El domingo día veintitrés no fue un domingo común y corriente. No al menos para los madrileños, y no me estoy refiriendo a los problemas de tráfico derivados de la Vuelta Ciclista a España sino a la curiosa convocatoria realizada por Cindy Piccard para este día en el Museo del Prado entre las 12:00 y las 13:00 horas. Cindy fue recriminada de forma muy desagradable por un guardia de seguridad que la pilló in fraganti dando de mamar a su pequeño frente a La Maja Desnuda, la cual no fue amonestada debido a su noble procedencia. Por ello ha convidado –Piccard, no la maja— a toda madre a hacer lo propio en el lugar y fecha señalados con el objeto de tocar las narices a las retrógradas mentes que consideran que una teta es de mal gusto si se exhibe en un museo.
Desde esta perspectiva La Maja Desnuda de Goya que enseña su fermoso pecho, el Parnaso de Poussin, que incluye un desnudo integral, o por parte de Velázquez, el mostachudo Marte, que está en pelotas y enseña impúdicamente las tetas —sepan que no por ser masculinas dejan de ser tetas, caramba— podrían considerarse como obras pornográficas e inmorales. Es absolutamente enfermizo ver algo pernicioso en una madre que alimenta a su hijo y, aunque así no fuera, sigo sin ver la maldad de unos pechos al aire, los ostente el sexo que los ostente. Hasta fechas recientes un hombre haciendo footing por la calle vistiendo un pantaloncillo corto y zapatillas deportivas como única indumentaria no le extrañaba a nadie pero si una mujer realizaba el mismo acto un sonrojado policía se acercaba a ella con una manta —qué detalle preocuparse por su salud— y se la llevaba por alteración del orden público y otras giliflauteces. En este caso se trataba tan sólo de una mujer aportando a su criatura los nutrientes imprescindibles para que dentro de quince años pueda romper el jarrón que adorna el comedor —regalo de boda malintencionado— de un balonazo.
La cuestión es que somos humanos y nos atraen los cuerpos de nuestros semejantes y durante mucho tiempo, aún hoy, se han demonizado sentimientos o instintos naturales en las personas, y en los perros dos veces al año. Es el temor que nos produce la atracción hacia el otro —y que, inexplicablemente, creemos perniciosa— aquello que nos hace decir: “esto es malo”, no el hecho de que lo sea realmente. Sería absurdo calificar como pecaminoso un filete con patatas sólo porque nuestro apetito sea incontrolable. No es la teta la que ofende sino nosotros los que nos ofendemos con hipócrita actitud. Habrá quien diga ¿y los niños? A ningún niño le daña ver un pecho o dos, si cabe. Sí puede causarle problemas disfrutar de la programación televisiva en horario infantil. Ahí verá violencia, escenas que muestran la sexualidad de una forma superficial o incomprensible para su edad y ausencia de ética en los modelos a seguir, los “buenos” de la película. Todos los días millones de niños y adolescentes son inoculados con valores, es un decir, perjudiciales, con una idea de la sociedad basada en la competitividad más sanguinaria y una escala de valores donde un coche caro vale más que un buen amigo. Sin embargo lo que nos preocupa, nos produce rubor y alteración por inmoral es que una mujer muestre un pecho en el Museo del Prado.
La iniciativa tuvo éxito. Una veintena de mamás acudió a la cita y pudieron llevar a cabo sin problemas una acción tan natural —frente a La Maja Desvestida— como es amamantar a sus hijos. Un ejemplo más de que la unión hace la fuerza. Bien por Cindy.


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