Está siendo una epidemia de la que nos quejamos todos los que estamos relacionados con las nuevas tecnologías. La gratuidad de muchas soluciones ha permitido que muchas ideas de negocio prosperen. La posibilidad de tener relaciones directas con los lectores y usuarios ha abierto nuevas formas de comunicación y de creación de valor. Las herramientas, cada vez más personalizables y fáciles de usar, permiten que todos podamos hablar de los contenidos y sin que la tecnología sea una barrera más. Los padres y madres acceden a más y mejores recursos.

Todo, en la faz de Occidente, ha cambiado.

Pero, no. Las viejas estructuras, los viejos poderes, los departamentos más tradicionales dentro de las empresas han visto cómo se van incorporando las nuevas tecnologías y su tradicional chapuza deja de tener justificación.

Las cadenas de valor de cualquier industria o sector económico tienen ante sí la amenaza de las tecnologías, no la solución. Se sienten todos amenazados y al final otros hacen los deberes y se llevan la gloria, del dinero, la excelencia y grado más en su libertad.

Mientras, millones de excusas para criticar sin sentido. “Nunca desaparecerá el libro”, dicen. “Todo es esfuerzo personal y mérito. Internet es oportunismo y basura”, comentan. “El socialismo es la paz, la igualdad”, dice la otra. Lo dicen instalados en los sillones de negocios o partidos que se retroalimentan en sus favores, que, en Cataluña, van por el 20% de cada contrato o, entre alcaldes, comilonas a base de asociaciones para invitarse a comer y a juergas. Hasta para hacer una página web tienes que ponerle el precio de un sólo plato de la comida a la que tienes que invitarles.

Y estoy empezando a perder la paciencia. Ya no se trata de ser evangelizador de algo más revolucionario que la rueda o el fuego. No me siento raro. Ya no toca. Ya es hora de poner las cosas en claro y poner cada cosa en su sitio.

Me importa poco o nada la moral de clase media, esa de capital de provincias, la que defiende privilegios basados en renuncias personales. Esos de derechas o de izquierdas, que se creen las cosas funcionan por enchufe y poco más. Esos que se inventan cualquier excusa para hacer 20 horas de jornada para hacer lo que se hace en media. Esos de un sólo periódico, de un sólo bar, de un sólo deporte, de tres vicios y modernos con las hijas de otros. Esos solos de sí mismos, pero que adornan cada puesto con docenas de asesores. Esta moral de cuatro niveles: la moral del aparentar, la del salón de casa, la del trabajo y la de la vida oculta.

Esta civilización ha crecido a pesar de la esclavitud, Roma, los árabes, la Revolución Francesa, Napoleón, la Guerra Fría, el socialismo, el autoritarismo paternalista y clerical. ¿Por qué? Porque los mediocres y los miserables no ven más allá de sus narices. No saben por dónde vienen los nuevos tiempos. Gracias a Dios, siempre ha habido un lugar para quienes quieren hacer sólo una cosa: lo que les da la real gana. Y ese valor, hacer lo que me da la gana, no puede ser. Está prohibido ser feliz y realizar lo que sueñas.

Estoy cansado de levantarme cada día y ver nacer una nueva idea, una nueva empresa, una nueva solución en siempre los mismos lugares, menos en España o lo que de ella quede. Hace más de 20 años, me dio un arrebato parecido. La vida era como ahora. Debates políticos de izquierdas y derechas. Siempre lo mismo. Iglesia, los progres de la nada, educación, sexualidad, el rey, la familia y los nacionalismos. Eran los tiempos de los ordenadores sin disco duro. En esos días, aceptaba que soñaba con una sociedad creativa, ágil y moderna. Ahora a una estúpida infinita le hacen una entrevista en el periódico más aburrido, sesgado y simplón de España para cantar las glorias de la ideología más infértil que se haya dado. Ahora una pandilla de vividores sigue vendiendo con éxito el nacionalismo paleto. Ahora el “franquismo sociológico” de fútbol, playa, ladrillo y cotilleos cierra y abre las mejores horas de las televisiones. Hace veinte años, la excusa era la de estrenar democracia y soportarnos hasta limar las asperezas, pero ¿ahora?

¿Cuál es la excusa para seguir viviendo en un país de pandereta e iletrados? El vídeo del que ahora soportamos como presidente es para los partidos de los finales de los 70 y los alegres niños pijos de traje de pana. No podemos seguir así. Hay que crear espacios de libertad, de ventanas abiertas, donde corra el aire, para poder vivir como si todos estos desgraciados no existiesen. Vivimos en un mundo globalizado y no pueden seguir vendiéndonos esta basura ideológica del norte de África. Son muchos años aguantando. Ya no es sólo que se politice la sociedad. Es que marcan las agendas de todos con sus miserias. ¿Cuándo pararán de hacer el memo? Esto huele a podrido. La separación de por donde va el mundo y lo que nos toca vivir nunca ha sido tan ancha. Las nuevas tecnologías nunca han sido mejor termómetro de la miseria de una sociedad.

Ahora mismo todos los indicadores han saltado por los aires y ya se han retratado todos los partidos y gobiernos. Nada. Cero. Esta democracia, tal y como la vivimos, es un fracaso. No basta con votar cada cuatro años a los de siempre. Quiero que me dejen en paz de una vez todos los vividores del cuento, esos que aún les queda por hacer, sacrificados ellos, el mundo o la España, o lo que sea que quieran, que creen qué necesitamos. Quiero que dejen de existir esos hinchados de sí mismos que saben exactamente lo que necesitó yo y todos los demás, sin preguntarnos.