Los primeros rayos de sol se colaban por la rejilla de mi tienda de campaña, como si llamaran con aldabazos a la lona —toc, toc—, con la noticia de que no habría café y periódico esa mañana. Di unos pocos pasos por aquel prado alfombrado de agujas de pino, y, como un recién nacido, tomé aire con fuerza. Era un aire fresco, virgen, impregnado del aroma que la brisa robaba a los pinos. No era exactamente un chicle de menta, o ese “Eau de fumée” que despiden los tubos de escape recogidos en frascos de artificio. Era algo más profundo, más liviano, casi imperceptible si vas con prisa; un baño de pureza que tan solo te mecía si parabas a pensar. ‘Esencia Soriana’, pensé, mientras veía cómo la Sierra de Urbión despuntaba al noroeste, impasible.
Días antes, en Madrid, escarbaba en uno de mis más mohosos cajones, en busca de un recuerdo, o una nostalgia. Y di con uno. No era más que un papel amarillento, con unas líneas torpemente escritas y unas notas musicales asignadas, dispuesto para tocar con guitarra en algún lugar insonorizado, o por alguien valiente o desvergonzado. En aquella época musical por la que todos pasamos, y que ya hace unos años abandoné, osé componer dos malas canciones. Y ahí estaban. Versaban sobre mis más de nueve años acampando por los pinares de Vinuesa y los valles de Urbión. Era una hoja escrita bajo las copas de los árboles, de trazo desgarrador, que encerraba sentimientos de difícil explicación. Vínculos salvajes, amistades eternas y soledades heladas. Al reverso, había unos versos, inéditos, que por siempre lo serán. En ese momento tomé la determinación de tomar la tienda de campaña, llenar la cantimplora, hacer un par de llamadas, y plantarla, esa misma tarde, entre cuatro inmutables troncos como quien clava una bandera cuando toma una cima.
Aquella mañana, tras oxigenarme, regresé a la Laguna Negra. Dios sabe cuántas veces habré estado ahí. Es uno de esos lugares que creo mágicos, donde emanan muchas de las ideas que he tenido, donde he saldado muchas decisiones. Al subir la escalera natural, a los pies de la Laguna, las retinas capturan fotogramas vertiginosos que, al ritmo que sigues subiendo, van abriéndote la boca, presa del pasmo. El pequeño lago, insondable según la leyenda, reposa en un inmenso cráter natural, parapetado por gigantescas paredes de piedra talladas por siglos de agua, viento y hielo; donde pugnan pinos, hayas, robles, abedules y álamos por su hueco en el abrumador manto verde que lo abriga. Es un lugar que siempre pone en duda mi agnosticismo, que hace difícil pensar que aquello no fue cincelado para nuestro disfrute, o para exhibir la estupidez humana. Nuestra insignificancia, plasmada ante nuestros propios ojos.
Comencé a subir por unas rocas hacia una cascada que crepitaba incrustada en el interminable muro. Éstas parecían colocadas como migajas que, según vas siguiendo, van abriendo camino como una lengua cambiante. Parecían los frutos de un desprendimiento que nunca se produjo, una alfombra roja peligrosa, afilada, por la que había que escalar y resbalar, que nunca revelaba el siguiente paso hasta ya superado el anterior, y que ocultaba si el camino llegaría a la cascada, o si tendría retorno. Superé, entrecruzándome con el arroyo que continuaba la senda de la cascada, una escalinata laminada, inclinada, por la que el agua bajaba en finos chorros lacrimales, como modelo natural de lo que sultanes y califas trataban de imitar en las fuentes de sus palacios.
Subí a pulso el último escalón, de más de un metro de alto, y tras rodear un árbol cuyas raíces salían de la propia roca, la vi. A unos cuatro o cinco metros de alto, de las entrañas de la tierra, brotaba la cascada; un chorro con furia, que caía en incesante golpe seco en una vegetada poza. Me acerqué, pisando sobre las piedras que sobresalían del arroyo, hasta quedarme bajo ella. Haciendo un cuenco con las manos, tomé agua que caía, y di dos helados sorbos. Como ensimismado, con el agua empapándome sin tregua, sentí bajar por la garganta aquel elixir de sabor indescriptible. Entonces me di la vuelta y vi, como en una fotografía idílica, un paisaje de violentas sensaciones. La Laguna Negra rodeada por árboles que parecían trepar por los muros, minuciosamente tallada en las faldas de Urbión por los maestros artesanos de la Naturaleza, alzado sobre mi, haciéndome pequeño. Se me vinieron a la mente aquellos versos de Machado, que ya la había admirado: “Agua transparente y muda / que enorme muro de piedra, donde los buitres anidan / y el eco duerme, rodea; / agua pura y silenciosa / que copias cosas eternas; / agua impasible que guarda en su seno las estrellas”
Entonces, como embriagado por una dulce y profunda paz, vi vengados todos los humos, las apretadas agendas, y los atascos de la vida urbana. Maldita sea, que si patriotismo es defender esta tierra —pensé—, ya sea del invasor, o del que quiera mancharla con sus latas y sus bolsas de plástico, firmo donde sea, y me pongo a hacer guardia con mi tienda, mi linterna y mi cantimplora bajo el manto de estrellas, que, cada noche, se reúne para alumbrar la Laguna Negra.

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