En esta España acomplejada, donde la historia se retoca, se modifica y, finalmente, se reescribe en un desvergonzado proceso de ingeniería social, cuyo descarado objetivo es la manipulación de la masa, los mitos ya no son mitos. Han sido incorporados a los sectarios libros de historia y han tomado carta de naturaleza.

Antiguamente también había mitos en España, pero nadie se engañaba; en nuestro fuero interno, todos intuíamos o sospechábamos quiénes eran o no eran el Ratoncito Pérez, el Coco o el Capitán Trueno. O, en una fase más adulta, disfrutábamos de las historias de Viriato, los héroes de Numancia o El Cid Campeador, aun conscientes de que algún componente legendario, por mínimo que fuera, los transmisores de las aventuras de nuestros héroes habrían ido agregando a la historia.

Eran otros tiempos. En unas pocas décadas le han dado la vuelta a todo. Ahora se toma un personaje, un objeto, un acontecimiento susceptibles de convertirse en mitos o paradigmas del llamado progresismo, se adornan con una serie de datos totalmente inventados o recreados, se difunden con sutileza o incluso burdamente a través de libros, medios, mítines y planfetos, et… voilà!

Así se fabricó el mito del proto-feminismo progresista español, en el que se coló de rondón Victoria Kent, uno de los mayores fraudes del siglo XX.

Es casi imposible encontrar a una persona, salvo que esté muy documentada, a la que se pregunte por Victoria Kent y no responda con algo así: ¡La sufragista! ¡La feminista! ¡La que luchó por los derechos de las mujer! ¡FALSO! Victoria Kent, diputada por el partido Izquierda Republicana (de ideario socialista) en las Cortes Constituyentes de 1931, tras la irregular proclamación de la II República, se opuso con fiereza al sufragio femenino. No sólo ella, sino toda la izquierda en general.

Tras la proclamación de la República, cuya legislación inicial en materia de sufragio supuso un retroceso para las mujeres en relación con los pequeños avances conseguidos durante la Dictadura del General Primo de Rivera, las mujeres podían ser elegidas, pero no electoras. Salieron tres mujeres en el primer parlamento, el constituyente; la citada Victoria Kent, por Izquierda Republicana, Margarita Nelken, por el Partido Socialista, y Clara Campoamor, por el Partido Radical.

En contra del mito, de la mentira, del fraude, los partidos de la izquierda convirtieron en objetivo que las mujeres, en primera instancia, y las casadas, subsidiariamente, no consiguieran el derecho al sufragio. Sus motivos, aparte de otros que es mejor no escribir aquí porque restarían credibilidad a este artículo, eran básicamente los siguientes: las mujeres podían estar muy influidas por la Iglesia, por lo que su voto podría desviarse hacia partidos conservadores.

Victoria Kent, además, alegaba que no estaban suficientemente educadas ni formadas por lo que no tenían criterio. No lo tenían, en su definición, quería decir que no se podía asegurar que votarían por las izquierdas, obviamente. No se entiende si esta mujer exigía que todas las demás españolas fueran juristas, como lo era ella, para tener derecho al voto o si pretendía que una mujer sin formación tenía menos criterio que un varón sin formación.

Mi tesis es que, en el fondo, temía que las mujeres sí tuvieran criterio. Es decir, temía que las mujeres, aun perteneciendo a la clase obrera, actuaran como les pareciera y votaran, si les parecía oportuno, a los partidos conservadores o moderados.

De estos aconteceres cabe aprender una lección. La costumbre española de deslegitimar a la derecha para el gobierno no es de ahora. Pero retomemos la historia. Seguramente encontraremos otras analogías con el presente.

Clara Campoamor, sin embargo, fiel a su conciencia y en contra del criterio de su propio partido, defendió el derecho al voto de las mujeres. No fue apoyada por ninguna de las otras dos diputadas pero, además, sus enfrentamientos dialécticos con Victoria Kent fueron legendarios. Ésta se opuso con todos los recursos que fue capaz de esgrimir a conceder este derecho a sus compañeras de sexo. Clara Campoamor, con un brillantísimo discurso y con el apoyo de la derecha, consiguió convencer a los diputados del Partido Socialista. Así, para vergüenza histórica de la presuntamente progresista Victoria Kent, una mujer brillante, de origen humilde, consiguió para todas nosotras, en una sola legislatura y por sólo cuatro votos de diferencia, el derecho de voto. Consiguió el sufragio universal para los españoles.

Lo pagó caro. Fue aborrecida por toda la izquierda española. Le volvieron la espalda. No fue puesta en las listas. El Frente Popular, que ganó las elecciones de 1933 probablemente, y entre otras cosas, gracias a ese sufragio universal que ella consiguió, la puso en la picota.

Durante la guerra, huyó de Madrid, temiendo ser fusilada por sus compañeros del Frente Popular. Murió en el exilio.