El otro día me embarqué en un viaje a la infancia. Admito que es raro que suceda, pero van ya unas cuantas veces, y temo que se esté convirtiendo en algo tan natural como cotidiano. Sé —de eso no cabe duda— que tiene que ver con el estado anímico. Algún tipo de añoranza, de ganas de comerse el mundo con medios no disponibles. Algo vaporoso, nebuloso, difícil de distinguir pese a estar al alcance de la mano. Con el tiempo, si tengo fortuna, irá perfilándose en la calima que lo enmascara, pero hay que asumirlo: las cosas del interior son así.
El hecho es que de cuando en cuando sucede, por el motivo que sea. Entro en mi habitación, y, al fondo, ante la estantería, se abre una puerta. Al principio está sobre una balda, junto a mi colección de novelas de Pérez-Reverte. Poco a poco va saliendo a mi paso, abriendo sus fauces. Es una de esas entradas a otras dimensiones que te echan el lazo y te arrastran hacia su interior. Un lazo invisible, ya saben, una atracción tentadora, pero que deja la última decisión —entrar o no entrar— en tus manos.
La primera vez no sabes que hay más allá de ese umbral espacio-temporal. Apenas se intuye el contenido tras las metafóricas figuras que lo enmarcan. Las siguientes veces intuyes algo, pero las sorpresas superan lo predecible. Conozco gente que ha vivido la misma experiencia, pero que no ha dado el paso. Personas que no se han internado en esa dimensión aduciendo pereza, o falta de tiempo. Yo, pese a todo, sigo pensando que es miedo.
Demasiado embelesado como para guiarme por la dejadez o por el miedo, di el paso, y me interné por la brumosa entrada. Viví un viaje algodonado, un crucero por sueños del pasado y por antiguas ilusiones. Era, en realidad, un paseo por la dimensión de los niños; por mi propia infancia.
Siempre tuve miedo de perder la imaginación —vivía dicho paseo en tercera persona, como espectador invitado a una función protagonizada por mí mismo—. Era algo de lo que tiraba mucho en mi infancia. Cuando leía —he de confesar que me sigue pasando—, muchas veces no me enteraba porque establecía una historia paralela con elementos que me iba sugiriendo el texto, y su narración inconsciente tapaba las letras del libro hasta que volvía del ensimismamiento. Entonces sonreía, y tenía que releer la última hoja. Es el niño el que con dos objetos cualesquiera inventa una historia, o un juego. Desde una emboscada de indios a la columna de caravanas colonas, hasta un abordaje pirata, pasando por grutas y por bosques, entre magos y espadachines.
En esa travesía dimensional, al abrigo de la puerta que se abría al fondo de mi habitación, continuaba el viaje. Una aventura en la que volvía a la infancia, pero sin dejar de ser consciente de ello. Viéndolo desde fuera, pero sintiéndolo desde dentro.
Miras al adulto con aire misterioso, preguntándote cómo es posible que se dedique a cosas tan aburridas, tan superficiales, como el golf o la moda, y sobreviva. Cómo es posible que no se fijen en las cosas realmente importantes: en los mares, en las plantas, en los animales, en las estrellas. Los adultos hablan sobre relaciones, —tal o cual conocido hizo no sé qué, o el otro día vi a no sé quién, famoso él— pero no sobre el fondo: la amistad, la añoranza o el odio.
El adulto —contemplé desde el aire, dejando al reflejo de mi infancia reflexionar sin interrumpirle— no ve más allá. Con un catalejo entre las manos, sólo ve latón, un tubo inservible, y no puede evitar tasar su precio y despreciarlo por baratija. Nunca mira a través de él. Así nunca verá un velamen en el horizonte, nunca una bandera negra con sables, huesos o calaveras.
Mis particulares viajes a la infancia me hacen replantearme la forma en la que veo las cosas. Avivo mi deseo de no perder la mirada inocente, de no ahorrarme una aventura o una emboscada por un apretón de agenda. Por eso, cada vez que temo caer en la aburrida rutina, en la ciénaga del adulto sin ilusión, en la ilusión adulterada, no dudo en meterme en esa puerta especial que a veces se abre al fondo de mi habitación, ante la estantería.
El viaje no tiene un tiempo fijo, ni un recorrido. Puede llevar horas, o segundos. Al final sales, dispuesto a volver al mundo real, y entornas con sigilo la última puerta, la tapa trasera de ese libro. Despacio, sin hacer ruido, te quedas pensativo en el umbral, por unos momentos que parecen alargarse una eternidad. Pasas las manos por las cubiertas, duras, azules, de textura cuidada. Vuelves a mirar la portada, esa puerta de entrada que antes salía a mi paso desde la estantería, y se abría. Hay una ilustración en el centro, hecha con la ilusión de un niño. El dibujo es un chaval delgado que sonríe, rubio, feliz, despreocupado. Probablemente imaginando algo fuera de nuestro alcance. Sobre él, latía una inscripción grabada: «Antoine de Saint-Exupéry. El Principito».
Curioso nombre para un viaje, me dije.

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