Es una de las imágenes más utilizadas en el pensamiento occidental. Para nuestra tradición, supone una relación entre dos, que implica la pérdida del estado de pureza. Es el ingreso en la compleja y relativa racionalidad del individuo. ¿Cómo acontece este momento? Podríamos resumirlo de la siguiente manera:

Eva al ofrecer una manzana a Adán, quien, tal vez, le diría:

“Es mi sexo. Es fruto y jugo que se deslizan en el juego de pasión y ternura”. Es por todos conocido que la norma establecía que Adán y Eva podían vivir en el Paraíso siempre que no probasen la fruta del árbol prohibido.

En el mito, nos explican que les está permitido todo, pero hay un límite. En el marco de su libertad, Dios les dice que la ejerzan de manera auto responsable. Su ruptura con la ley implica la expulsión del jardín.

¿Pero quién es la que induce? Una mujer. Es la parte femenina de la civilización, el mito nos refiere a quien conoce el pecado. Es impura. Es un Dios menor. Pero la ruptura de la ley la ejerce Adán, al probar del fruto prohibido. ¿Metáfora incompleta del rol masculino? El castigo divino les une en su condición natural futura, dejarán de ser dioses y se convertirán en humanos.

Por último, la expulsión de un jardín, en el cual la libertad es relativa, pues está todo permitido, menos morder la manzana que les unirá en el pecado, nos plantea algo fútil:

¡Lo que se abandona no garantiza la verdadera libertad! Pero, sin el intercambio y la complicidad, no existe el amor. Ellos lo descubren… fuera del Edén.