El País Vasco bulle de alegría y cachondo alborozo. Son fiestas en Bilbao y las han sido o serán en muchos pueblos vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos. Todo se desarrolla con normalidad: los adolescentes se emborrachan, los conductores circulan ebrios a gran velocidad por las calles de la villa y las aceras huelen a orina, en el mejor de los casos. Como pueden ver, igual que en cualquier parte de España.
Existe, sin embargo, una amenaza que se cierne sobre tan gozoso ambiente. Los borricos efervescentes a sueldo de ETA, llámenlos kale borroka si les place, están sumamente ofendidos por la posibilidad de que se ice la bandera española durante las susodichas fiestas. “Advierten” que de ser así la van montar gorda y ante esto, como es costumbre, las reacciones son de lo más descafeinado. Frente a una amenaza terrorista que, entre otras cosas, pone en riesgo de ser churruscados a fuego lento tanto a agentes de la ley como a ciudadanos y autobuses, no se detiene a los emisores de la noticia –los ex-batasúnicos- ni se cancelan las fiestas. Esto último les jorobaría una barbaridad pues la dinámica etarra es la siguiente: pedradas, cócteles molotov, rijostrios varios, autobús en llamas y chiquiteo en el Casco Viejo. Sí, después de sus actos de terrorismo se toman unos vinos en Las Siete Calles. Nada de huir y esconderse en el monte, para qué, nadie les va a perseguir...
Es posible que alguien albergue aún dudas sobre si estos jóvenes “bom scouts” son o no terroristas. Así se ha manifestado en múltiples ocasiones desde el PNV y otros grupos partidarios del escupitajo en el ojo ajeno como cura para el estrés. Para salir de dudas no hay más que analizar detenidamente el suceso acaecido este día dieciocho en la carretera guipuzcoana GI-638. Unos muchachos muy alegres y festivos lanzaron cócteles molotov —por fortuna sin éxito— sobre una patrulla de la Ertzaintza. Lo hicieron cuando ésta circulaba a la altura de un paso elevado, circunstancia que aprovecharon para tender su cobarde y siniestra emboscada. Es más que probable que en los días previos al ataque hubieran estudiado la frecuencia con la que las patrullas aparecían por el lugar. Esta premeditación, así como la divertida idea de calcinar a dos personas dentro de un coche, van más allá de las “chiquilladas”, como alguna vez se ha denominado a estos actos, en este caso de intento de asesinato.
Pero la juerga sigue, el alcohol irrumpe en el torrente sanguíneo de miles de jóvenes y los fuegos artificiales asustan a mi perro. Cancelar las fiestas, aumentar la presencia policial, detener a quienes amenazan a troche y moche para luego cumplir su palabra... ¿para qué? El transcurso de la vida cotidiana no se paraliza ni siquiera cuando alguien cae frente a las balas o explosivos terroristas, ya estamos acostumbrados, como para hacerlo por semejantes nimieces.
En fin, disfrutemos del txakolí y del talo con txorizo...¡¡¡VIVAN LAS FIESTAS!!!

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