Libre Albedrío Et In
Arcadia Ego
Yo vivía en la Arcadia, en mi arcadia, en un lugar llamado España. Era una nación. De hecho, la nación-estado más antigua de Europa, la vieja Europa.
Entre visillos, como para Carmen Martín Gayte, aunque unas décadas después, las estaciones transcurrían y el paisaje mudaba en un ciclo repetitivo y melancólico, pero seguro y dulce. Los sólidos pilares familiares, escolares y universitarios me daban acceso al conocimiento de nuestro pasado. La Guerra Civil que vivieron mis abuelos y la post-guerra que vivieron mis padres era historia para mí, parte de la historia que nunca se me ocultó, como las colonizaciones de la península, la romanización, la invasión musulmana, la reconquista, el Imperio, su decadencia, el levantamiento contra el francés, los convulsos siglos XIX y XX, la pérdida de las colonias, en fin… todo.
Conocí también nuestra historia gloriosa, lo mejor de la colonización, a nuestros maestros de las Letras: Cervantes, Calderón, Lope de Vega, Góngora, Quevedo… a nuestros mejores pintores, maestros universales, Velázquez, el Greco, Goya… y a un sinfín de españoles ilustres en todas las ramas de la actividad y del saber. Llegué a sentirme feliz y orgullosa de ser española. Era feliz en mi paraíso, en mi arcadia.
Tras unos años de dictadura, dictablanda decían algunos, después de la Guerra Civil, se había llevado a cabo una transición que había culminado con un proceso democrático liderado por S.M. D. Juan Carlos I de Borbón, el legítimo Rey de España, depositario de los derechos dinásticos y elegido en referéndum por los españoles para ocupar, a título de Rey, la Jefatura del Estado. Se había votado, además, una Constitución, redactada por consenso, en la que se restablecía el sistema de monarquía parlamentaria que nunca, desde el Siglo XIX, debió dejar de estar vigente en España. En fin, repito, una arcadia, mi arcadia.
No sé qué ha ocurrido. Mi arcadia es un infierno. El 11 de marzo de 2004, cuando España volvía a ocupar, tras años perdida en el escalafón internacional, el lugar que le correspondía entre las naciones, cuando España volvía a brillar y volvía a llamarse España, a pesar del empeño de algunos en llamarla estado español, unas bombas asesinas acabaron con la vida de 200 españoles y con la normalidad española. Los españoles salieron a votar, justo tres días después, bajo los efectos de un enorme impacto y sin derecho a una jornada de reflexión, y se constituyó lo que, en principio, parecía simplemente un gobierno socialista. Pero no. No era un gobierno socialista. Era un gobierno cuya única misión parecía ser la deconstrucción sistemática de lo que hasta entonces conocíamos. En dos años, España ha dejado de ser una nación, ahora la nación es Cataluña, y tendremos que financiar los delirios de sus gobernantes entre todos los demás ciudadanos de lo que ahora se llamará estado plurinacional (o algo por el estilo); además, las víctimas del terrorismo que llevamos sufriendo durante décadas y que antiguamente se combatía ya no son víctimas, ahora son fascistas a los que hay que hacer callar porque crispan el ambiente; la bandera nacional debe ser ocultada porque “hiere sensibilidades”, como el resto de símbolos de lo que antes era España; los lemas de las Academias Militares se arrancan de forma vergonzosa de las laderas de las montañas españolas sólo porque incluyen la palabra España, palabra de origen púnico, que algunos creen seguramente que fue inventada por Franco y, en fin, a los que nos atrevemos a pronunciarla se nos insulta, incluso se nos acorrala y, a veces, se nos agrede.
¿Qué fue de mi Arcadia?
Sé que resurgirá de sus cenizas. Es demasiado grande, demasiado antigua y demasiado noble para que puedan con ella. Mientras tanto, mientras conseguimos resucitarla, me refugiaré virtualmente en mi arcadia chica, donde siempre estará una parte noble de su alma. Allí siempre ondea una gran bandera de España. Me gusta mirarla.
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