Tras haber provocado a Nas para que me lea y nos brinde su prosa inmejorable junto con sus conocimientos, no puedo dejar pasar algunas de sus ideas sin comentarlas. Lo que más me ha llamado la atención han sido las referencias a la privacidad, altamente amenazada desde que conocemos la historia de Esparta. Esa cuestión la sigo muy al día, tanto por las amenazas como por la discusión que genera.
Primero, una precisión metodológica. Hace unos años, me contaron una imagen muy cierta. Si vemos con gafas de aumento un vaso de agua, la vemos sucia. No bebemos y, por tanto, nos morimos de sed. Cuando esas gafas las ponemos para ver nuestra vida y la de los demás, no nos queremos demasiado y tenemos relaciones con los demás algo alteradas. Para las personas con vista normal, sobrevivir se da con cierta facilidad y bienestar porque nunca mueren de sed.
Cuando vemos tan de cerca la evolución de las nuevas tecnologías, perdemos la perspectiva. Si en vez de hablar de la web 2.0 pensamos en lo que tendría que ser la web 1.0, entendemos mejor las diferencias. ¿Qué es lo que parece definir el salto? La participación, el sentido bidireccional, el poder participar con más o menos profundidad. Eso es lo que queda cuando nos alejamos un poco o cuando dejamos las gafas de aumento a un lado de la mesa. Si nos las ponemos, podemos ser todo lo crítico que se quiera con las soluciones a esa participación y esas gafas son las de un agudo profesional, sin duda, pero no podemos negar el gran salto que eso supone.
Entonces, en esa participación cada vez mayor, la privacidad, por tanto, ya no sólo es una cuestión pasiva de datos recolectados, con más o menos pericia, por terceros. La privacidad amplía su esfera de exposición a las amenazas en cuanto queremos participar más activamente. Para poner un ejemplo, ¿qué sería de los políticos si con un simple clic sobre un tema encontramos todas sus posturas y opiniones? Es algo que ya me ocurre a mí en esa especie de Minority Report, película apasionante, que usa mi mujer para anticipar, tras el recuerdo de una vez, sólo una, mi pelea entre la lejía y la lavadora.
Tanto Minority Report como la ya comentada Déjà Vu pretenden hacernos ver que todo es cuestión de poder almacenar la cantidad necesaria de datos y tener la suficiente capacidad de procesamiento.
Estas películas se anticipan al futuro y se presentan en el pasado para provocar un “futuro” diferente. Nos presentan casos sobre cómo evitar el mal sobre personas para no entrar en más discusiones.
La idea de que la privacidad de un delincuente y su víctima sean violadas no nos parece reprobable. De hecho, nos sentimos frustrados cada vez que se comete un crimen y sabemos que pudo ser evitado. El 11 M, por ejemplo. No valoramos en nada la privacidad de seres en los que la única misión de su vida privada es conquistar la de otros para sus fines.
Los conservadores se frotan las manos si pueden pensar que el Leviathan en el que creen puede llegar a tener esas armas y no descansan en hacernos ver los peligros que rodean nuestras vidas. Los progres usan esas visiones para modelar la sociedad a su gusto, como ya lo hacen desde la despenalización del aborto y de la eutanasia.
Y éste es el meollo de la cuestión y la tentación más elemental. El ataque de la privacidad, el formar parte de cualquier sistema de clasificación, a cualquier forma de que terceros conozcan cada uno de nuestros actos más íntimos, está en el corazón de todos y cada uno de los grupos ideológicos que conocemos.
Es cierto que, para evitar el mal, puede que encontremos justificación. Ahora bien, ¿definimos con claridad lo que es el mal y el bien? En eso radica la discusión sobre la privacidad. Si la finalidad de una ideología es someter a un grupo de personas a un fin, dirigido por unos pocos elegidos, todo lo que nos aparte de ese fin es malo. Sabemos cómo se las gastan los liberticidas. Han hecho desaparecer miles de vidas, la muerte civil para aleccionar al resto, la muerte física, si su peligrosidad alcanzaba grados superiores. Por tanto, nos enfrentamos a armas y al uso de ellas por grupos de personas que no tienen nada claro lo que es el bien o el mal. Para estos, mal es todo aquello que vaya en contra de la finalidad del grupo, bien es todo aquello que lo favorezca. Por eso, cuanto más poder tengan las nuevas tecnologías para adentrarse en los actos humanos, más amenazas se nos presentan, dada la centralidad antropológica de las mismas. Muchas de estas ideologías o grupos nos han hecho desaparecer de fotos, archivos o de cualquier registro, cuando no lo han manipulado para hacer aparecer datos que comprometen nuestra integridad moral, psíquica o física. Muchas veces, nos adentramos en relatos espeluznantes sobre personas sólo al escuchar lo que ha difundido uno de sus enemigos.
Ahora, manipular nuestro ser o hacerlo desaparecer es mucho más fácil y cómodo.
Somos muy frágiles, considerados de modo individual. Pueden hacer desaparecer generaciones enteras. A la vez, siempre las personas han gustado en su vida la libertad y, algunos de ellos, si han podido, la han defendido. Esa libertad que les deje ser ellos mismos, esa irrepetible aparición que hace de un individuo una especie en sí misma. Muchas veces, de forma incoherente, de forma iletrada, de forma casi irracional, huyendo al desierto o escondiéndose en el bosque como partisanos. Las nuevas tecnologías son herramientas más sofisticadas y más eficaces, pero los liberticidas no han necesitado de ellas para hacer de las suyas. Siempre, por esencia, dentro de la misma naturaleza humana, se darán actos genuinos, libres. Esos, por definición, por libres, no están determinados por nada ni por nadie, que no sea el deseo o el querer de la propia persona a la que, por ser libres, la hacemos responsable de ellos. Siendo indeterminados, son todo novedad, pura novedad. Siendo novedad, nada puede anticiparlos y controlarlos. Por eso es necesario tener sistemas para la educación, persecución y exterminio de personas. Porque, por definición, el ser humano no cabe en camisas de hojalata.

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