Se extiende más, si cabe, la nebulosa biempensante según se acerca Marzo con sus elecciones generales. Es una nebulosa en la que todos los discursos se llenan de vaguedades, de imprecisiones y de frases hechas por los tertulianos de la Cofradía de lo Políticamente Correcto. La prioridad, según la doctrina de la Orden, es minimizar el riesgo electoral de los partidos que aspiran a representarnos; el riesgo ante titulares efectistas, consignas en bandeja, y aperturas de noticiario. Y sólo se logra reducir el riesgo mediático a cero a base a rebajar el contenido del discurso, también, a la nada.
Vivimos una época en la que los políticos, esos representantes absolutos que vuelan por encima de los tres poderes cuya separación Montesquieu expuso como necesaria, tienden a dejar al margen los principios para regirse por el tacticismo electoral; ese actuar siempre con las encuestas en una mano mientras con la otra se tratan de manipular; ese actuar sin estrategia en la que los tácticos —o sociólogos adictos¬— no ven más allá del corto plazo, tomando una decisión y su contraria en breve lapso de tiempo sin percibir contradicción alguna. Pero no queda ahí. Se extiende sin freno, de forma que también un sector amplio de la opinión pública, que se hace llamar —usando un término tan vacuo como sus propuestas— “centrista”, siempre está analizando toda acción, no por sus repercusiones, consecuencias ni principios rectores, sino por su repercusión electoral.
El tembleque electoral ha hecho regresar al Gobierno, no sin amarrar sus planes de futuro, a la aparente y temporal firmeza en la lucha antiterrorista, como si nada hubiera pasado. Ahora se pliegan, ejecutan como si llevaran toda la vida haciéndolo, a lo que unos sectores de la sociedad llevamos exigiendo durante años mientras soportábamos —unos más que otros, que algunos tenemos la fortuna de vivir en el anonimato sin justificar por qué existimos— el chaparrón de insidias e insultos que más de uno ha pagado con visitas al juzgado o patadas en sus partes. Se trata de dar una sensación falsa y amnésica cuando llega el olor a urna. Como si no se hubiera emprendido una ruptura unilateral del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo en el único punto al que se reduce, su raíz y razón de existencia: “nadie negociará con ninguna banda terrorista, gobierne quien gobierne”. Se ha amartillado tanto con la necesidad de la “unidad frente al terrorismo” —«el objetivo final es llegar a la unidad de los partidos», según una reciente declaración de un cargo importante que bien puede diluirse entre las vaguedades dominantes—, se han admitido a trámite mediático en titulares y editoriales tan falaces argumentos, tan descaradas mentiras, y tan infundadas consignas, que se ha terminado por desvirtuar el significado de la “unidad frente al terrorismo”.
Esa unidad frente al terrorismo es fundamental. Pero no coincido con el significado de unidad que ahora impera. Todos los partidos con representación parlamentaria, así como los sindicatos y la patronal, han firmado un documento repleto de obviedades y términos ambiguos simulando una unidad en la nada; se ha convocado una concentración a la que los ciudadanos han dado la espalda —que duró dos minutos sin contar con el intercambio de consignas y abucheos posterior—. Pero, pese a todo, la Cofradía de lo Políticamente Correcto se muestra ahora encantada, pues —dicen— se ha dado un paso en la buena dirección en cuanto a la unidad frente al terrorismo.
La unidad frente al terrorismo es fundamental, como decía, pero no consiste en la teatralización pública de la amistad entre los cargos políticos, como si de actores en un corral de comedias se tratara. No son palmadas en la espalda, ni el cese del intercambio de argumental. Dicha unidad no consiste en que aparentemente se lleven bien los políticos, sino en que exista una unidad en el fondo del asunto: en el modo de acabar con el terrorismo. Y que decir tiene que en estos momentos esa unidad —la única posible y veraz— no sólo no existe, sino que se encuentra absolutamente rota.
No está mal que los políticos se lleven bien. Pero si el objetivo fuera subir el Everest, con esto nos habríamos subido a una piedra. Nos quedamos en la superficie, en los gestos, y en las formas. De hecho, la mayor petición de la Cofradía es que no se haga política con la lucha antiterrorista, como si los ciudadanos no tuvieran derecho a plantear un debate sobre la necesidad de acordar el modo de acabar con el terrorismo. Sucede, sin embargo, al contrario. Negar el debate, y por lo tanto la capacidad de pensar, sería tan antidemocrático que si se hiciera lo mismo con todos los asuntos, la democracia perdería su sentido; es decir, se reduciría libertad de elección de los ciudadanos, e incrementaría más, si cabe, el poder blindado de los representantes políticos.
El verdadero salto hacia la igualdad radica en que un amplio sector de la sociedad, muchas personas, que actualmente apoyan la negociación con terroristas cuando ayer apoyaban el Pacto —esas manos ambidiestras que firman un acuerdo de Estado mientras se reúnen con asesinos sólo tienen sentido, en general, en la llamada clase política¬—, reflexionen dejando la doctrina de su partido de cabecera al margen. Que caigan en la cuenta de que de ese modo, los terroristas siempre tendrán una luz al final del túnel que les anime a seguir matando¬. Que es sólo pactando que, gobierne quien gobierne, nadie negociará con una banda terrorista, como se apaga esa llama de esperanza que recientemente ha vuelto a encenderse en el horizonte etarra. En ese momento, cuando la Cofradía de lo Políticamente Correcto, donde siempre se toman los dos extremos —aunque sean el bien y el mal¬— y se hace la media con la encuesta en la mano para sacar una conclusión, sólo contemple la asfixia jurídica de los terroristas, entonces se podrá decir que, ahora sí, se habrá alcanzado una unidad real frente al terrorismo. Hasta entonces sólo podremos felicitarnos de haber subido a una piedra, y de estar contemplando la nada con una ceguera políticamente correcta.

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