Imaginen que nos metemos dentro de un cilindro tumbado. Es un cilindro que no se sabe bien en que esta asentado pero podemos entrar en él. Cada día que pasa se aumenta su longitud, varia algo el diámetro de la base o cambia algo su aspecto.

Esa era la pretensión de Kant. Establecer, de toda la realidad que se nos muestra, lo que realmente podemos conocer, internarnos en la parte de la realidad a la que tenemos acceso. Kant vio esos limites en la manera en la que los sentidos y la razón pueden construir ese conocimiento.

Imaginemos otra pretensión, la de Wittgenstein. Hagamos desaparecer el cilindro, no nos entretengamos en él. Dejemoslo sólo a los científicos. Establezcamos las reglas del lenguaje en las que las proposiciones tengan sentido y que, por tanto, con esas reglas definamos que poco, muy poco de la realidad, es accesible y sólo puede ser expresado en lenguaje científico.

Para ambos no hay mayor pretensión para un filosofo que terminar con la soberbia de la razón católica que pretendía conocer la esencia de las cosas, lo que son en si mismas.

Lo más importante para ambos es colocar a Dios en su sitio, inalcanzable, ininteligible, poderoso y el Libro de Job es la pauta moral absoluta. Esa realidad es un misterio inefable y no podemos abarcar con nuestro conocimiento, una realidad sólo accesible por la vía mística. Ese sencillo conocimiento que expresa Tolstoi en el verdadero cristiano, el campesino ruso, que tanto admiraba Wittgestein. Y no poco de las nuevas corrientes de pensamiento católico actuales.

La realidad virtual, la recreación de espacios que repliquen parte de esa realidad no es, por tanto, una pretensión inútil. Han funcionado. Los aviones son más pesados que el aíre y no se caen. Los átomos no los veo pero las realizaciones prácticas basadas en su existencia ya han funcionado en Japón dos veces de forma cruel e innecesaria.

La realidad virtual va a recrear de forma explicita lo que ya hacemos en el papel o en ensayos. No hay un paso novedoso o impensable, no es una realización nueva de la sociedad de conocimiento.

Muchos pilotos, gracias a Dios, sólo se estrellan en simuladores de vuelo antes de pilotar un avión de verdad. Y eso es tristemente famoso en este mes.

Los debates de si la vida real es más o menos verdadera con respecto a la virtual, tiene, por tanto, un punto de partida que mezcla un posición nostálgica, de reacción defensiva ante la novedad, y algo de ignorancia.

El fracaso de Second Live es el fracaso de una aproximación a la realidad virtual que por pretenciosa (o todo o nada) ha fracasado. Mucho de ese fracaso se debe a la decepción sobre la disponibilidad de suficientes recursos para poder recrear lo pretendido. Ha fracasado por generar más expectación que logros. ¿No es ese el camino habitual por el que pasa cualquier iniciativa en la red? De salida no se cuentan con recursos ilimitados y posibilidades que den, desde el primer día, retorno a las inversiones. Ese conservadurismo de pasar una idea a la realidad tecnológica es un obligado.

Nada de lo que vemos, en definitiva, se escapa a la pretensión moderna de acercarnos y recrearnos en lo que podemos ver y tocar, conocer de forma experimental. Mi anhelo es si seremos capaces de encontrar en todas estas realizaciones el tiempo y la manera para descargar en la razón lo que es suyo y el hombre se libere de forma espectacular de esas limitaciones de la edad moderna y consigamos, por fin, entrar en edades más humanizadas. Lo preocupante es que, virtual o no, nos hemos encerrado en un cilindro que, antes de superarlo, crece aún más. Cilindro que es una especie de invernadero cada vez más inhumano, húmedo, tibio y que va dejando atrás a miles de millones de personas en el camino, víctimas propiciatorias porque no podemos parar. ¿Por qué será?