Los discursos sobre manos invisibles, espacios privados e iniciativas individuales son muy interesantes para las vacas gordas, pero lo cierto es que, sin solidaridad, cualquier grupo humano es inviable.

Si seguimos viéndonos tan sólo como la suma de individuos con un idioma y una historia común, el proyecto fracasará, pues la inmigración masiva, por citar uno de los nuevos desafíos, convertirá el paradigma en obsoleto. Y, ojo, no estamos defendiendo los postulados de Malinowski ni elevando una elegía al funcionalismo.

La única manera de romper el engranaje diabólico puesto en marcha por el nacionalismo separatista y potenciado por un capitalismo conscientemente apátrida es promoviendo la solidaridad, entendida ésta, no como un mecanismo encuadrado en las ideologías llamadas progresistas, sino en lo moral y lo religioso. La Iglesia católica sería uno de los modelos a seguir.

Si los ciudadanos no asumimos que el espacio público es tan privado como el doméstico, iremos cediendo lo poco que queda de él a entes abstractos, como la “delincuencia”, la “suciedad” o el “ruido”. Y no sólo el espacio público físico; sobre todo, el lugar de encuentro de los ciudadanos, el fórum; la cosa pública, por Dios: las asambleas de vecinos, Internet, las cartas al director de un periódico de papel, los jardines…

La hipoteca magnifica 65 metros cuadrados y los convierte en un estado nación de dos o tres personas, antesala de divorcios prematuros y abortos irrealizables. La hipoteca previene pequeñas revoluciones, porque da ilusión de propiedad a quien simplemente desea ser un esclavo. Las hipotecas asesinan el espacio público, que es la construcción de nuestra otredad, lo que nos salva del egoísmo y del onanismo suicida.

El fracaso de Irak es el fracaso de la solidaridad, de la entrega; típico estadio de sociedades que se mueven en las arenas movedizas de lo arcaico y la modernidad. Pero Mesopotamia no es el único fracaso en ciernes. La sociedad española se va desintegrando, precisamente porque no ha alcanzado la modernidad, pero se ha permitido renegar del terruño sintiéndose postmoderna.

El punto de encuentro entre el terruño y Marte es el fórum, ahora y hace 2.000 años.