Existen en el ser humano —dice Edward O. Wilson en su soberbio Consilience, un muy recomendable libro para los partidarios de impulsar la búsqueda de soluciones que promueve Joan Valls— entre 50.000 y 100.000 genes, de entre los cuales, si sólo 1.000 existieran en dos formas diferentes, elevaría a 10 exponecial 500 las combinaciones genéticas concebibles. Más que todos los átomos del universo visible. Imagínense si en lugar de 1.000 son los 50.000. ¿Quién es el necio solemne que cree poder hacer y deshacer cultura a su antojo ante tan abrumadora realidad?

Con toda esa cuasi infinita variabilidad, la ciencia sólo puede atribuir al azar la pervivencia de muy determinadas variantes en la lucha por la supervivencia de los individuos, aunque este “azar” puede entenderse como Caos en el sentido de que existe un hipercomplejo orden subyacente al aparente “desorden azaroso”. ¿El Algoritmo Primigenio de Dios?

Corroborando mi humilde punto de vista, investigadores del Laboratorio de Los Álamos de Estados Unidos han ido más allá, elaborando un teorema que demuestra que el mundo real emerge del mundo cuántico mediante un proceso "darwiniano" de selección que "cristaliza" ciertos estados subatómicos. Estos estados cuánticos dominantes son los que terminan imponiéndose al conjunto de los observadores, formando el único y real universo que percibimos cotidianamente y no otro. Y esto es tanto como decir que los genes obedecen a otras causas, cuánticas, que los preceden, cuyos números son igualmente descomunales.

Pues bien, como todo movimiento antiliberal, o lo que es lo mismo, totalitario, el nacionalismo, como los antiguos feudalismo y absolutismo anteriores a Montesquieu, trata de invertir o modificar el flujo del Caos, los procesos de selección natural que han relegado a su cultura a la extinción gradual del mismo modo que el vello corporal es un factor epigenético (el resultado que los genes producen, “el desarrollo de la forma orgánica del individuo a partir de materia amorfa”, Aristóteles dixit) recesivo, y por tanto destinado irremediablemente a desaparecer.

La imposición que trata de forzar la dinámica del Caos es inútil, pretender como dicen el corruto Montilla y sus socios imponer el catalán porque el español tiene más fuerza no sólo es un esfuerzo vano, sino que sus consecuencias son tirar dinero a la alcantarilla y molestar a millones de personas que forman culturas que siguen evolucionando libremente, caóticamente, a pesar de las imposiciones. El vasco es otro ejemplo, en este caso de idioma muerto, que tras más de veinte años de imposición lo que ha logrado es certificar su defunción y redactar su epitafio: aquí yace un idioma inútil para el ser humano.

Nada puede sustraerse al dominio del Caos, ni siquiera mediante la vana presunción de formar parte de una mitológica cultura, la vanidad de quien se cree mejor que los demás cuando la evolución yendo a su aire muestra lo contrario. Los intentos de domeñarla revelan en última instancia un miedo no consciente a la inevitable desaparición natural de su genética, de todos y cada uno de sus recesivos individuos con sueños de grandeza, luego inconscientemente inferiores, pues el que se siente o se sabe miembro de una cultura naturalmente dominante no necesita imponerse.

Los nacionalismos están muertos, y sólo sobreviven conectados a múltiples aparatajes como un dictador agonizante, a base de transfusiones de dinero, limpiezas de sangre, antibióticos para destruir amenazas y ambientes asépticos, mientras detraen recursos para mejorar la vida de la gente. Ni echando la culpa al boggie como Hitler exterminando a los millones que creía causantes de su desastre económico se modifica el Algoritmo Divino. Ni con los más de cien millones de muertos del socialismo. El Caos va a su bola.

La independencia tampoco sería su salvación, pues necesitan de contacto para sobrevivir, y su debilidad sólo les llevaría, como ya sucedió con Cataluña, a caer en manos de otras culturas genéticamente más fuertes. ¿Quién puede frenar una infinidad de aleteos de miríadas de mariposas? Pobres locos.

La cultura occidental española, como la angloamericana, la indo-greco-latina-judeo-cristiana en suma (pura evolución natural contra viento y marea a lo largo de miles de años), triunfa sin imponerse porque es más adaptativa, quiérase o no se quiera, porque sus genes son más aptos que los demás. Triunfa porque es caóticamente liberal también en el sentido de que permite que sus sociedades evolucionen naturalmente gracias a la libertad que conceden a cada uno de sus individuos.

La cultura española es vigorosa y genera riqueza y bienestar, razón por la cual no necesita recurrir a la coacción. Al contrario, deseada, se ve obligada a controlar la inmigración natural que quiere pervivir asimilándose a su adaptativa cultura y favoreciendo naturalmente el flujo caótico de la variabilidad genética. España recibe a todo el mundo con los brazos abiertos, su variabilidad no es su verdugo, es su fuerza. Porque España es Caos, es libertad. Menos España es menos libertad.