Cambio “la paz es la mejor inversión” por “el silencio es competitivo”
Cuando el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció la apertura de negociaciones con la banda terrorista ETA, a algunos empresarios vascos les entró un curioso ataque de charlatanería y verbosidad y no perdieron el tiempo en afirmar aquello tan mediáticamente sonoro de “la paz es la mejor inversión”. Ahora, cuando ETA vuelve a asesinar y cuando el lehendakari Ibarretxe, el Gran Timonel de los Vascos Nacionalistas, convulsiona a la sociedad vasca con un plan independentista que está dejando en el aire inversiones económicas millonarias, el empresariado vasco ha caído nuevamente en el mutismo más absoluto y ha descubierto que, en el momento actual, “el silencio resulta competitivo”, tal y como explica un alto ejecutivo citado por José Luis Barbería en un excelente reportaje que publicó ayer en “El País” bajo el título de “¿Por qué callan los empresarios vascos?”. "Quien más quien menos”, explicaba este representante del mundo de la empresa vasca en el artículo citado, “casi todo el mundo tiene una línea de trabajo con el entramado institucional, controlado por el PNV. Si optas a un proyecto, si necesitas un permiso, si pretendes una subvención para el I+D+i, para la exportación, para lo que sea, no te conviene aparecer como elemento crítico.”
Curiosamente, durante “el proceso”, muchos empresarios vascos, los mismos que tanto se indignaron cuando los terroristas asesinaron al industrial nacionalista José Mari Korta (presidente de la patronal guipuzcoana Adegi) y que tantos silencios cómplices ofrecieron cuando los etarras asesinaban a policías nacionales o a militares, no solamente descubrieron que “la paz es la mejor inversión” sino que, además, mostraron públicamente su actitud favorable a proporcionar puestos de trabajo a “presos etarras arrepentidos y sin delitos de sangre”. Pero ya hemos comentado que esto debió ser cosa del “proceso” porque quienes llevamos viviendo en el País Vasco mucho más tiempo del que nos atrevemos a rememorar, no recordamos que en los más de treinta años que ETA ha estado segando vidas en Euskadi y en el resto de España los empresarios vascos hayan alzado alguna vez su voz para manifestar su apoyo a las víctimas, para ofrecer un puesto de trabajo a los huérfanos o para mejorar la vida de tantas viudas como hay en este país. Más bien al contrario, algunos de los empresarios más rutilantes que hay en esta región, como los grandes “chef” de renombre internacional que todos conocemos, apenas expresaron, por ejemplo, alguna palabra de condolencia cuando los asesinos, el día 26 de enero de 2001, segaron con un coche bomba la vida del cocinero Ramón Díaz.
No nos cansaremos nunca de repetirlo. Desde comienzos de los años setenta del pasado siglo hasta hoy, la tarea del empresariado vasco ha sido muy dura y difícil. Ciertamente, durante las últimas décadas no ha resultado sencillo ser un industrial en Euskadi, pero no es menos verdad que no pocos empresarios y comerciantes vascos, pequeños, medianos y grandes, han cedido mansamente al chantaje de los criminales, han colaborado intensamente con la gran maquinaria nacionalista de poder para convertir esta tierra en su feudo particular, han silenciado infinidad de delitos cometidos por el tándem ETA-Batasuna y, en el peor de los casos, han colaborado, voluntaria o involuntariamente, con los terroristas y los cómplices políticos de éstos. Hay empresarios inmobiliarios que se han negado y se niegan repetidamente a alquilar locales a las víctimas del terrorismo o a ciudadanos vascos conocidos por sus posiciones ideológicas no nacionalistas; hay infinidad de empresarios, de todos los sectores, que jamás se han atrevido a reclamar facturas impagadas a personas o entidades pertenecientes a la órbita ETA-Batasuna; hay importantes empresarios que han pagado y pagan mensualmente a la banda terrorista ETA como si de un gasto periódico más de su compañía se tratara; hay empresarios vascos que, repetidamente, siguen insertando publicidad, cobrada a precio de oro, en todos los medios de comunicación pertenecientes a la órbita de los criminales; y, en fin, hay no pocos empresarios, comerciantes y profesionales vascos que, por omisión, siempre han actuado a favor de los verdugos y nunca a favor de las víctimas.
¿Cómo no va a resultar rentable y competitivo ser más nacionalista que nadie y guardar silencio frente a las estupideces ideológicas, las barbaridades políticas y las obscenidades éticas de un fanático patriotero e iluminado como el Lehendakari Ibarretxe?


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