MUJERES DEL SIGLO XXI ¿Por qué se amotinan los presos?
Leo con estupor y tristeza la noticia de las nuevas prebendas -disfrazadas de legalidad- que el gobierno ofrece a un centenar de presos etarras. Es una de las condiciones que los interlocutores etarras han pactado con el gobierno para el buen desenlace de la tregua. A cambio de la desaparición de la kale borroka, el chantaje a los empresarios y la ausencia de actividad en Francia , los presos gozaran de libertad o del acercamiento a prisiones del País Vasco.
Aunque la clase política tranquiliza su conciencia y nos dice: ¡Sonríe, no pasa nada!, “El fin justifica los medios”,”Todo vale por acabar con los asesinatos”…. yo, una humilde ciudadana, tengo mis reservas.
¿Seguro que con todas estas medidas de gracia no se va a producir una rebelión en el interior de las prisiones españolas? Tengo el presentimiento y, sé muy bien de lo que hablo, que nuestro dadivoso gobierno tiene una bomba de relojería entre las manos y no se entera.
Durante muchos años he tenido que visitar la cárcel al menos una vez a la semana. ¿El motivo? … Lo siento, pero hasta que no me lo permitan las circunstancias, lo guardaré para mí, pero, lo que sí os puedo decir es que haber tratado a los presos, conocido su realidad, haberles mirado a sus ojos llenos de pánico y desesperación y, ponerme en la piel de sus familiares… es algo por lo que doy gracias a Dios diariamente.
Suele ocurrir que, sentados en nuestros cómodos salones, no nos impresionamos al conocer las tremendas informaciones que hablan de nuevos motines en las cárceles debidos, principalmente, a peleas entre bandas rivales, las luchas por el control en los módulos superpoblados o las vejaciones que se producen en las cárceles a manos de algunos funcionarios. Por supuesto, tampoco nos afectan las noticias del aumento de suicidios entre los reclusos, las muertes por sobredosis, los enfermos de sida, la prostitución como moneda de cambio o la falta de recursos humanos y materiales… que llevan a nuestros presos a ocurrencias violentas, viciosas y depravatorias, más que a la reinserción, convirtiendo la prisión en un guetto difícil de controlar y sin esperanza ninguna.
¡No nos importa ni un ápice!
Nuestra actitud ante este tipo de tragedias es, casi siempre, la indiferencia. ¿Qué más nos da?. ¡Si están en la cárcel es gente que ha cometido un delito, tienen que pagar su deuda con la sociedad, darse cuenta del mal que han cometido y redimirse!....Incluso, -algunos- según el caso, asumen la pena de muerte como un castigo legítimo y ejemplarizante.
Nos hemos acostumbrado a exigir seguridad – y, tenemos derecho a ella- pero no queremos ensuciarnos las manos; les juzgamos con crueldad, pero, al mismo tiempo, escondemos la cabeza ante la realidad de las prisiones,… Y, por supuesto, no perdemos ni un minuto pensando en los sentimientos desgarradores que afloran el día del “bis a bis” o, el “Día de Visita”, en los que se pasan las horas muertas añorando a sus hijos, familia y amigos. ¡Allá ellos!
Ahora bien, tenemos que ir con mucho cuidado.
En primer lugar, una cosa es privarles de la libertad -que no se han ganado- y otra muy distinta es privarles de la dignidad que se merecen como seres humanos que son. Seres humanos como tú y como yo. ¡Sí, sí… como tú y como yo!
Presos que tienen una familia que sufre y que el hecho de estar entre rejas, en muchas ocasiones, les ayuda a replantearse la vida, a tener remordimientos y tomar la decisión de no volver a cometer los mismos errores. Y eso sin tener en cuenta que en la cárcel, también, hay mucha gente inocente, que está a la espera que se señale el día del juicio para salir exculpados.
El miedo, desprecio, incomprensión o indiferencia que la sociedad manifiesta cuando se habla de este sector de la población, cada vez más numeroso, constata que hay muchas ocasiones en las que las personas podemos llegar a ser tan crueles como lo que denunciamos. Por lo tanto, creo que es un deber de justicia preguntarnos: ¿Es éste el mejor ambiente que les podemos ofrecer para la reinserción?
Y, en segundo lugar, tendríamos que pensar que muchos de los presos son “la carne de cañón” de nuestra sociedad. Sencillamente, que los delitos que han cometido les parecen “lo normal”, porque en sus casas lo han visto desde pequeños. En sus barrios, con sus amigos, en el ambiente en el que se mueven, todo el mundo lo hace y nadie les ha dicho nunca que lo que hacen está mal, que hay otra forma de vivir, que les van a enseñar y brindar otras oportunidades.
De hecho, cuando a un preso le enseñas y le tratas con respeto, cariño y comprensión, suele agradecerlo de forma conmovedora. Muchos no están acostumbrados a que nadie haga nada por ellos.
No quiero que os confundáis. Con esto no deseo que la justicia sea mangoneada y adulterada en pro de unos beneficios que no se merecen. ¡Ni mucho menos! Pero, si los hay para unos, exijo que sean para todos.
Después, cuando la tragedia ocurra -que, ocurrirá- no pongamos el grito en el cielo diciendo: ¿Por qué se amotinan los presos?
Si esto ocurriese, yo, personalmente, les comprenderé y seré una de las voces que clamaran la justicia, el respeto, la igualdad y la dignidad que como presos e merecen.
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