La muerte es tema peliagudo; uno de esos muros en los que el ser humano, en sus momentos de abstracción y filosofía, topa en el entender, y arriesga en el afirmar. El problema —la bendición, también— de no poder demostrar que hay más allá de la muerte da pie a todo tipo de teorías; descabelladas, oficiales, o asumidas por todos como si fueran verdades absolutas.

Si nos montamos en la teoría de la evolución de las especies da la sensación que, como la vida no es más que el mayor cúmulo de casualidades habidas —que, se supone, han sido propiciadas por una especie de “inteligencia” natural, un dios sin nombre—, la muerte no es más que la tirada en la que pierdes; el momento en el que se te acaba la suerte, no enlazas con la siguiente casualidad, y te desvaneces. Después no hay nada, llevaría a pensar. Pero, ¿qué es “nada”? Y el darwinista empedernido no dudaría: «lo mismo que antes de nacer». Yo siempre me extrañé ante la intuición de que antes de nacer no debe haber nada, pues no recordamos nada. Normal: las estanterías de la memoria están en el cerebro, y éste brota con el cuerpo, a partir de la primera célula. Al igual que no se puede pedir que el corazón haya latido antes de nacer, tampoco el cerebro. ¿No?

El hombre prehistórico no debía ser tan tonto como nos los imaginamos. Sí, cazaba con palos y piedras. Pero hemos descubierto, no sólo pinturas y construcciones complejas, sino cementerios. Y esto —joder— ya indica que no sólo buscaban lo práctico, organización del espacio o la higiene, sino que creían en el más allá. O váyase usted a saber en qué. El caso es que ya se abstraían; ya pensaban que tras la muerte debía haber otra cosa distinta a la vida, pero no tanto como “nada”. Lo mismo debían pensar en la antigua civilización egipcia, ya que se enterraban en pirámides y tumbas blindadas —los que podían— con riquezas y esclavos para el “más allá”. ¿Qué se llevaría usted a una isla desierta? Pues eso.

Otros piensan —religiones monoteístas, entre otros— que van al cielo. Es curioso, porque desde la Tierra se ve el cielo azul, y el agua evaporada forma nubes en un determinado estrato, y es así como nos lo imaginamos. Pero es que eso es una gran casualidad: desde ningún otro planeta o satélite —no digamos ya desde una estrella— se ve de esa manera. En una ocasión, intrigado sobre ello y con curiosidad acerca de lo que otros debían pensar, le pregunté a una querida creyente: «¿Tú crees que vamos al cielo?». «Sí», me respondió sin vacilar un solo instante. «¿Y cómo crees que es?». Ella pensó un poco, pero respondió sin perder la frescura: «No lo sé exactamente, pero sé que, al morir, iremos allí». «¿Cómo puedes creer que cuando mueras irás a un lugar que no sabes cómo es; a un estadio que no imaginas de ninguna manera; a algo de lo que sólo sabes cómo llamar? ¿Cuál es la diferencia entre eso y nada?». Se encogió de hombros y respondió, tras un silencio reflexivo, al más puro estilo gaditano: «¿Has visto?».

Luego dicen que ser agnóstico, que siempre me ha parecido lo más natural para el ser humano —no sé que hay encima ni detrás de nosotros, luego dudo; y si alquilo algún fleco de alguna creencia prefijada lo hago con tiento—, es lo fácil. ¿No es dudar tan difícil; no exige un continuo esfuerzo tal, que al final acabamos bebiendo lo que nos sirven como quién apuesta todo a una carta? Mi postura, en lo que se refiere al “más allá” de la muerte, es clara y espero que atraiga muchos adeptos: «no tengo ni idea». Y, como sea, nos llevaremos nuestras dudas a la tumba. En todo caso, si estamos convencidos de que vamos a ir al cielo, pero no sabemos qué es eso, ¿no es lo mismo que no saberlo?