Calleja, periodista que hace unos pocos años formaba piña con otros demócratas para dar una respuesta cívica a los desmadres nacionalistas, incluido el terrorismo etarra, ahora ataca a Isabel San Sebastián. Acusa a esta valiente ciudadana, que ha arriesgado su vida como otros escasos compatriotas por oponerse frontalmente al disparate etarra y a sus concomitancias, de “defender a la ultraderecha y engordar a ETA”.

He conocido a ambos personajes en su compromiso constitucionalista, y mientras que uno ha cambiado de actitudes para disfrutar de sustanciosos emolumentos, la otra sigue en las mismas posturas, coherentes y audaces en su denuncia del totalitarismo, arriesgando mucho al hacerlo. Isabel es una de las personas más honestas e íntegras que conozco, incorruptible e insobornable. Es, precisamente, lo contrario de lo que ha dicho de ella de manera inapropiada y sin justicia Calleja. Representa los mejores valores cívicos y de testimonio personal que se aportan por el mundo periodístico. Aquí los únicos ultraderechistas son los que intentan acabar con las libertades y modificar un marco constitucional por la vía de los hechos, hurtando a los ciudadanos españoles del legítimo derecho a marcar las reglas de juego de la democracia. Todos sabemos qué nombres tienen los ultraderechistas de hoy que se visten con pieles de cordero cuando son lobos. Son aquellos que intentan limitar y liquidar las libertades y derechos individuales. Son quienes nos imponen lenguas y nos marginan por no ser necionalistas. Son los que niegan realidades preexistentes, como un pasado común de todos los españoles, una historia que legitima la condición nacional de España. Son los que no aceptan el pluralismo político y persiguen a un partido que tiene un apoyo de millones de españoles. No es el nombre el que confiere el atributo de ultraderechista sino las actitudes y los hechos. Hechos que lejos de traernos un talante nuevo nos ha infligido la mayor crispación y enfrentamiento desde que advino la democracia tras la Dictadura, con la reactivación de las dos españas que quedaron enterradas tras la transición en el 78.

Hace unos meses, una urgencia me obligó a salir de casa sin escoltas pues no podía esperar a que me recogieran. Me siguió un personaje de edad madura, con cierto aire de usuario de bachoqui. Aparte de recortar mi apellido llamándome “Ladrón”, me llamó facha. Y por si no lo hubiera oído, puesto que me mostré impasible al insulto, insistió varias veces. Evidentemente no me di por aludido, pero sí me entristeció puesto que me he pasado la vida luchando por la dignidad de las personas, por la libertad, hasta poner mi vida en la diana del terrorismo. Es como el mundo al revés.

Esta situación de inversión de valores se produce también en la vida política. Es como si la luz hubiera tornado en sombra.

La izquierda en este país, y sobre todo el partido de Zapatero que debiera ser el baluarte de las conquistas sociales y de los avances en materia de derechos de los trabajadores, está arrumbando los elementos de bienestar que tanto esfuerzo costó lograr desde la llegada de la democracia a España.

Los trabajadores, y la clase media en general, ha retrocedido en derechos sociales desde que Zapatero llegó al poder. No hay aspecto donde se hayan producido avances: Ni en materia de vivienda, con un encarecimiento sin precedentes y una especulación expresamente prohibida por la Constitución. Ni en materia de educación, cuya calidad ha descendido a cotas preocupantes para los que no pueden pagar una formación elitista como lo hacen los popes socialistas con sus hijos. Ni en materia de sanidad, que no experimenta un crecimiento proporcional a la masa inmigrante, o al crecimiento exponencial de población pensionista, que es la consumidora nata de la asistencia médica. Ni en materia de seguridad social. Anuncian que quieren retrasar la edad de jubilación, combatiendo las prejubilaciones, que han sido un avance positivo para la calidad de vida de los trabajadores cuando éstos acceden a un ocio justamente ganado tras más de cuatro décadas de vida laboral. Ni en seguridad en el empleo. Ni en estabilidad en el mismo. Ni en perspectivas de conservación de los parámetros de ocupación, mientras, por el contrario, aumenta el desempleo con sombrías perspectivas futuras. Ni en cuanto al mantenimiento de la capacidad adquisitiva de los salarios por un ascenso alocado de los precios de primera necesidad y del IPC, aumentando, por el contrario, los impuestos desde el ámbito de las diferentes haciendas, mediante los diferentes tributos que ahogan las posibilidades de la clase media, que es la que paga. Ni en la investigación como pilar de la innovación y el desarrollo. Ni en las condiciones de vida de nuestros jóvenes, que sufren una explotación como jamás ha ocurrido, mientras que el dinero circulante sirve para enriquecer más a los que ya eran adinerados y empobrecer a los que ya eran pobres.

Mientras, el peso de la administración pública y del sistema burocrático, para dar de comer a los afines, aumenta a índices estratosféricos, y se incrementa el gasto público por un sistema autonómico desbocado y destructor de las bases de la economía, creando un efecto estructural sobre la economía que va a ser la losa de nuestra sepultura colectiva, segando las posibilidades de crecimiento de la riqueza.

¿Desde cuándo la izquierda se ha caracterizado culturalmente por las veleidades nacionalistas cortoplacistas, para alimentar a esa pléyade de sanguijuelas que nos esquilman?

¿Cuál de los rasgos característicamente de la izquierda pueden atribuirse a lo que hoy se llama izquierda de forma inapropiada?

Es como el mundo al revés: el Partido Popular representa hoy aquellos valores que antaño asignábamos a la izquierda, mientras que ésta los ha abandonado con iniquidad.

Al menos con el planteamiento liberal, ese proyecto común de todos los españoles no se irá al garete.