Tiempo de pensar Un esquema histórico en tela de juicio
Hace muchos años, me sorprendía que el nivel de desarrollo de los países del Norte de Europa como Gran Bretaña, Alemania o Suecia fuera superior al de los países del Sur como Italia, España o Grecia. Si bien hoy día (año 2006) estas diferencias se han acortado y son casi inexistentes, no era así hace treinta años. Y allá por el año 1900 había una gran diferencia tanto en el nivel económico como en el nivel de educación.
Me sorprendía porque, con los conocimientos de Historia que tenía, no encontraba una explicación satisfactoria.
Según nos han enseñado, la Historia de Occidente se divide en tres Edades: Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna y Contemporánea. Aunque es evidente que este esquema -que tiene hasta las fechas perfectamente definidas- es arbitrario, es indudable que ha ejercido una gran influencia en nuestra forma de ver el pasado y el presente.
A primera vista, el esquema parece muy consistente. La Edad Antigua empieza en Grecia y Roma, formando la cultura grecorromana. Termina con el fin del Imperio Romano de Occidente. Entonces comienza la Edad Media, una época oscura, de destrucción y lenta recuperación que termina con el Renacimiento. A partir de entonces, se produce un continuo progreso –con muchas convulsiones- hasta nuestros días.
Es una idea muy generalizada que la Edad Media fue una época oscura y hasta truculenta, y que Europa vivió un verdadero resurgir al final de la misma y a principios de la Edad Moderna. Tanto los hombres del Renacimiento como los de la Ilustración sintieron desprecio por la Edad Media y un gran aprecio por la cultura clásica.
Pero si Europa vivió un resurgir hacia el siglo XV, cabría esperarse que tal resurgimiento se produjera en donde se había asentado más sólidamente la cultura clásica. Y cabría esperarse también que aquellos lugares que en la época clásica no habían sido romanizados quedando sumidos en la barbarie, como Escandinavia o el centro de Alemania, siguieran en ese estado, ya que durante la Edad Media hubo más destrucción que progreso. Y sin embargo vemos que esto no es así.
En el siglo XV, Escandinavia y el centro de Alemania no estaban sumidos en la barbarie, ni mucho menos. Y siglos después alcanzarían un grado de desarrollo superior al del Sur de Europa.
¿Cómo es esto posible? ¿Y cómo es posible que Gran Bretaña, que fue mucho menos romanizada que Italia o España, alcanzara tal grado de progreso hasta convertirse en la primera potencia mundial? ¿Es que surgió una nueva cultura y civilización en el Norte de Europa que manifestó su esplendor en los siglos XVIII y XIX?
El progreso del Norte de Europa es uno de los fenómenos más interesantes y enigmáticos de la Historia de Occidente.
Si partimos de la tesis –discutible para muchos historiadores- de que nosotros somos herederos directos de los grecorromanos y de que tenemos el mismo esquema cultural que Aristóteles y Cicerón, y de que nos planteamos las mismas cuestiones que Platón en La República, ¿son también de los nuestros los del Norte de Europa que en su momento no fueron romanizados? ¿Acaso no hablan lenguas germánicas que no provienen del latín? ¿Y, si no son de los nuestros, quiénes son? ¿De dónde han salido?
Es evidente que ingleses, alemanes y suecos son de la misma cultura que la nuestra y el mundo de La República de Platón también es el mundo de ellos. Y es evidente también que hay ciertas diferencias, como por ejemplo, el origen de sus lenguas. No obstante, en esencia, podría decirse que pertenecen a la misma cultura y al mismo mundo que nosotros.
¿En qué momento y por qué empieza a civilizarse el Norte de Europa?
El momento es la época inmediatamente posterior a la caída del Imperio Romano, el período que va del año 400 al 1000, denominado muchas veces como los “años oscuros”. Durante este período, el Norte de Europa sufrió una profunda transformación en la que se pusieron los cimientos de lo que ahora es.
La caída del Imperio Romano fue un proceso mucho más lento y pacífico de lo que nos imaginamos. Según el historiador Henri Pirenne, la estructura económica del Imperio Romano prevaleció durante los siglos posteriores a su desaparición y fueron las invasiones musulmanas del siglo VIII las que realmente marcan una ruptura al cerrar el Mar Mediterráneo al comercio.
Por los escritos de San Agustín (siglos IV y V), dedicado durante años a la retórica y la elocuencia, vemos que la gente en aquellos años no vivía sumida en el caos apagando continuamente incendios. Si bien es cierto que se producían hechos violentos como el saqueo de Roma por los visigodos en el año 410, la trascendencia política de este suceso fue prácticamente nula, y lo que más conmovió a San Agustín y a muchos otros no fue la destrucción material, sino el valor simbólico del suceso. ¡Roma había sido saqueada por los bárbaros! Las invasiones de los bárbaros no se produjeron de repente, cuando, por fin, consiguieron romper la muralla romana. El contacto entre romanos y bárbaros siempre existió. Los romanos, por su propia naturaleza, eran expansivos y de una ciudad habían hecho un Imperio mundial basado en el Derecho y la Libertad.
Durante el período 400-1000, los bárbaros entraron en contacto con la cultura romana y se produjo una profunda transformación, una “simbiosis”, entre el elemento bárbaro y el romano. Dicho contacto empezó a producirse con intensidad durante la época de Carlomagno y de las invasiones de los vikingos. No hay duda de que los bárbaros de entonces se romanizaron de una forma mucho menos intensa que los bárbaros que habitaban la Galia o Hispania unos siglos antes. De hecho, la lengua que prevaleció fue la germánica. Así como el castellano, el catalán y el francés provienen del latín, el alemán, el sueco y el inglés provienen del antiguo germánico. En el aspecto lingüístico y en otros más, los límites del antiguo Imperio Romano han dejado una huella que probablemente la Historia nunca borrará del todo. (A todo esto hay que hacer la observación de que Francia, tanto por el origen étnico de su población como por el aspecto de sus ciudades, es un curioso caso intermedio entre el Norte y el Sur.) Pero esta huella tiene una trascendencia relativa.
Porque, en cierto modo, lo que surgió en el Norte de Europa se parece mucho a la cultura romana. El espíritu expansivo tan propio de los romanos no se extinguió tras la caída del Imperio y durante los años oscuros, lugares como Escandinavia o Alemania Central entraron en contacto con lo que entendemos por cultura occidental y de hecho, se occidentalizaron. Y si bien muchos de estos lugares -especialmente Escandinavia- mantuvieron sus antiguas instituciones políticas durante los años subsiguientes, es evidente que el contacto con Occidente les aportó nuevas fuerzas espirituales que han conservado.
Así, vemos que el esquema histórico de Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna y Contemporánea, si bien es válido y está fundamentado con hechos consistentes y evidentes, entraña también cierta confusión. Porque, por lo que acabamos de ver, la Historia de Europa, desde Grecia y Roma hasta hoy, forma una unidad mucho más compacta y compleja de lo que pudiera parecer. Y son fuerzas espirituales que trascienden lo puramente externo las que están en el fondo de los procesos.
Descubrir y analizar qué fuerzas espirituales son las que actúan es una cuestión trascendente y clave para entender la Historia en su conjunto.
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