Le enseñaron la puntita de la muleta y Bermejo embistió con todo, quedando desnudo en pleno ruedo parlamentario. En respuesta a la proposición de derogación de la resolución aprobada en 2005 sobre la hoja de ruta que se debía seguir si se daban unas estrictas condiciones para la negociación con la banda terrorista ETA, señaló exultante que «se volverán a dar condiciones para que la resolución de esta Cámara vuelva a tener vigencia». A esto añadió que «puede y debe contribuir al fin de la violencia».

Lo cierto es que no sabemos de forma práctica cuál sería la aplicación de dicha resolución, pues la negociación con ETA de la “era Zapatero” no cumplió ni una de las condiciones que ahí se marcaban como punto de partida. El transcurso de la negociación fue opaca y se fueron demostrando continuadas mentiras. Tal fue así, y tan clara se avecinaba la sangría de votos, que el Gobierno terminó por cambiar la estrategia por la de tratar de hacer olvidar tan bochornosas situaciones. Se negoció antes de la resolución, y también después del atentado de la T-4, que no fue otra cosa que un puñetazo en la mesa o la colocación de una pistola en la frente de los negociadores. Y a partir de entonces, llegaron los episodios de laxitud penal con De Juana y Otegi, y el mirar hacia otro lado en los delitos diarios del mundo proetarra.

Somos muchos los que pensamos que con una banda terrorista no se debe negociar nunca. Ni si se dan las condiciones de la resolución, ni tampoco aunque éstas obliguen a los etarras a hacer un teatro que les parezca deshonroso. Muchos opinamos que la forma de acabar con la banda criminal es despojarla de toda esperanza, de forma que se den cuenta que de cada acción delictiva sólo lleva a la cárcel y a la debilitación de su entramado mafioso. Que la esperanza se les vaya apagando, que se den cuenta que sólo consiguen hundirse y que de esa manera nunca van a conseguir nada.

Con esta declaración, chulesca y desafiante, el Ministro de Justicia no sólo abre la puerta a una negociación en la próxima legislatura, que muchos ya intuíamos, sino que lleva a cabo una auténtica inyección de esperanza que está llamada a animar a los etarras en el crimen. Anunciando que seguirá habiendo negociaciones políticas, y más cuando aplican sus métodos coactivos y criminales con mayor virulencia que en los últimos años, lo único que consigue es que los etarras empiecen a organizar su estrategia —y conversaciones— para lograr el máximo botín. Que, por supuesto, volverán a ser sus actuales —y eternas— exigencias. Es, precisamente, con inyecciones de esperanza como ésta, como realmente se le da un sentido al crimen de la banda terrorista ETA.