Roma estaba gobernada por dos cónsules elegidos anualmente y dotados con los mismos poderes. Eran al mismo tiempo generales del ejército. El órgano político supremo era el Senado. Los senadores, en cambio, no eran elegidos, sino nombrados de forma vitalicia. Junto a senadores y cónsules, existían otros magistrados. Uno de ellos era el censor, que nombrado cada quinquenio, tenía la facultad de realizar un censo –o ´estimación`- . Uno, que no consistía en un mero recuento de habitantes, como sucede entre nosotros. El censor hacía una revisión general de los usos y de las costumbres. Era pues, un vigilante del respeto a la moral. Poseía, en efecto, el poder absoluto para remover cónsules y senadores. Cada cinco años la sociedad entera se sometía a este `rito purificador´ para empezar de nuevo.
Conociendo del inmenso poder que otorga la lucha contra la corrupción, los romanos, empero, limitaron al censor de dos formas: primero, la `censura´ era una institución cíclica, no permanente: resplandecía cada cinco años y de forma provisional; y, segundo, no había uno sino dos censores que podían vetarse el uno al otro.
En el 22 a. C., Octavio Aurelio, cuando la República Romana entraba en crisis, se proclamó censor vitalicio y la censura, que había visto la luz en 442 a. C. dejó de funcionar como una institución independiente. Concluía el control y prosperaba el Imperio.
Hoy, a miles de años de distancia, cada vez que una sociedad se siente en peligro, cada vez que advierte que los usos se disipan más allá de un límite, reclama un censor, o tal vez, se convierte en uno. Esto sucedió en Venezuela con el triunfo del ´No` frente al propósito del régimen de modificar 69 de los 350 artículos de la Constitución. Así es, la confrontación desde las filas opositoras fue liderada por un grupo de jóvenes universitarios, que propusieron a la sociedad venezolana una suerte de ´toma de conciencia` sobre la realidad que se vive bajo la sombra del chavismo, cuya legitimación tomó cuerpo, a posteriori, en una jornada electoral, que en mi opinión, se constituye en el primer peldaño para enterrar cualquier pretensión de perpetuidad en el poder o de sentar las bases para impulsar el llamado socialismo del siglo XXI (1).
El instrumento del ser humano es la razón. Razonamos, pero a sabiendas de que todo lo que resulte de este razonamiento será objeto de ´Conjeturas y refutaciones` -en clave popperiana-, Esta lucha persistente es la gloria y la desdicha del ser humano. Martín Heidegger dijo que si algún día se descubriera la verdad, ese día terminaría la filosofía y también la democracia - lo cual, no obsta, por cierto, a la búsqueda permanente de ella-.
Chávez creyó haber encontrado ´la verdad`, pero lo que pontificó, en definitiva, fue ´su verdad`, una conjetura ahora demostrada, susceptible de múltiples refutaciones.
Nota.
(1) Quienes han estudiado a profundidad el pensamiento de Martín Heidegger, discípulo de Husserl, advierten que un ser es ´autónomo` ´cuando se obliga ante sí mismo aunque nadie lo vea`, cuando ´ha decidido tener una conciencia`- una ´conciencia singular`-.

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