Nos es fácil seguir el envite de Nas. Por un lado, porque excede al contenido de los artículos y, por otro, por que es necesario dejarlo todo bien claro: hablo en primera persona sobre mis propias opiniones. Lo que algunos han tildado de soberbia o egocentrismo individualista no es un signo de humildad: no pongo de mi parte a nadie, todo lo que explico es de mi absoluta responsabilidad.

También es cierto que han tenido que pasar unos días para que mi casa se organizara un poco. El reposo absoluto de mi mujer, a la espera el cuarto hijo, ha pasado a reposo relativo con las complicaciones propias de cualquier embarazo. Os agradezco a todos la compresión y el cariño que habéis brindado desde estas paginas.

Al tema. Los páramos de este país, más vacíos que nunca, han recuperado voces, poco a poco, dormidas por el desencanto. La pretensión totalitaria de los partidos de izquierdas nos ha obligado a centrar los esfuerzos en unificar un partido de derechas. Este partido sólo satisface a los conservadores más acomplejados e irrita a los más extremistas. El resto intentamos sobrevivir en un silencio cómplice con el mal menor pero que empieza a ser una coartada moral insuficiente.

¿En qué punto estamos? En el precipitado de una estrategia que descubrimos hace años. La debilidad del PSOE, que ahora se llama Z, obligó a realizar dos movimientos en paralelo: acorralar a la derecha en posiciones fácilmente descalificadoras como montaraces, recuperando la posición de “La muy leal oposición de Fraga” junto a la búsqueda del voto útil entre las formaciones de nacional socialistas de Galícia, País Vasco y Cataluña. Ha pedido el voto Z para ampliar su mayoría en contra del PP. La pregunta es ¿ha sido la mejor estrategia posible? No trabajo para el socialismo, así que ni pagando les doy ideas.

La posición del PP para salir del empate técnico es toda la contraria. No provocar el voto útil de la izquierda. Porque puede que sea todo lo contrario lo que le ocurra al Z: que suban las posiciones extremistas de izquierdas a la vez que se provoque una abstención o, lo que es mejor, un voto de castigo al socialismo. El caso es que el hartazgo de muchos votantes que, como yo, no ven en la derecha nada digno que votar, será un voto más contra Z que a favor del PP.

Volver a los debates de los años 80 ha sido todo un acierto táctico de la izquierda porque sólo en esos debates se pueden diferenciar de la derecha. ¿Por qué? En todo lo demás ha triunfado el pensamiento liberal y los partidos de masa, para dirigir el Estado hacía un paraíso perdido y por venir, no tienen sentido.

¿Por qué no es posible que los liberales rentabilicen esa victoria? Por la inercia histórica que lleva la maquinaria de la Transición. Los partidos en liza están evitando a toda costa el cerrar la Transición, removimiento la Guerra Civil de nuevo.

Siendo así las cosas, llevamos unos meses entre recuerdos y peticiones de perdón. Pero siempre hacia el mismo lugar y desde las mismas trincheras. Los complejos de los conservadores no tienen límites. Acepto que ha habido una manipulación bruta y grosera de la fe de muchos por unos pocos. Entiendo que esos pocos han usado el poder de forma retorcida, maquiavélica, y que todo ello, como no puede ser de otra forma, les ha pasado factura.

Lo que no entiendo es por qué parar ahí. Tras esos movimientos conservadores llegaron otros no menos criticables y que, por la simetría que poseen los pendulazos de los complejos, han sido valorados recientemente como una contribución insuperable de los hombres de Iglesia a la Transición. De levantar el brazo, menos de lo que se dice, a levantar el puño, más de lo que se reconoce. De capellanes en Empresas Estatales a líderes sindicales. De la misa de espaldas al pueblo, a reuniones asamblearias que ni Mao seguía por inútiles. ¿Qué tienen que ver los nacionalismos y la Transición con la Iglesia? Unos vieron su agosto para hacerse con el poder ante la huída masiva de vocaciones del resto de organizaciones y otros proponen una Iglesia como conciencia moral y súper ONG. Todos pierden su ideario fundacional a cambio de hacer política pura y dura.

Pues bien, pedir perdón, ahora, de nuevo, tras el inmenso e innecesario sacrificio que la Iglesia ha hecho durante la Transición, tras haber dejado paso a la predicación de moral basada en la tolerancia y no en la autoridad del ejemplo de vida. Los hechos son tozudos. Mientras unos vacían seminarios y colegios de estudio, otros, pocos porque no conviene, llenan seminarios y conventos cuando han sido despreciados por los pilotos de la Transición y por los nuevos fariseos de la nada.

En medio, una verdad que se pudre por encerrarla. El socialismo, por medio de su Internacional Socialista, tiene que pedir perdón por décadas de terror, persecución y totalitarismo sádico e inhumano sobre más personas, lugares y por más tiempo que otro movimiento humano. Los cómplices y los transigentes con esos movimientos han de pedir perdón por haber ahogado cualquier otra interpretación de la vida y del mundo que se apartara de esa concepción socialista de la vida. Deben pedir perdón, junto a falangistas y requetés, los miembros de todas las familias de izquierdas que sembraron el caos y el terror en España, pero más aún la izquierda que lo exporto por todo el orbe. La que sometido a Europa a una Guerra Fría insoportable y a la que ha sembrado el caos en el Tercer Mundo explotando con vileza las miserias del atraso cultural.

Pedir perdón y retirarse. Deshacer en 10 años lo que han construido con cobardía, indecencia y traición. Reponer el buen nombre y devolver la verdadera historia de la Transición. Al igual que los conservadores de la nada, que esperaron la entrada en Zarzuela del mejor ejemplo de soberbia e ignorancia, blanco y elefante, la izquierda ha de hacer un acto de reparación nacional pero también mundial.

¿Y todo ello qué tiene que ver con la libertad? Desde hace décadas, que contaremos por siglos dentro de nada, ideologías de todo signo, con más o menos vocación de universales, han atacado, controlado y desautorizado todas las ideologías y creencias que se basan en el concepto de libertad. Todas las señas de identidad de la izquierda, en las formulaciones nazis, fascistas, falangistas o tradicionalistas, hacen que desaparezca la persona descalificada como individuo, parte de un Todo al que ha de someterse siempre o ser sometido. Desde que llegué a lo que se supone uso de razón, suponiendo que eso exista, lo único que une a todas estas formaciones es la crítica continua y constante a los postulados más elementales del Estado de Derecho, superadores todos de un fracaso histórico del pensamiento burgués. Insignias, banderas, uniformes, todo lo necesario para hacer desparecer a la persona y hacer vender la raza, al partido, a la clase social o a no sé que rey.

Todos ellos pregonando que el principal problema del hombre moderno ha sido su obsesión por la libertad. ¡Qué me digan dónde, cuándo y por qué ha sido una obsesión! Excepto en USA, y no con pocas limitaciones, donde el libre desarrollo de la persona ha sido permitido. En el resto de países no sólo no ha sido así, sino que se han engendrado monstruos cada vez más terribles y temibles. El último Chaves, pero China o Rusia están generando el mayor leviathan conocido hasta la fecha. El paso irresponsable de los conservadores y socialistas al libre mercado sin Estado de Derecho, se debe a décadas de adoctrinamiento contra una caricatura del capitalismo que ahora se aplica creyéndose que eso es libre mercado. Eso no es más que privilegiados de los partidos que han creado sistemas de producción esclavistas para hacer al Estado más fuerte y capaz que antes.

En el entorno musulmán, occidente es el enemigo de la clase media frustrada por no emerger hacia el liderazgo que está en manos de sistemas dinásticos y tribales. Un polvorín creado a expensas del petróleo y la política socialista postcolonial.

El liberalismo se ha tomado como eso, como mercado libre pero sin poner el juego a cero, con los privilegios para los herederos de los aparatos, con los Estados intactos, corruptos y abandonando sus más elementales obligaciones.

Esa postura antropológica del desprecio a la persona, la que nos somete a la calidad de vida del grupo, la que engendra justificaciones para matar o robar por ser parte de una sociedad que nos determina, se basa en visiones colectivistas donde el grupo siempre es más importante que el miembro. Esa hipoteca de nuestro presente a un futuro mejor se lleva por delante a los no nacidos, a los ancianos y nos somete a un sistema, a una estructura de pecado difícil de desmontar si uno se mete dentro de ella.

Han pasado las suficientes cosas para empezar a pensar en abrir las ventanas y airear las ideas. Ahora no estamos legitimados para el materialismo consumista que nos consuele de nuestros fracasos colectivos. Es la hora de pensar que, como otras muchas decisiones personales, lo único que hemos hecho es perder el tempo y saber demasiado sobre lo que no debemos hacer.

Para los colectivistas de derechas y de izquierdas, para los que reviven tradiciones viejas con nuevos conceptos, para ecologistas de moqueta y extremistas de la mentira, pedirles que se retiren a rehacer lo que han roto hasta donde se pueda.

Para los pensadores de la burbuja idealista de las ideologías, decirles que la libertad no es una pretensión del hombre moderno. Es un elemento esencial de la naturaleza humana amada por los griegos, deseada por Israel en Egipto, buscada por los perseguidos, defendida por los reprimidos y perseguida por paranoicos  y perversos lideres.

La libertad, los actos incondicionados del ser humano, no son un deseo inalcanzable, un deseo enfermizo de adolescentes e inmaduros. No es la pasión que mueve el progreso de la Humanidad. La libertad es lo que nos define como seres humanos, lo que nos diferencia del resto de la creación. El acto libre por excelencia es el amor. Como la realización humana, por mucho que se venda esa estupidez de la “opción fundamental” entre los talibanes de la moralidad, se desarrolla en el espacio y el tiempo, es necesario considerar que los actos libres son una parte de la limitación del ser humano. No es que sea un deseo por no tener limitaciones, sino que por ser limitados, necesitamos partir de la libertad indeterminada. Ningún acto provocará la inmediata, total y eterna realización de mi mismo. Siempre he de poner en juego elecciones y desarrollos limitados de mi ser, necesito la libertad para mostrar mi diferencia. En la medida que se coarta, se necesita todo un sistema para controlar esos actos que, a la postre, no podrá anticipar o realizar todo por mí. La libertad es novedad, indeterminación. Si un acto es determinado por algo, lo explico desde ese algo. Doy una patada a una pelota y esta se mueve. La pelota no es libre de elegir si se mueve o no. Explico su movimiento gracias a mi patada, no gracias a la naturaleza de la pelota. Al hombre le determinan muchas cosas. Mucho de nuestra cultura no es más que compartir el conocimiento de algo para poder hacer cada vez más fácil la realización personal. Mucho de otras culturas y parte de la nuestra gracias al socialismo, es crear un estado de cosas, de conciencia social, para que haya una estabilidad social que sólo permita ser libres a unos pocos elegidos. Yo no sé hacer relojes y no quiero saberlo. Pero cambio mi dinero por saber hacer otras cosas, por relojes que den la hora. El conocimiento, el saber, no nos hace ni mejores ni peores personas. Muchas de las peores personas que conozco han realizado con éxito oposiciones o se han formado en los mejores centros. Muchas de las mejores personas que conozco poseen lo necesario de conocimiento para poder ser generosos en su entrega. El ser una mujer o un hombre libre depende de muchas cosas. El mal se puede estudiar por hasta donde llega el sometimiento de las personas por ese mal.

Para los moralizantes, la libertad es más que la etiqueta necesaria para hacer al hombre responsable del bien o el mal que hace. ¿Qué bien o mal hace Rafael con sus pinturas? ¿No es un acto libre? Si creo un negocio de salchichas, ¿alguien se atreve a decir que tengo éxito porque no me acuesto con señoras de mal vivir y, si no lo tengo, porque hay masones, rojos y judíos que no me dejan triunfar? ¿No han sido los poderes del capitalismo internacional los que han creado superestructuras que hacen imposible la liberación del hombre? ¿No es esto una petición de principio de que hay fuerzas colectivas superiores a la libertad de la persona?

Para justificar la falta de libertad interior para poder desarrollar lo que uno desea como único y personal, he escuchado muchas excusas. Pero al final, llega uno, que no ha oído hablar de rojos, señoras, masones, tenientes de alcaldes o funcionarios y ¡zas! Nos coloca su sueño a todos. Al día siguiente este buen hombre, o el equipo que sea, pertenecen a una internacional del terror o algo parecido. Cinco minutos antes, era un soñador sin más carrera que la de unas cuantas partidas de poker y buscando financiación sin mucho éxito.

¿Qué pasa si un país como el nuestro sí que cree en sectas secretas de derecha o de izquierda? ¿Qué pasa si se explican las cosas desde una visión conspirativa de la Historia? ¿Qué ocurre si las personas que deben dirigir destinos se basan en esos cuadros de mando? La adhesión ideológica sustituye al merito personal, la declaración formal de las creencias más irracionales sustituye al propio pensamiento, la consigna a la conciencia. Con ese tipo de personas la sociedad no puede crear riqueza, sólo ejércitos. Con esas personas, son las instituciones del Estado las que no cambian. Están hechas a la medida de esos grupos y de su jerarquía. Al final no es más que un reparto. Quien es fiel en el mucho, lo será en lo poco que le caiga de recompensa. Por eso han organizado todo en partidos o familias. No pueden ceder ningún protagonismo a incontrolados. Dirigen todo: la moral, las creencias, la salud, el salario, quién es digno de ser ciudadano y quién no, juegan con la vida de inocentes y proclaman cualquier barbaridad para hacer una revolución, ganar las elecciones, matar o robar en nombre de todos nosotros que no somos otra cosa que el Estado.

Esta cárcel de cristal es más cruel que Matrix. Los yonquis, en su dependencia, son parte del matrix de la droga, un poder espectacular. Nosotros vivimos, conscientes, en medio de un invernadero, en la comodidad suficiente para no hacerlo añicos pero sometidos a un ambiente cada vez más irrespirable. El problema no es que haya invernaderos sino que haya tan pocos que quieran salir de ellos. Me dirán lo que quieran pero es muy fácil abrir la puerta y cruzar el campo. No son las praderas solitarias del Paraíso que abandonamos sino el sentido de la vida presente como preludio de la otra.