La vida es injusta y puta, y a fe que esta vez lo ha sido en exceso. Un infarto se llevó para siempre a Juan Antonio Cebrián a sus cuarentaiún años de edad, y dejó huérfano, tal vez, el mejor micrófono de la radiodifusión española. Falleció elaborando su programa, a poco de entrar en antena con sus pasajes y aventuras, y fue al sintonizar, a la misma hora y en el mismo dial, cuando recibimos la noticia de que, aquella noche, la Rosa de los Vientos no se emitía, pues apuntaba al cielo. Juan Antonio se fue sin avisar, sin despedirse, y ya nunca volverá.
Los amantes del programa que Cebrián inventó para alumbrarnos las noches en vela; los amantes de la ciencia y la tecnología, del misterio, de las leyendas, del espionaje, del terror y del humor, y, sobre todo, de la Historia —con mayúsculas, como a él le gustaba presentarla—; los “rosaventeros”, en definitiva, hoy lloramos enlutados. Juan Antonio pasó por encima de inanes disputas políticas. Superó con creces la brega que muchos avivan para tratar de desentumecer sus estúpidos complejos. Su credibilidad, sinceridad y simpatía unió a las más distintas y distantes personas a lo largo de toda la geografía mundial. La Rosa de los Vientos fue una ventana que nos permitía ver más allá; desde los misterios y porqués de la Historia de España y del ser humano, hasta el acercamiento a personajes singulares y lugares de obligado tránsito, y así comprender gran parte de lo que ahora somos.
Las facultades de Periodismo pronto tendrán que incluir en sus temarios el buen hacer del maestro Juan Antonio Cebrián, su radio revolucionaria y su carácter afabilísimo y adictivo. No era el más famoso a pie de calle, ni su programa era líder absoluto de audiencia. La Rosa de los Vientos era un espacio de minorías en la noche, de todas las edades y lugares, que nos arrimábamos al fuego de campamento en fraternal corro mientras tratábamos de comprender los enigmas del hombre y su entorno; lo grande y lo pequeño: el universo y el interior de las personas a un tiempo.
No sé escribir obituarios —suponiendo que sepa escribir algo—. Siempre hay quién los redacta, sobre todo en casos señalados, para denunciar el reguero almibarado y meloso que otros dejan tras sus artículos de adiós. Es probable que así sea; puede que suene hipócrita el halago cuando el sujeto fallece. Sin embargo, lejos de tratar de valerme de una despedida para destacar en el medio que lo publique —que es lo que parece cuando el obituario se vuelve original con tal denuncia—, hoy sólo puedo valerme del medio para expresar mi despedida como una más entre tantas, en el más sincero y tierno abrazo a un maestro que me ha enseñado, al calor de las ondas de la madrugada, no sólo Historia y ciencia, misterio y leyendas, sino un enfoque vital, una actitud de cara a la vida; una forma de afrontar los problemas, las relaciones entre personas, y valores como el rigor, la sinceridad o la grandeza de la amistad. Juan Antonio, tras esas gafas oscuras o su mirada perdida que le acompañó desde el nacimiento, veía más lejos que los demás, y de ahí nos traía la esencia de los vientos, su rosa. Era un renacentista, de vasto conocimiento y cultura, de afilada y diáfana divulgación, y de ilusión contagiosa que confluía en su amor desbordante hacia el ser humano, con sus grandezas y ruindades.
Pero en ocasiones la parca llega sin avisar, sin tocar a la puerta, y blande su guadaña en helada injusticia. Hoy le ha tocado a él. Se ha ido un grande, un maestro, un genio. Pero ha nacido un mito. Su legado quedará en nuestras bibliotecas, audiotecas, y en nosotros mismos. Los treintaiséis rumbos de la Rosa de los Vientos quedan aquí, indicando la dirección que señala la dirección hacia la que hay que perseguir sueños y deseos; indicando el Norte que nos lleva a ser personas enteras y buenas. Como él siempre demostró ser.
Hasta siempre, y buen viaje, Juan Antonio.

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