El fuet diferencial Pepi la aceitera (y II)
- Así cogiditos de las manos me traslado sin querer a mis tiempos en que bailaba la sardana. ¡Esta faena va por usted, maestro!
- Guarde silencio o perdemos a Antoñito.
- ¡Vamos que nos vamos, vamos que nos vamos, vamos que nos vamos!- comenzó a gritar Josep- quiero una pareja estable, Antoñito. Menea la corte celestial y dile a la señora olivarera que sí. ¡Vamos que nos vamos! Va por ti, Antonio. Menuda media verónica pegó el de Vitigudino una tarde gloriosa en San Isidro.
Pepi se sacó la bola de cristal de entre las tetas y la estrelló contra la pared.
- Así no hay forma. Esto parece enteramente que son tomas falsas, leche. Con razón el gremio de la videncia anda soliviantado con usted. No me extraña que Selenita y Manolito el de la pluma lo hayan despachado. Usted ha sido el que le ha retirado sus poderes. Mire, me han asaltado unos calores que me quemo.
- Perdona a mi amigo- le supliqué- comprenda usted su soledad. De verdad, señora aceitera, haga un último esfuerzo.
La señora Pepi le pegó el sello de Franco a Josep en la frente.
- Cómo me tengo que ver -protestó Josep-; un comunista de toda la vida con el dictador en la sesera. Parece que me ha puesto un código de barras en la frente. Usted, señora aceitunera de Jaén, no tiene reparo alguno.
- De Beas de Segura, leche. Antoñito, hijo ¿Cómo tenemos lo de este hombre?
La voz de la aceitera se hizo más ronca. Mucho más ronca.
- Mira, he hecho un intento hasta con Buda y no hay forma. De este cliente no hay quien haga carrera.
- ¿Y si hace una gestión con Confucio?-preguntó Josep.
- Usted no puede dirigirse a los muertos. Está rompiendo un pacto sagrado. Si sigue así, será mejor que se meta la bola en sus partes nobles y dirija la sesión. En fín, me dice Antoñito que Confucio desconfía de la negatividad de las espardeñas.
- Ya decía yo que tardaba en salir a colación mi calzado. Pruebe con Amón-Ra por si la sombra de las espardeñas no ha llegado hasta el valle de los muertos. No sé, a ver si el rito egipcio tiene más mano.
- La sesión ha terminado- dijo la aceitera- quitándose el turbante y arrojándoselo a Josep a la cara y dejando al descubierto su cabeza totalmente calva.
- Perdone el espectáculo-me dijo- hace cinco años pillé una alergia y me quedé como un skinhead.
- ¡Vamos que nos vamos!- gritaba Josep desgarradoramente- señora Pepi no me deje con la duda. Tengo piso de propiedad y vehículo propio que es una cosa que las mujeres agradecen. Lance un último SOS al Dalai Lama si es menester que yo corro con los gastos.
- Que no, leche. Los espíritus de luz han echado a correr en tropel con Antoñito a la cabeza. Deben de estar a la altura de la osa mayor.
- Antonio, tu que estás a la vera de Dios padre- imploraba Josep- acuérdate de lo mío. Si me buscas una moza, te doy tres misas. Y te pongo media docena de cirios.
-Tú no le hagas caso, Antoñito, que termino en el INEM como Manolo y la pobre Selene.
- No seas calzonazos, Antoñito, que tiene la menopausia y se ha puesto a cien de los nervios
- Es inútil, hace rato que lo hemos perdido- dijo la aceitera con una sonrisa de triunfo. Antoñito está disfrutando con una serie de naturales del Viti en el coso celestial.
- Vamos, Josep- le dije- mientras lo empujaba hasta la puerta.
Ya en la calle, Josep se fue calmando poco a poco. Más tarde, sentados en una cafetería le pregunté.
- ¿Estás más tranquilo?
- Ha sido una pena, porque Antoñito estaba a punto de darme la solución. Pero, he pensado que igual yo tengo el don y me doy la respuesta. Parece ser que el quid está en la torería y sobre todo en el ¡vamos que nos vamos! Así que voy a pasarme la noche lanzando el eslogan a los cuatro vientos por si algún maestro acude a la llamada y me da esperanzas.
- Pero si no ha podido establecer contacto la aceitera ¿cómo pretendes que te atienda Antoñito.
- ¡Vamos que nos vamos!- me gritó despidiéndose de mi.
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