios campos de concentración, Auschwitz incluido, que “aquellos que tenían una razón, una meta, algo que querer profundamente, eran los que sobrevivían a los momentos de agotamiento y desesperación, sin tirar la toalla. Y no es tanto luchar contra el sufrimiento o buscar el placer, sino buscarle sentido al dolor”.

Entrando de lleno en el campo de la lingüística cognitiva, habrá que advertir el error, bien de Nietzsche o bien del traductor, pues el “por qué” hace referencia al pasado, a las causas. ¿Por qué sufrir? Pues porque estoy vivo y soy ignorante (Buda dixit). No es un asunto trivial en absoluto, sino extremadamente importante; prueben a sustituir sus causales “por qués” por “para qués” orientados al futuro, cambiarlos en los discursos que escuchen o preguntarlo —para descubrir la intención oculta— cuando alguien les dice o hace algo que les parece reprobable; descubrirán sutiles intentos de manipulación y notarán un igualmente sutil cambio positivo en su vida.

Pero sigamos con la esperanza. Liberado el ser humano de las pulsiones-objetivo de la etapa de la formación de la familia: trabajo, reproducción, hogar, éxito social..., es decir, una vez cumplida la misión para con el mantenimiento de la especie y la prosperidad general, el ser humano necesita un para qué de su existencia. ¿Para qué narices estoy aquí? ¿Para qué sufrir si después no hay nada? Obviamente, la existencia de la esperanza atenúa estos desagradables pensamientos y sus sensaciones asociadas. Vamos a ver por qué.

Y es que, por debajo del nivel de los objetivos y las metas está el nivel las direcciones, las grandes direcciones, el sentido de la vida, La Misión que hemos venido a desempeñar. Una dirección que puede recorrerse en sentido inverso, hacia atrás, buscando recuperar el placer y la juventud perdida, o en sentido recto y cabal, hacia delante en pos de un gran objetivo, el más grande para un cristiano, que es asegurarse la admisión en la Casa del Padre.

Sin esta esperanza de salvación las dificultades realimentan pensamientos y sesgos negativos, desarrollan las redes neurales relacionadas con lo displacentero que atraen hacia sí como un aspirador todo lo que nos ocurre en la vida —incluso lo positivo— generando un círculo vicioso, en detrimento del desarrollo de las redes relacionadas con lo placentero que generan un círculo virtuoso. Es pues simple cuestión de inteligencia evitar la desesperanza manteniendo activa por debajo de la dificultad la esperanza mayor a la que puede optarse: la de la salvación eterna. Pero no basta con tener “esperancitas”, que pueden convertirnos en perdedores positivos que niegan la realidad y la pierden de vista porque resulta dolorosa, no son los triunfos ni las derrotas lo más importante y poderoso para cambiar nuestra vida, sino la victoria final. Quien posee esta esperanza siente que Dios tira de él desde el futuro hacia Él.

Debe entenderse pues la esperanza como parte de la categoría cerebral del Bien, lo placentero, en contraposición de la des-esperanza que forma parte de la categoría del Mal, lo displacentero. Así entendida, podemos comprender mejor la utilidad de la esperanza —cuestiones puramente religiosas aparte— porque es realmente un antídoto neural contra todo lo negativo, que debe entrenarse constantemente mediante los métodos que la Iglesia prescribe, particularmente la oración y la conversación con El Padre.

Al respecto es interesante comparar el cristianismo con la ancestral religión hindú para entender mejor el gran valor de la esperanza en el final de la vida. Para algunos adeptos a estas antiguas religiones es importante el entrenamiento durante toda la vida de las técnicas de respiración —Pranayama— con retención del aliento, pues creen que en los últimos estertores antes de la muerte es esencial conservar la calma y la lucidez a fin de evitar que el alma se quede enganchada al aterrorizado ego que teme la muerte y desea mantenerse vivo a toda costa boqueando como un pez en busca de aire, atrapada en el círculo de reencarnaciones, para que pueda así volar libre a fundirse con Brahma, El Absoluto. No es pues su perspectiva tan distante de la de un cristiano, aunque en otros aspectos diste enormes distancias, particularmente la necesidad de perseverar para convertirse en acróbata espiritual y físico con el fin de lograr la Gran Liberación, el Mahasamadhi, en detrimento del trabajo.

Los beneficios de la esperanza cristiana en la salvación son pues evidentes incluso en los últimos días de la vida, en los que los ateos más recalcitrantes como Machado buscan a Dios como medio de conjurar el miedo a la muerte. Lástima que en demasiadas ocasiones sea tan tarde, cuando tanto mal se ha hecho a los demás.


Al final, una conclusión clara: la esperanza y la fe, como estructuras neurológicas que son, deben ser desarrolladas. No se pueden conseguir sin este requisito. ¿Quieres tener fe y esperanza? Pues empieza a entrenarlas.