Las situaciones límite están creadas, precisamente, para eso: para certificar la entropía. Como nos empeñamos en ser demasiado humanos, jugamos a esquivarlas, soñándolas en los horizontes, cuando, en realidad, están siempre ahí, mirándonos fijamente, con ojos fríos y quizá hasta azules.
Como funcionarios de la vida, entramos en el juego de las pequeñas recompensas; de un sistema inconsciente de justicia, que cada uno ha interiorizado y cree real como la mentira misma. ¿Hay algo más entrañable en este universo que un ser humano, con sus infinitas necesidades y su dolor, más o menos creciente, que espera neutralizar para siempre jamás?
El problema de la entropía es que no tiene vuelta atrás y, además, es imposible.
Y todo esto para decir que de las situaciones límites se sale siempre, porque de eso se trata el invento éste llamado ser humano. Y lo que va quedando de cada persona es, en contra de lo que uno creía, no su mismidad, sino la otredad.
Por eso, viajar o, para que lo entiendan los nacional-socialistas y demás recalcitrantes, desintegrarse, lleva a dos vidas en una. La entropía se hace evidente a cada instante y uno asume, a pesar de que cada molécula le suplica creer lo contrario, que hay un mundo ahí afuera.
Ciertamente, un politeísmo doméstico facilitaría mucho las cosas a demasiados ciudadanos, pues Cristo fue siempre como el arte: para unos pocos elegidos.

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