En uno de sus últimos artículos, el admirable Spengler expone que los ahorros de los chinos utilizados para financiar la compra de casas con hipotecas subprime acabarán, mejor temprano que tarde, en las multinacionales gringas. Es decir, que el gobierno de los Estados Unidos, tarde o temprano, tendrá que aceptar que los ahorradores extranjeros se hagan con sus principales empresas.

Se pregunta Spengler cómo han tolerado los Estados Unidos que los bienes manufacturados chinos hayan penetrado su mercado, hasta el punto de destruir gran cantidad de empleos. He ahí la respuesta:

”China's reinvestment of its export earnings in US debt instruments forced down the cost of capital in the United States, as Federal Reserve Board chairman Benjamin Bernanke has observed over the years. Cheap capital fueled an asset-price bubble in the US, generating capital gains for US households that made savings seem unnecessary.”

Para, a continuación, advertir a los consumidores norteamericanos (el concepto de ciudadanía quedó ya en el olvido) que vayan pensando en ahorrar y en trabajar duro, así como en imaginar sus gloriosas multinacionales en manos extranjeras…

”Americans will have to work harder and save more. If the US wants to remain the magnet for world capital flows it became during the 1990s, it will have to allow the savers of the world to become partners in the US economy, that is, to buy into its first-rank companies. This is not a matter of US discretion; at some point, the United States will have no choice but to allow more foreign ownership. If Washington delays the inevitable, the price of US companies will fall, and Chinese and other sovereign investors will buy them cheaper.”

Ahora nos damos cuenta de que se trata de trabajar y de consumir de forma racional. Hasta Sarkozy ha certificado la defunción de las 35 horas semanales y, por lo que se intuye, de la postmodernidad, ese eufemismo del suicidio occidental.