“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado " (Dios, Dt 6,4-6).
Los pensadores liberales han sido, en su mayoría, hombres piadosos enfrentados a dilemas de conciencia. Y así quiero comenzar mi artículo. Con el verdadero dilema. Palabras reveladas que, al leerlas la primera vez, sorprende que Dios declare con tanta fuerza. Tanto, que se vuelven a leer de inmediato y uno no sabe si ponerse en pie para que se cumplan en nuestras vidas.
Cierto que hemos dado un parón en la temática de estas páginas. Cierto que ya es difícil justificar hablar de la libertad en medio de las Nuevas Tecnologías. Más aún hablar de libertad y de Dios. No quiero dejar pasar ni un minuto más sin hacer entender el principio liberal sobre la libertad y la naturaleza humana. Aunque ahora me aleje de la temática de esta sección Planeta virtual, me iré acercando a ella con la luz de estos principios, tan caros para mí, como humildemente aceptados como verdaderos.
Sólo resulta difícil para el hombre contemporáneo, tanto el que se cree progresista como el conservador, hacer entrar a Dios en las reflexiones políticas. Siempre que sale Dios Padre, aparece un poder absoluto, corrupto y perverso, que domina sociedades, naciones, regiones, razas o lo que se ponga por delante. Para el primero, el progresista, nada hay más privado que la fe y a reprimir sus manifestaciones se dedica desde la Revolución Francesa y relegando la fe, en el mejor de los casos, a una reducción ideológica y pasar a ser agentes de una revolución pendiente, el nuevo socialismo, en la situación actual, o el nacionalismo de boina, en el País Vasco, por ejemplo.
Para el conservador, el complejo de serlo, así como la adopción de enrevesadas y maquiavélicas posiciones, le lleva no sólo ha hacer privada su fe sino a sólo hablar de moral natural, como condición ideológica previa a toda creencia y someternos a sus posturas, que son sólo ideológicas, usurpando parte del pensamiento católico en su beneficio, obviando lo esencial del mismo, dejando todo reducido a “contra mí o conmigo”.
Todas estas posiciones son conocidas en la Historia de la Iglesia y presentan un rasgo esencial: hay personas que se consideran, por ser de la Iglesia, dentro de un sistema que ha de dialogar con el resto de la Humanidad. Esta posición, de sentirse diferenciados del resto, apela a un alto grado de soberbia y derrota hacia posiciones gnósticas, esto es, en la mezcla de la Revelación, depositada en la Iglesia, con categorías de pensamiento extrañas para hacerse inteligible y aceptable por las corrientes de pensamiento dominantes, perdiendo en ello cualquier relación a lo querido por Dios. Esto ha producido, desde el siglo II, elaboraciones que tienden ha hacer de la vida de los creyentes y no creyentes un calvario aún mayor de lo que la vida ya es en sí misma, ofreciendo para ello posiciones totalitarias que organizan la vida de los adeptos hasta las más minúsculas partes de sus vidas. Una ideología no es más que una interpretación supersticiosa de una creencia infundada, una posición gnóstica.
Pues bien, la Iglesia, ante ello, ha tomado sucesivas posiciones, elaborando no sólo una interpretación de la vida moral sino, mucho más importante, el Credo y dogmas necesarios para que la vida de piedad, para los creyentes más normales como yo, sepan en cada momento no cómo contestar a los hombres, sino cómo obedecer a Dios, que algo más interesante y necesario.
En medio de este devenir, ha habido personas que, independientemente de las discusiones teológicas y morales, han vivido, y han podido hacerlo, su fe sin más complicaciones que las contradicciones y alegrías que Dios, en su Providencia, les ha enviado, haciendo de su fe la guía de sus vidas. Visto el pasado, es un milagro que se siga produciendo esa herencia hermosa dentro de la Iglesia y desde ella.
La aceptación de la voluntad de Dios, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”, ha supuesto, para muchos liberales, el punto de partida para enfrentarse al poder arbitrario de los poderosos y, por un oscurecimiento digno de estudio, la arbitrariedad del poder de las masas seguidoras de las formas políticas socialistas no han encontrado a esos mismos hombres en frente en la cantidad necesaria. Sólo unos pocos han sido capaces de destilar lo más preciado de esa tradición y F. von Hayek ha sido uno de ellos, junto a K. Popper.
¿Qué desean los liberales cuando apelan a la piedad y a la moral para enfrentarse a los poderes arbitrarios de las cortes reales, llenas de sacerdotes, religiosos y laicos llenos de títulos, honores y traiciones a su conciencia? Apelan a la compasión, a la piedad, al sentido originario de la Redención. La obediencia a Dios antes que a los hombres supone que la única regla posible es seguir el Plan de la Salvación. Para católicos y protestantes, dejando a un lado las diferencias que podamos encontrar, no poco importantes, en el tema, consideran que las personas pueden estar abiertas a la conversión. Consideran una gracia inmerecida haber llegado a la fe por medio de la herencia de una familia y dentro de una Iglesia. Apuestan por que el ejemplo de vida y la muestra real de las consecuencias de la fe en la vida podrán provocar ser instrumentos para la transmisión de la fe. Los que huyeron de Inglaterra para poder vivir su fe o la interpretación que de ella hacían sólo buscaban huir de la persecución de una fe oficial usada sólo en beneficio del poder.
Esto se desprende cuando se discutió la Constitución Americana. No se trataba de abolir la moral o las creencias, sino, más bien, potenciarlas hasta mostrar lo elemental de la Redención. Dios Padre NO ha querido abolir el mal, ha querido Redimirlo, que es bastante diferente. A partir de ahí, podemos discutir cómo nos sabemos redimidos y si eso se puede dar con la mediación de la Iglesia Católica o no.
Esta obediencia al Plan Divino no sé si se ve claro. La pretensión de cualquier utopía es la abolición completa del mal en la Tierra. Llevar al Hombre a un estado de redención por el mismo hombre. Para ello ha de levantarse contra Dios, sin duda alguna.
La piedad de los pensadores liberales acepta ¿cómo sino?, la necesidad de aclarar, desde el principio, que la naturaleza humana es capaz de cualquier mal, que su corrupción es esencial a su situación actual en la Tierra. Pero, a su vez, declaran la apertura radical de la Humanidad a ser salvada, ya por una gracia especial, ya por una relación entre gracia y libertad.
Pues el bien más valorado tras esta obediencia a Dios, a su Plan, es el respeto absoluto a esa libertad de Dios o del Hombre, a realizar o aceptar o no la Redención. Y, para frenar esa maldad humana por atribuirse poderes divinos, generaron los liberales los mejores documentos para poder definir el control político de los poderes públicos y privados de unos sobre otros. Se trata, sin duda, de hacer un sistema en que sólo Dios, en la medida en que se pueda, sea el dueño de los destinos del Hombre. No el rey, el partido, el laico ennoblecido o no, el burgués con éxito en la vida o el sistema de presión que se estile en cada momento.
El origen del control del poder del hombre sobre el hombre fue, sobre todo, una experiencia protestante en su formulación práctica. En su formulación heroica, Tomás Moro, católico, llegó más lejos, muriendo por la supremacía de Dios y dejándonos su ejemplo de vida tanto la real como la virtual de sus escritos.
Llegando hasta nuestros días, cuando el problema de la Redención, la que no tiene como fin el abolir el mal, solivianta al hombre contemporáneo, produce la desaparición de Dios Padre, declarando a la religión como el opio del pueblo o como parte de la unidad social del Estado Nación, que se hace con los atributos de Dios Padre, con sus tecnócratas como ingenieros sociales.
La rebelión contra la Redención se propone recrear el Paraíso Perdido, volver al estado natural del Hombre, todo perfección, que sólo se consigue por medio de la Revolución y por medio del Estado como instrumento. Ese Paraíso al que llegar puede estar liderado por una clase social, una raza, una nación, un grupo de elegidos, o lo que toque a cada fundador o ideólogo. Para ello, se posee un modelo exacto de ese estado perfecto de la Humanidad que se les impondrá a todos, quieran o no quieran. La sustitución de toda estructura de la Fe y de la Iglesia por dogmas pesudocientíficos y el Partido Estado, supone la ruptura absoluta con la tradición liberal.
La separación de poderes y el Estado de Derecho se basan en el control de la tendencia al mal del ser humano que, con toda perspicacia, los protestantes americanos veían reflejadas en las imposturas de las cortes europeas y la emergencia del absolutismo.
En la edad contemporánea, el verdadero peligro ha sido la emergencia de la consideración del hombre bueno por naturaleza y que alcanzará en breve su aparición como Humanidad Plena. Los Estados y Partidos sólo son aceleradores de tal pretensión.
Esta impostura ha contaminado todas las ofertas ideológicas del siglo XX. Me da igual en nombre de qué se realice la utopía. El caso es que hay una redención del hombre por el hombre y líderes, apóstoles y seguidores que nos la han impuesto sí o sí.
La libertad no es, entonces, una obsesión del hombre contemporáneo como se empecina la derecha ideológica en pregonar, ni un estado intermedio en un proceso de liberación en la que los seres humanos no necesitan ser libres sino ser liberados para ser ellos mismos. La obsesión del hombre contemporáneo es enmendar la Creación y la Redención, revelarse contra el origen de la civilización Occidental: la presencia del mal y el misterio de piedad que esconde la Redención.
Pero estas implicaciones serán objeto del siguiente artículo, si así lo ve el Editor y la salud me lo permite.

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