El pasado fin de semana cien kilos de explosivos fueron detonados frente a la casa cuartel de la Guardia Civil ubicada en el vizcaíno pueblo de Durango. La intención era clara: causar una masacre. Inevitablemente nos recuerda a aquel trágico once de diciembre de mil novecientos ochenta y siete en el que ETA asesinó cobardemente a once personas al atentar contra la casa cuartel de Zaragoza. Por fortuna, en está ocasión, no han conseguido su propósito, pero sí herir levemente a dos miembros del citado cuerpo policial, destrozar coches, cristales y nervios de los vecinos.

Cien kilos de explosivos tienen una capacidad destructiva que, de no haber absorbido la onda expansiva unos vehículos blindados estacionados en la puerta de las viviendas, quién sabe lo que hubiera sucedido. Antes dije que habían fallado en su macabra empresa. Tal vez no del todo: han aterrorizado a la población y demostrado su fuerza. Su fin principal, como sabe todo el mundo salvo quien está interesado en permanecer ignorante, es la perpetuación de un modus vivendi basado en la extorsión y un bonito entramado empresarial subvencionado por el Gobierno Vasco. A esto ayuda sobremanera volar dependencias policiales.

El Gobierno de la nación responde balbuceando con contundencia. Zapatero actuó a la velocidad del tocino y dijo que el destino de ETA era “el fin de la violencia”. Las cárceles deben estar muy llenas por lo visto.

Ante el terrorismo es necesaria una constante y firme lucha policial. El diálogo es absurdo con quien sólo busca poder seguir matando para llenarse los bolsillos con euros procedentes de empresarios vascos y arcas municipales. Seguro que la segunda afirmación les parece absurda, surrealista e increíble. Y lo es, pero absolutamente cierta. Son incontables los barnetegis, euskaltegis, comparsas y otras iniciativas que presuntamente tienen el objeto de enseñar euskera –las dos primeras- o de alegrar las fiestas –la última- que son subvencionadas con dinero público. Éste, finalmente se destina a material didáctico, chistus, boinas y explosivos.

El atentado del viernes puede describirse con muchas palabras, ninguna apropiada para un artículo de opinión pero el hecho de que el Ejecutivo español tenga conocimiento de los hechos anteriormente citados y la ley no haya hecho nada al respecto es indescriptible. Podría decirse que, al no actuar contra quienes nutren a los terroristas para que puedan seguir asesinando, les dan licencia para matar.