Por qué no acepto ni la teoría sobre el cambio climático ni la reacción que ha provocado

Suelen decir los defensores de la teoría del cambio climático con origen en las actividades humanas que "los científicos" la apoyan y hasta que ya la han confirmado. ¿"Los científicos"? No es cierto. Hay muchos científicos que rebaten la hipótesis de que el CO2 de origen humano esté causando el cambio climático. Suelen decir los combativos defensores que cómo un simple y modesto tipo de letras como yo va a rebatir las complejas investigaciones que, según ellos, confirmarían la teoría. Es vedad que no puedo, en modo alguno, discutir en el terreno de la química y las matemáticas. Pero "la ciencia" no es, ni mucho menos, el único terreno donde se juega este partido y, además, el hecho de no haberme especializado en el mundo de los números no suspende mis capacidades intelectivas, que yo sepa: tengo mi propio criterio para elegir entre lo que dicen unos y dicen otros y, naturalmente, tengo criterio para valorar las motivaciones de unos y otros.

Desde luego, no creo que exista ninguna obligación de aceptar una hipótesis cuyos fundamentos distan de estar claros y que, en mi opinión, atenta violentamente contra el sentido común, por el mero hecho de que se haya desatado una especie de delirio colectivo entorno a ella. Esta polémica hace mucho tiempo que ha dejado de ser exclusivamente de naturaleza científica. Lo ideológico, lo moral y hasta lo emotivo ha contaminado totalmente la cuestión. A mí no me dice nada el número de organismos, ong's, científicos, políticos, actores, presentadores de televisión, estrellas del rock, futbolísticas, gente respetable algunos y caraduras de toda índole otros, que defienden una hipótesis. Sí, en cambio, le doy gran importancia a cómo esta hipótesis es defendida.

Por el momento lo único que tienen los defensores de la hipótesis del cambio climático por acción humana es que parece haber algún tipo de relación entre el CO2 y la variabilidad térmica en el clima del planeta. Por el momento no han dado ninguna explicación ni remotamente definitiva respecto a qué tipo de vínculo une ambos fenómenos. Lo que, en cambio, cualquier persona puede comprobar es que la incidencia de las actividades humanas en el aumento de los gases de efecto invernadero es ridículamente pequeña; que el principal gas de invernadero producido por el hombre, el famoso CO2, es un componente muy menor del con junto de gases que contribuyen al que la Tierra disponga de ese efecto -imprescindible para la vida-; que del CO2 existente en la atmósfera, el producido por el hombre es igualmente una parte muy, muy pequeña; que el clima de la Tierra es algo que estamos muy lejos de comprender y aún más lejos de poder manejar; que el clima de la Tierra es, ha sido y será, cambiante; que el clima de la Tierra desde que existe atmósfera ha cambiado brutalmente en muchas ocasiones antes y después de que los hombres hubiéranmos llegado; que, incluso, no existe ninguna coherencia entre los cambios climáticos registrados y la realidad histórica del hombre; que las teorías del cambio climático por efecto de las actividades humanas desprecian olímpicamente factores de importancia trascendental como es el efecto del sol en el clima; que existe una muy sospechosa presión cohercitiva sobre los científicos que no apoyan esta teoría; que existe una enorme presión mediática orientada al lichamiento moral contra cualquier disidente, sea persona, institución o, incluso, país que trasciende lo científico para convertirse en una auténtica persecución ideológica, todo lo cual es contrario a la deontología científica y a los fundamentos democráticos; que existe una obvia estrategia anticapitalista que ha hecho de la teoría del cambio climático por actividades humanas su principal estilete.

Sin embargo, el tema no se agota en la simple comprobación o no de la teoría del cambio climático provocado por el hombre. La polémica continúa más allá, en la actitud que la especie humana debe adoptar ante la realidad, cada día con más visos de ser comprobada científicamente, del cambio climático.

La principal reacción, como todos sabemos, ha sido lo que conocemos como Protocolo de Kioto, una serie de medidas que deberían adoptar todos los países del mundo encaminadas a reducir las emisiones de CO2. Se trata de una agenda extraordinariamente costosa que, de ponerse en marcha, significaría la inversión de una significativa parte del PIB de los países (algunas acciones están siendo llevadas a cabo antes de que se apruebe oficialmente el Protocolo). La pregunta es ¿está justificada la inversión colosal que se plantea en un mundo en el que no hemos resuelto infinidad de problemas como la pobreza, la enfermedad, la alimentación, el agua potable, y, por supuesto, las guerras y la ausencia de democracia, entre otros? ¿Debe ser, en pura lógica, la principal prioridad humana, como se afirma constantemente como un mantra, la detención del cambio climático? Para responder a ello debemos valorar, en primer lugar, qué podemos conseguir invirtiendo en ello varios puntos del PIB mundial. Existe unanimidad en que, todo lo más, esa colosal inversión, serviría para retrasar unos años, muy pocos, el presunto mal que se nos echa encima. Estando eso en un lado de la balanza, en el otro debemos poner todo lo que podríamos conseguir con ese dinero. No cabe duda de que sería mucho menos, muchísimo menos, lo que se necesitaría para acabar con algunas enfermedades que Occidente ha vencido y que todavía causan estragos en los países en desarrollo, por poner un ejemplo. Cualquier otro empeño de esa naturaleza sería siempre significativamente menos costoso que intentar detener el cambio climático, algo que no sabemos si se puede conseguir aunque todos sospechamos que difícilmente es algo que esté en nuestras manos. Casi con toda seguridad, influir en el clima de la Tierra es una aspiración fuera de las posibilidades de los hombres de principios del siglo XXI.

Este segundo debate, tiene, incluso, mayor importancia que el primero. Suele olvidarse, para terminar, que la preocupación ecológica forma parte ya de manera natural de la agenda política de estados, instituciones y empresas. El hombre ya no va a dejar de tomar en consideración el factor ecológico en sus actividades nunca más. Existen ideas preconcebidas al respecto que resultan totalmente coherentes con el ambiente de histeria colectiva que se ha desarrollado en los últimos tiempos. Son las ideas que asientan la imagen de un ser humano patológicamente destructivo con su entorno ecológico, a pesar de las evidencias que señalan muchas mejoras en ese sentido desde el comienzo del capitalismo hasta nuestros días. Son las ideas que asientan la imagen de un ser humano capaz de ir con los ojos cerrados hacia la catástrofe sin modificar su actitud cuando resulta evidente que el ser humano sí ha cambiado su actitud. Son las ideas que asientan la imagen de ser humano que no es consciente de los retos ecológicos cuando todas las evidencias nos muestran a un ser humano no sólo preocupado sino histéricamente preocupado por la cuestión.