Anda redundantemente histérico el Frente Popular. La presión mediático social del liberal-conservadurismo ha logrado lo impensable: que el inepto y ensimismado Rajoy se pusiera las pilas, aunque sea tarde y mal. Ha bastado algo tan natural como la exhibición de símbolos patrióticos para que toda la basura frentepopulista eche espuma por la boca, muestre los ojos en blanco y apele poco menos que a otra Guerra Civil.

El momento culminante se produjo el viernes en el homenaje a los caídos, con el abucheo al peor presidente por accidente de la historia; el mismo que entró y salió utilizando al Rey de escudo humano porque no se atreve a dar la cara como un hombre. La prensa mamporreica y todavía afecta al Régimen ha tardado poco en criminalizar a unos ciudadanos que, aunque con timidez y exquisitas maneras, le mostraron a Rodríguez el profundo asco que provoca en la mayoría de los españoles.

Pepinho Bianco, quien, de forma apocalíptica, días antes intentó cargarle al Partido Popular la responsabilidad del fin del mundo vaticinado para el 12 de octubre, tuvo que ver cómo la jornada transcurría de forma apacible, con millones de españoles disfrutando de su fiesta nacional en paz. Y, para más INRI, un desacomplejado Rajoy se ha atrevido, incluso, a advertir esto: "Seguiremos defendiendo la bandera aunque pongan el grito en el cielo." 

Es tal el caos y la histeria en la retroprogresía, que hasta mentes brillantes e independientes como la de Pilar Rahola caen en el esperpento con artículos como el publicado en Debate21:

“Por supuesto, no me escandaliza, más allá de lo razonable. Que alguien que quiere ser presidente, se enfunde la bandera, la saque a pasear y venda retórica a cañonazos ni es ajeno a la política -a la mala política- ni es sorprendente. Pero es necesario subrayar que Rajoy hace trampa con material sensible, que lejos de ubicarse en el universo político a través de lo tangible y lo real, decide plantar la bandera en el territorio inhóspito de lo esencial, allí donde no habitan las ideas, sino las emociones más primitivas. Es decir, planteando el debate sobre la bandera de España, niega el debate sobre España. Rajoy, por tanto, se sitúa en el water de la escena pública, saca la bandera y embiste a Zapatero: la mía es más larga. Y situados en ese terreno, a ZP se le reducen las opciones. Si saca la suya, nos volvemos todos locos. Si no lo hace, la suya es más pequeña. Es lo que tiene reducir la política y la complejidad de un país a una cuestión de testículos.” 

Qué buenas vibraciones da todo esto. Ver a la anciana vice-presidenta abroncando en pleno desfile a la presidenta del Tribunal Constitucional nos hace comprender que la histeria ya lo domina todo.

Ahora nos vamos acercando a la muerte de Durruti.