A menudo trato de contribuir a la educación de mis hermanos menores de una forma —sorprendentemente— inusual. No me encargo de que estudien, de que pasen horas a la luz del flexo a regañadientes y hagan esquemas hasta la saciedad sin saber lo que quieren decir. De eso se encargan otros. La mía es una aportación soterrada, encubierta. Trato de sonsacarles el interés por el tema, ya sea con curiosidades, enigmas o con debates. A menudo trato de tumbar algún tópico, suscitando la duda y la reflexión. Comprobado queda: funciona; y reconforta saber que, después, tratan de ampliar el saber, e incluso de exponerme las meditaciones que han llevado a cabo.

En esas estaba cuando abrí el libro de economía con el que mi hermano, aún aspirante a bachiller, trataba de sacarse la asignatura en septiembre. Fui a caer en las páginas finales de algún tema, en un extraño apartado que simulaba la sección de opinión de un periódico, en el que se exponían tres textos sobre las ventajas e inconvenientes del mercado, e instaba al debate en clase.

Leí un fragmento, extraído de “Mundo rico, mundo pobre”, obra de Luis de Sebastián, y comprobé hasta qué punto el pensamiento “políticamente correcto”, antiliberal y amigo de la intervención estatal, había llegado ya a los libros de texto de los más jóvenes: «Esperar del mercado comportamientos solidarios [...] es pedir peras al olmo», y a continuación, como era de esperar, reclamaba la irrupción política: «La solidaridad implica frecuentemente hacer correcciones a los efectos de un mercado que no conduce al bien de la sociedad en su conjunto». Así, iba enlazando los tópicos uno detrás de otro, sin tregua, sin profundizar en ninguno, sin dar un respiro al lector ante la indigestión bienpensante a la que se somete. A su término miré la portada del libro, incrédulo, como para comprobar si realmente lo que tenía entre manos era el libro de economía, o un viejo ejemplar de “El País”.

Mi hermano, sentado cerca, me sorprendió leyéndolo en voz alta y no pudo reprimir preguntar acerca del texto. Supongo que fue la expresión de mi cara lo que le indujo a ello.

—Las que, en todo caso, pueden ser solidarias son las personas, el mercado no es más que la forma en la que interactúan—dije, tratando de ser claro—. La solidaridad debe ser, ante todo, voluntaria. Una decisión libre.

Sabía que en ese momento iba a sacar la batería de preguntas para tratar de averiguar mi opinión sobre el fondo del asunto, pero preferí levantarme, y dejarle en la habitación con la reflexión, habiendo puesto en cuestión el fondo de una enseñanza impartida en el colegio. Sólo frente a sus dudas. Y al entornar la puerta vi —puedo asegurar que jamás vi tal cosa— que mi hermano abría el libro y se ponía a buscar información. ¡Milagro!, pensé.

Seguí a mis cosas, pero no logré sacarme de la cabeza, como si fuera una de esas canciones que se te pegan y que revolotean sobre tu cabeza como un moscón  inahuyentable, la reflexión infundada. ¿Habrá alguien que crea que la solidaridad es la presión fiscal, la redistribución de la riqueza, por supuesto, bajo obligación? ¿Qué puede quedar de la solidaridad si no hay decisión en libertad?

Al cabo, volvió a asaltarme —poco ha tardado, me dije—, y me expuso una sorprendente concusión: —¿Por qué se inventan fallos del mercado?

—Hay muchos votos en juego, —espeté—.
—¿Los socialistas?
—Como diría Hayek, los socialistas de todos los partidos.

Así, la conversación llegó a ser más larga, más distendida, y levemente más profunda. Cabe destacar dos cosas de aquello. La primera es constatar que hasta los libros de texto del colegio llegan los bombardeos al mercado, que no es otra cosa que el intercambio libre. Sin trabas, sin intervenciones. Intercambios —esto es lo fundamental— voluntarios, en los que, por lo tanto, las dos partes ganan. Si no, no quepa duda —por mucho que el pensamiento antiliberal se expanda en demanda de mayores “correcciones”, que no es sino el aumento del gasto público, y, por lo tanto, de la recaudación— que no se produciría. Excepto, claro, si se recorta la libertad.

Por otro lado, me llenó de satisfacción saber que mi hermano logró, ya en agosto y con una sola bala en la recámara —convocatoria extraordinaria, la llaman—, interesarse un poco por su asignatura suspensa gracias a una broma. Educar con la duda no es otra cosa que incentivar el interés, tratar de hacer ver que hay un debate, un atractivo en el revés de las materias que se estudian.

Al fin y al cabo —pensé—el ser humano no deja de ser un eterno debate. Una duda transitoria.