Si nos fiamos del, por otra parte infalible, adagio que asegura que el rostro es el espejo del alma, debemos concluir que cuando Philippe de Champaigne realizó en 1637 el célebre retrato triple de Armand-Jean du Plessis, cardenal-duque de Richelieu, debió suponer que su viejo patrón se traía algo entre manos. El gesto de inflexibilidad y determinación del gran valido de Luis XIII no admitía ningún género de dudas, el cardenal sabía bien lo que quería y estaba dispuesto a conseguirlo; si su conducta fiel a la razón de Estado suponía salvar algún escollo moral, conspirar en contra de su propia fe o llevarse por delante a unos cuantos compatriotas poco avisados, no tenía mayor importancia, Francia era Francia y su grandeza lo único substancial.
La presencia incómoda de los Habsburgo a un lado y otro de la frontera era algo que le traía de cabeza, eso y la hegemonía de la Monarquía Hispánica ejercida de este a oeste del Orbe por su alter ego el Conde-Duque de Olivares era una cuestión que le traía a mal traer. Nadie duda hoy que en tanto posaba con su habitual desgana e indisimulada altanería para el Champaigne, nuestro Cardenal abrigaba en su interior la determinación de acabar con todo aquello. No tardaría en presentársele la oportunidad. El territorio que se disponía al sur de los Pirineos, la malhadada España, tenía más detractores a cada día que pasaba. La leyenda negra, aquella suerte de especies un tanto disparatadas difundidas por el rencor de Antonio Pérez y el ánimo independentista del príncipe de Orange, encontraban ahora nuevo pasto en la animadversión de Carlos I de Inglaterra, rechazado por Felipe IV como pretendiente de la infanta Mariana, y en las fuerzas centrífugas de territorios que, como Cataluña o Portugal, vivían muy favorablemente bajo el poder de un rey lejano y unas cargas fiscales infinitamente más livianas que las sufridas por la silente Castilla. ¿Había adivinado entonces Richelieu los acontecimientos de 1640 que supusieron la revuelta catalana y la independencia de Portugal? ¿Sabía ya entonces que el poder incontestado de los imbatibles tercios que transitaban incansables por el mítico camino español comenzaría a periclitar tras Rocroi? Probablemente, Richelieu dormía poco y trabajaba veinte horas al día, siempre había tenido que ver con todo aquello, nada ansiaba más que alcanzar un día a poseer siquiera una parte del imperio español para convertirlo en colonia de Francia. Entretanto, Olivares pugnaba inútilmente con unos y con otros para tratar de aunar esfuerzos bajo la Unión de Armas, es sabido que no le sirvió de nada, ni las mejores condiciones de fuero y trato le sirvieran nunca para convencer a según qué territorios, su afán estaba perdido desde hacía década y media larga. Difícil sería para cualquiera luchar contra la orden general de “todos contra España” que corría de un lado al otro de Europa, la paz de Westfalia no hizo más que corroborar la doma y castración del maltrecho imperio de los Austrias. Richelieu no vivió para verlo, los beneficios de todo aquello los recogió Mazarino, otro cardenal avispado y ahorrador que se ocupó de recapitular concienzudamente las rentas políticas obtenidas por su antiguo patrón. Es sabido que tras Westfalia España nunca volvió a ser la misma, mucho menos tras Utrecht, la hegemonía de los Austrias pasó indefectiblemente a la historia, el ojo acusador de Richelieu tenía razón, no hay más que indisponer al mundo en contra del enemigo para que todos remen a favor de tu marea.
Siempre he pensado que algo tendremos cuando vivimos permanentemente sometidos a las ojerizas ajenas. Todo ha cambiado desde entonces menos esto. Véase el celebérrimo “Gobierno de España” sometido a la tiranía aritmética de individuos que se han apuntado a la política con el único fin de lograr que eso que se iba llamando España pase lo antes posible a la historia. Yo a esto, y para entendernos, le llamo el efecto “Joan Tardá”, mejor gobernar apoyándose en cuervos, o simplemente no hacerlo, que en quien sólo busca tu ruina. Si a esto unimos fenómenos exteriores como el permanente juego de ventaja que mantiene Marruecos o el reciente affaire Chávez, se comprueba que tenemos un problema, la marca España vende mal, por envidia, por desprecio o por ignorancia, esto nunca se sabe, pero apañados estábamos y apañados seguiremos rodeados secularmente de este porfiado personal al que el pusilánime gobierno Zapatero no sabe, ni sabrá nunca, poner coto. Tengo para mí que Armand-Jean du Plessis, cardenal-duque de Richelieu, saltaría de gozo en su tumba si fuese convenientemente informado de estas novedades.

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