« Soy una disidente del Islam ». Con estas palabras Ayaan Hirsi Ali, la diputada somalí que vive bajo el jugo de una condena a muerte fundamentalista, por su lucha a favor de los derechos humanos, encabeza su último grito a Occidente. Compañera del cineasta asesinado Theo Van Gogh, con quien trabajó codo a codo para denunciar la opresión de la mujer en el Islam, su vida está sometida a la presión de una amenaza que la condena por ser mujer, por ser musulmana y por ser libre. Empiezo esta reflexión citando a Ayaan Hirsi Ali porqué su lucha y su tragedia, pero también su soledad, son un fino termómetro de la enfermedad que hoy recorre nuestro cuerpo social. Metáfora de la resistencia en tiempos oscuros, disidente en periodo de pensamiento único, y sobretodo testimonio, Ayaan sostiene dos luchas paralelas: contra el totalitarismo de base islámica, y contra la cultura del “apaciguamiento”, en pleno síndrome Chamberlain, que recorre Europa. De sus palabras extraigo esta reflexión que hizo en el acto de entrega del premio a la Tolerancia de la Comunidad de Madrid: "Cuando asesinaron a Theo, algunas personas en Holanda reaccionaron diciendo que si no hubiera insultado al Islam no hubiera sido asesinado. Ello pone en evidencia el estado de confusión en el que se encuentran los relativistas de la moral”. Relativismo moral, o, lo que es lo mismo, una enorme confusión de valores que hace pendular a Europa, entre el paternalismo acrítico, el miedo servil y la dejación de responsabilidades. Muchos son los síntomas de alarma y algunos se concentran, no en la amenaza visible del terrorismo o en su no menos aterradora ideología, sino en la incapacidad de nuestros agentes sociales por mantener sólidos los principios de la libertad. Hoy, en el mundo libre, hay miedo, pero como éste es un estado de ánimo que no nos podemos reconocer, camuflamos el miedo en alianza de civilizaciones, en paternalismo tercermundista, en cultura de la tolerancia o, directamente, en aceptación del chantaje. Algunas de las derivadas más lamentables del conflicto de las caricaturas danesas de Mahoma resumirían a la perfección lo que estoy denunciando.
Vayamos por partes. El corolario fundacional de Med Bridge, la organización que tiene la amabilidad de acogernos en estas interesantes conferencias, es muy claro. Quisiera recordarlo por su valor simbólico. Dicen los fundadores de Med Bridge Strategic Center: “Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores, y debe asumir las responsabilidades legadas por su historia.” Hablan de Oriente Medio, de un futuro europeo ligado a la paz en la región, del papel que debemos asumir. Pero, en su declaración de intenciones, están hablando del futuro global de nuestra sociedad y nuestra libertad. Ciertamente, Europa no es ella misma si no es fiel a sus valores. Pero como la historia reciente de Europa está repleta de profundas traiciones a esos valores y a sí misma, habrá que activar todos los mecanismos de alerta. Hoy vivimos un nuevo período de amenaza totalitaria, heredero natural de los grandes totalitarismos que destruyeron el siglo XX y, aunque son distintas las circunstancias y la propia naturaleza del fenómeno, los retos que plantea son parecidos. El integrismo fundamentalista no es una religión, pero usa perversamente la mística religiosa. No es una cultura, pero bebe de las fuentes de una cultura global. No es una causa nacional, pero utiliza todas aquellas causas nacionales que pueblan el planeta islámico. Además, es ferozmente antimoderno, pero usa sin complejos la tecnología más avanzada. Como dije en su momento, a raíz del terrible atentado del 11-M en Madrid, “nos matan con móviles vía satélite conectados con la Edad Media”. Y aunque su coartada es religiosa, resulta ser, como todo totalitarismo, amante de la muerte. Extraña contradicción: ¡la defensa del nihilismo en nombre de Dios!. Más allá de causas coyunturales, con sus motivos y sus derechos, existe una ideología supranacional que ha declarado la guerra a la Modernidad. Es decir, a los principios democráticos que la rigen. En cierto sentido, condenando a muerte a los Salman Rushdie de nuestros tiempos, el integrismo islámico está intentando degollar al propio Voltaire
Es una ideología totalitaria, pero usa las miserias y las grandezas de nuestras democracias para combatirnos, y ahí empieza el enorme reto que tenemos planteado. “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”, aseguró no hace demasiado tiempo el jeque Omar Bin Bakri, y no lo hizo desde una madraza coránica en Karachi o en el Sudán. Lo hizo desde su condición de ciudadano británico, perfectamente asentado en los privilegios que le otorgaba dicha ciudadanía. Ante este doble reto, ideológico y violento, que ya ha matado a miles de personas y ha fanatizado a millones, cabe preguntarse cómo conseguiremos mantener los principios democráticos y, a la vez, combatir con toda la dureza al terrorismo. Difícil equilibrio cuyos límites son imprecisos y probablemente flexibles. ¿Estamos haciendo lo correcto? Más aún, ¿estamos haciendo lo necesario? O, como ocurrió ante el nazismo y también ante el estalinismo, ¿sacamos a pasear nuestro paraguas de apaciguamiento, vamos a saludar al totalitario de turno, y dormimos la siesta de los justos? Lo dije al inicio de este texto, y a ello me remito: me temo que el fantasma de Chamberlain ha vuelto de paseo
Empezaré por lo más fácil, aunque resulta bastante complejo: el terreno de la seguridad. Sin duda la democracia no puede traicionar sus principios fundamentales, sin traicionarse a sí misma, pero puede activar todos sus mecanismos legales para luchar, desde la legalidad, contra una amenaza violenta. En este sentido, creo que es necesario revisar las leyes, los códigos penales y toda la red legal que nos ampara, para descubrir qué resquicios, qué fisuras utiliza el terrorismo para colarse. No todo puede ampararse en el paraguas de la libertad individual, religiosa o asociativa, y el ejemplo más claro lo dio Francia expulsando a imanes integristas, o el propio Tony Blair alentando una ley que persigue la apología del integrismo en las mezquitas. A diferencia de estos dos países, el ministro español de interior dio evidentes muestras de no entender nada cuando aseguró, en pleno debate de la ley Blair, que “en España hay libertad de culto”. La hay, y la democracia ampara ese derecho fundamental. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la religión, con la llegada masiva de imanes wahabies, profusamente pagados por Arabia Saudí, que inundan las mezquitas europeas de discursos antioccidentales y antidemocráticos, en un planificado proceso de colonización ideológica?; ¿qué tiene que ver la trascendencia espiritual de cada religión, con los ulemas que alientan el ritual del martirio y enseñan a amar a Dios odiando a los demás?; y, ¿qué tiene que ver la religión con el desprecio a las mujeres, su segregación y su esclavitud? Una mezquita donde se reza a Alá, es un lugar de culto. Una mezquita donde, en nombre de Dios, se alaba a la muerte, es una fábrica de intolerancia, fundamentalismo y, en su última consecuencia, terrorismo. Por lo mismo, un imán es un ser espiritual. Pero un imán que usa su privilegiada condición espiritual para alentar la violencia, es un delincuente. Si la democracia quiere mantener los principios de la libertad, no puede caer en el liberalismo amoral, sino que tiene que tomar partido en contra de los enemigos de dicha libertad. Porque un ciudadano musulmán de nuestros países es una pieza fundamental de la condición multicultural de una sociedad libre. Pero un fanático integrista es, claramente, un enemigo. Las sociedades democráticas tienen que tener claro un principio fundamental de la democracia: que, a pesar de nuestra entrañable cultura de mayo del 68, el verbo prohibir es una garantía. O adecuamos nuestras libertades a los límites que las garantizan o, como dice el imán Bakri, las pueden utilizar para destruirnos
¿Qué propongo? Aquello que parece evidente y que, en poca o mucha medida, empieza a hacerse en Europa: la consideración de terroristas para los ideólogos del terror y, en consecuencia, su persecución legal. Es tan importante para garantizar la seguridad democrática cazar las células suicidas como desmontar las redes intelectuales y culturales del integrismo. Redes que a menudo se alimentan de nuestras ayudas sociales, se transmutan en ongs solidarias, se organizan en asociaciones culturales y religiosas e incluso consiguen ser los interlocutores de nuestros propios gobiernos. ¿Hemos investigado, mínimamente, a las ongs islámicas que pueblan nuestras redes internáuticas? ¿Conocemos sus discursos antioccidentales y furibundamente antisemitas? Resulta evidente que la lucha contra el terrorismo no puede ni debe producirse destruyendo las libertades individuales. Pero resulta evidente, también, que nuestros sistemas legales contienen márgenes de actuación que aún no hemos explotado seriamente. Y no me refiero a actuaciones vergonzantes que recorten, innecesariamente, las libertades individuales. Pero, entre un Guántamo y el liberalismo más extremo, hay un campo de actuación amplio, sensato y racional. Ese campo, en muchos países europeos, aún está inexplorado. Policialmente hemos empezado a hacer los deberes. Políticamente, socialmente e intelectualmente, estamos lejos de asumir de forma prioritaria nuestra responsabilidad. Al contrario. Hoy por hoy, muchas de las políticas, de las declaraciones, de las corrientes de opinión, son, de forma inconsciente o consciente, activos aliados de la locura integrista. La famosa y mítica frase de Martin Luther King, “lo que me preocupa no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos”, está más vigente que nunca.
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Texto pronunciado en la conferencia “Le terrorisme. Camus et la conscience”
miércoles, 8 mar 2006 a las 16:42
Pilar Rahola
La Columna de Pilar Rahola
LA DEMOCRACIA HERIDA (I)
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