¿Cuánto afecta la vida personal a la profesional? La contestación de los RRHH es clara: “si eres un profesional, nada”. Si nos preguntan a los mortales, “todo”, podríamos responder. Lo cierto es tendríamos que decir que “siempre”. Hay una tendencia innata e insana en las organizaciones para depender de los psicópatas y de una estructura bélica en los negocios. Los departamentos de RRHH no se dedican a otra cosa que a administrar los excesos de esas tendencias frías y calculadas, a volver a integrar constantemente a las víctimas, a los sonados y a los desanimados con miles de propuestas a lo “tírate por el puente, que sé que lo has pensado”. Miden, en las entrevistas de trabajo y en las evaluaciones, el nivel de “compromiso” que puede tener el candidato al puesto tras una especie de ciencia aplicada de la psicología que se llama “gestión del conocimiento”.
Pero he dicho que “siempre” debería ser la respuesta a cómo nos afecta en la vida profesional la personal. Los problemas personales “siempre” afectan al trabajo, pero en distintas direcciones. Muchas veces, el trabajo no es más que un reducto donde, por suerte, la vida personal no entra. Muchos matrimonios no se separan hasta llegar el mes del veraneo. Es imposible esconderse detrás del trabajo para seguir huyendo de la realidad. Quien es capaz de mostrar la máxima independencia entre lo personal y lo profesional es o quien carece de vida personal o quien la tiene a costa de otros, el psicópata. A partir de ahí, son sólo grados hacía abajo.
La profesionalidad se ha contagiado de la visión universal que tenemos sobre la ciencia. Podemos someter nuestras tareas a la productividad necesaria si seguimos las pautas previstas por una planificación científica y todo se reduce a cuándo podemos mostrar los resultados. A más horas, más rápido y mejores resultados.
No soy de los que poseen una visión liberadora del trabajo, ni que el trabajo esconda misterios insondables para el alma que sólo descubren los aplicados, silenciosos y humildes. Nada que ver. Soy heredero de la visión menos protestante o calvinista. Una tradición que nos llega desde los monasterios y que han reconocido en el trabajo su valor esencial pero dependiente de tareas aún más superiores y, por tanto, al servicio de la persona. Algo que en España nos hemos saltado a la torera al despreciar el trabajo como parte de la miseria de los que no son liberados del él por pertenecer a la nobleza. Algo que ha sido el quicio del marxismo como motor para la llegada inminente de un paraíso perdido.
Para ver su relación con las nuevas tecnologías, veamos un ejemplo. Supongamos que usted está felizmente casado. Que esa felicidad es debida, en buena parte, a que tiene tres hijos. Estos pequeños tienen entre 5 y 7 años. Han ido a pasar un día a un parque temático sobre distintos ecosistemas naturales. Como buena familia numerosa, han ido aprovechando una oferta imposible de rechazar. Al caer la tarde, buscan la salida. No queda nada por ver, camisa o vestido que manchar, biberón que calentar o helado que comprar. Las señales para salir nos llevan a la Tienda. Buscamos otra alternativa. No. Sólo se puede salir del recinto por en medio de la tienda. Ahora coja usted a los niños y salga por la tienda como si nada. Silbe si quiere, tararee una canción que haya emocionado a sus hijos. Son milésimas de segundo las que tarda en ver desaparecer a los dos mayores por los pasillos de la tienda. Sume que así están otras 200 familias, 3 grupos de preadolescentes y un grupo de la tercera edad. Como ya tiene cierta experiencia, cede para no perder. Acepta “flamenco rosa”, “foca bebe” y “león recién destetado” como “compras inevitables”. Monta una pequeña discusión con cada hijo sobre si realmente son los animales que quieren sin dejar de avanzar hacía la caja. Nótese la pericia en tener que mantener la discusión – distracción, conducirse entre el gentío y sortear otros cientos de menajes en los ojos de los hijos que dicen “cómpramelo”. Cuando los vástagos vuelven la cara para la segunda ronda de compras, lo que suele ser sobre la sección de “artículos inútiles pero monos para escribir”, ya están fuera de la Tienda. Suele coincidir con una subida de pecho en el padre, el orgullo de haber podido mostrar a la humanidad que “ya no soy primerizo” y una sonrisa dulce en la madre sobre lo “buenos que son los niños”. Y se abre el camino a la última trampa: los animales que, por 1 €, mecen a los niños, adelante, atrás, con música que recuerda al circo de los 70. Vea lo superdotados que son estos padres. Han dosificado los impulsos que la sociedad de consumo lanza alcanzando la salida con el mínimo de sacrificio económico. El parque está lleno de esos animales que mecen por 1 € al niño en cada esquina. Y por fin, al coche. Cuatro horas de vida familiar por delante que, a razón de 2 por tarea, se comparte con la bañera y la cocina.
Hemos convertido nuestra vida en un parque, el trabajo, donde se mezclan experiencias únicas con gastos inútiles, cárceles de cristal que son imitación a lo que nos ha prometido nuestra sociedad. Animales sometidos a jaulas o peceras, construcción científica con el animo de lucro. Al final del parque llega a una parte de la vida personal, la necesidad de pasar por caja, la imperiosa necesidad de mostrar el poder y la gloria de ese trabajo, el poder acceder a los bienes que deseamos y, por fin, la salida, la llegada a la realidad que dura sólo unas horas, entre baños y cenas.
Las nuevas tecnologías no nos han liberado de esa monótona cadencia, de ese ciclo monstruoso que ha creado un sistema de esclavitud al que, por acostumbrados a respirar en él, creemos superior al de siglos pasados. ¿Por qué? Porque nos sabemos masa, prescindibles y para nada necesarios. Porque nos perdemos en medio de otros tantos miles de personas y no podemos hacer nada por salir de los caminos señalados.
La reacción cada vez más personal y directa con los servicios y productos aún no ha llegado. Nuestra vida soñada no llega a la oficina, a casa, a la vida privada. Me puedo alejar un momento, sincronizar mi agenda y leer noticias, un par de páginas del libro que me ha embelesado, traer la agenda y las tareas para proveer de decisiones a mi vida de pareja y de familia, pero llega la masa, la riada para tener que dedicar, sí o sí, mi tiempo a lo que los demás hacen, en un organización perfecta para los objetivos de la empresa.
Cierran las cocinas a las horas que quieren, se ha de realizar el trabajo desde el mismo PC que el de casa, pero a más de dos horas de atascos, el colegio no tiene correo para mandar mensajes a la profesora de cómo va hoy la niña o el niño. Mi mujer, hasta que no tiene un hueco, no puede ver la parte del correo personal y se entera tarde de que el trancazo del enano de 3 años ha ido a peor. Más de cuatro dispositivos: dos móviles, una agenda, un pc y un portátil. Y no puedo hacer nada en medio de un atasco que no sea un poco de correo y alguna llamada, todo ello en tarifas prohibitivas. ¿Por qué? Por que es horario laboral.
No cuento el número de aplicaciones que se usan. La intranet, las ofimáticas, las de correo móvil, las de correo corporativo, Internet, las entradas y salidas a blogs, comunidades, prensa y herramientas de trabajo o personales. Cientos. ¿Cuándo será la persona, la que realmente existe ahora, el presupuesto necesario para crear un modelo de conectividad y de servicios? ¿Para cuándo dejaremos la mística de tejas para abajo sobre el trabajo y el mito del progreso indefinido que lo alimenta? Si algo tiene pendiente el sector de las NNTT es la aparición del YO como dispositivo central de una vez. Creo que la MIT esta haciendo algo a respecto y HP hace años desarrolló el problema sobre la conectividad en el coche, como primer avance sobre la unidad de vida entre el trabajo y la vida personal.
Si me encierran de nuevo en un parque, me ponen en la salida una tienda y me quedan apenas cuatro horas para amar a los que más amo, no querrán que me comprometa con la empresa. No es eso lo que me piden. Me exigen que mis valores se trastoquen y que ame a quien no debo. Si meto más de 12 horas a una relación todos los días, en cinco años he conseguido una enfermedad mental leve o grave, pero seguro que comienza con Pro y acaba con Zac.

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