El Tribunal Supremo de Estados Unidos acepta revisar si aniquilar con refinamientos de crueldad —inyección letal en este caso— a los reclusos culpables de crímenes deleznables es o no constitucional, tras la demanda de dos condenados en Kentucky.

Todo en una ejecución es cruel desde el momento en que se comunica al reo cuál va a ser su triste final. Habrá quien opine que al fin y al cabo el interfecto asesinó a seis personas con un rayador de queso en el metro de Nueva York y, por tanto, se merece lo que le pase. Pero eso no es justicia, es venganza, y la primera castiga al que comete la segunda, por tanto resulta absurdo un comportamiento vengativo dentro del ámbito judicial. Quien por unas perras arroja a sus hijos a las garras de un pederasta, en mi muy discutible opinión, se merece que le corten las pelotas y le hagan caminar con ellas en las manos hasta desangrarse como hacían en la antigua India con los delincuentes sexuales. Ahora bien, este es el exabrupto de un ciudadano cualquiera, concretamente un servidor, y por lo tanto aceptable dentro de un contexto de visceral indignación, pero nunca dentro del ámbito judicial o legislativo, que ha de evitar en la medida de lo posible regirse por las emociones.


Volviendo al tema principal, la pena de muerte me parece una barbaridad impropia de un país democrático. Sin embargo, de aplicarse, como se hace en muchos países, incluídos los EEUU, lo lógico sería buscar una forma rápida e indolora. No es así, hasta dos horas han tardado en morir algunos reclusos ejecutados por medio de la inyección letal. Por lo visto, la inadecuada dosis de anestésicos en proporción a las toxinas que paralizan el sistema cardiorrespiratorio provoca horribles dolores a la víctima. Uno puede morir envenenado de muchas formas. La cicuta, que crece en los lindes de nuestros caminos rurales, contiene un alcaloide que nos causará una muerte relativamente placida pues su veneno es una potente neurotoxina que insensibiliza hasta los nervios de un entrenador de fútbol. Tres cuartos de lo mismo pasa con un organofosforado como las piretrinas, —con cuyos efectos tuve el placer de disfrutar en una ocasión— te mueres sin enterarte, que maravilla oiga, pero saliendo de estos venenos de novela de Agatha Christie cualquier médico nos dirá que una dosis “correcta” de pentotal sódico u otro anestésico puede por sí sola privar de la vida a cualquier ser vivo sin sufrimiento alguno y con la absoluta seguridad de que no volverá a abrir los ojos.

Si esto es así... ¿Cómo se explica la dantesca crueldad de los ejecutores norteamericanos? Da miedo pensarlo.