En estos tiempos en que la sociedad está tan sensibilizada, ahora que por fin encontrar a tu mujer en brazos de un amigo ya no es considerado atenuante ni justificación para el crimen, hoy que se celebra el Día Internacional contra la Violencia de Género, nos encontramos también con un rescoldo del pasado y cómplice del maltrato. Me refiero a la apatía ética y humana.

Verán ustedes, cuando veo reflejada en los medios la lamentable cifra de sesenta y nueve mujeres asesinadas por sus parejas en lo que va de año, no puedo evitar sentir especial desprecio, además de por sus verdugos, por aquellos vecinos de las víctimas que salen en televisión contando cómo hace tiempo que escuchaban golpes, insultos, palizas y gritos de terror en el piso de al lado. Es como si algunas personas —que sólo por decir eso tendrían que ser encausadas por omisión del deber de socorro— aceptasen que el destino de de su vecina de al lado fuera morir a manos de una mala bestia. ¿Tanto cuesta hacer una llamada telefónica a la policía? Parece ser que sí. El miedo no es una excusa ya que nadie tiene que enterarse de quién ha realizado la denuncia, buenos estaríamos si todo delincuente supiera de dónde provino la llamada que le llevó de vacaciones a Alcalá Meco. Tal vez el problema radique en que esta sociedad no es tan sensible como aparenta y aún perdura en muchos ese macabro pensamiento de que las víctimas del maltrato se “merecen” los golpes por algún motivo.

En una ocasión, durante unos días de asueto en Asturias, recuerdo cómo en el interior una tienda de campaña se escuchaban golpes, gritos y las suplicas de un niño a su padre para que dejase de pegar a su madre. Lo que sucedía dentro de esa tienda se oía con claridad desde considerable distancia, sin embargo, las parejas pasaban cogidas de la mano, muy sonrientes, otros salían para visitar un pueblo cercano y los más fregaban los platos de la cena a escasos metros de la tragedia familiar. Siento la necesidad de aclarar que no permanecí pasivo a ningún nivel —detuve la paliza y avisé a la Guardia Civil— porque lo contrario me avergonzaría. Es una obligación de todo ser humano que se considere como tal el llamar al 112 ante la mínima sospecha de que una persona está siendo agredida por su pareja.

Es más molesto fregar sangre de la escalera que llamar a la policía, piénsenlo.