Una de las principales causas del anclaje de España en un ciclo político viciado, en el que se evoluciona a trompicones, es una Ley Electoral que de entre todas las posibles, es sin duda la peor. En España, país en el que el juego político se va desacreditando a marchas forzadas mientras se incrementa el número de abstencionistas, se van consolidando las oligarquías gobernantes, que, a su vez, son las interesadas en que el sistema se vicie. Y de ahí, si se evoluciona positivamente no quepa la menor duda de que es por conveniencias electorales puntuales.

En primer lugar, para establecer un marco liberal y dinámico es fundamental la separación de poderes, los que, actualmente, son claramente dependientes. Más adelante trataré el importante asunto de la independencia del Poder Judicial, pero, aunque para la opinión pública aparentemente no sea motivo de discusión, también es importante, por higiene política, una separación entre los órganos Legislativo y Ejecutivo, separando ambas votaciones. Así, por ejemplo, no se utilizarían en cierta medida las leyes como moneda de cambio a grupos minoritarios por aupar al Ejecutivo al poder, creándose un intercambio en el que las leyes de todos se utilizan como medio para fines particulares o sectarios.

Nuestro sistema electoral, como decía, es de los peores posibles. Es un sistema en el que las representaciones no son proporcionales a los votos, sino que fluctúan según la distribución de los votos de cada partido, y que, además, premia a los partidos por concentrarse en territorios concretos. Así, IU, teniendo el doble de votos que partidos como ERC, PNV o CiU, tiene mucha menor representación.

Éste es un sistema que pide a voces la entrada de partidos regionalistas, nacionalistas o independentistas, por ser altamente rentables. Sin embargo, quitando la injusticia de dar mayor o menor valor a los votos según la concentración territorial, podría ser un sistema electoral aceptable si la elección de las presidencias no fuera como lo es actualmente, en la que los que realmente deciden los gobiernos son los partidos minoritarios.

Si ninguno de los partidos mayoritarios logra una mayoría absoluta, cosa lógica en sistemas no bipartidistas, los partidos minoritarios eligen quién gobierna, prestándose a una subasta de principios en la que el que más cede, gana. Es como lo del famoso partido bisagra, pero en lugar de con partidos moderados situados entre los dos mayoritarios, con partidos que son —por premiar la concentración territorial— nacionalistas, independentistas, y antisistema. Es decir, que al final los que realmente eligen, y a menudo gobiernan, son los que quieren llevar a cabo la demolición de la Nación tal y como la conocemos, y que, por esto, los partidos mayoritarios no pueden combatir contra ellos, sino que tienen que estar haciéndoles guiños constantemente.

Además hay que añadir las usuales coaliciones de gobierno creadas para que no gobierne el partido mayoritario, como sucede en la Comunidad Autónoma de Cataluña con el famoso Tripartito. En éstas, tóxicas por naturaleza, cada uno de los partidos integrantes —semejantes de boquilla— violan lo que han votado sus electores creando un programa vacío que nada tiene que ver con sus principios, y que, por supuesto, lleva al estancamiento por estar constituidos con premios para los partidos minoritarios. Los premios de la subasta.

Son muchas las posibilidades a la hora de conformar un sistema que garantice una representación fiel y eficaz a los intereses de los ciudadanos, que son los soberanos. Pueden, incluso, darse mezclas de unos con otros, que pueden irse complementando. Esto tiene que ser motivo de estudio, pero, en mi opinión, los más adecuados como base son los siguientes.

Una opción es que gobierne el partido más votado. Con esto se lograría, en primer lugar, que no gobiernen coaliciones incompatibles por avidez de poder, a menos que se presenten a las elecciones en coalición, con lo que la gente sabría lo que vota. Además, no se darían cambios de discurso constantemente en los partidos mayoritarios, para así lograr la coalición que les permita gobernar, y, lo fundamental, se respetarían los principios de los votantes. Así, por ejemplo, un señor que se considere socialdemócrata no correría el riesgo de ser utilizado para subir con su voto al gobierno a un partido que quiera independizarse o aislarse del resto de la Nación por la rentabilidad que obtendrían sus dirigentes.

Otra opción, que hace poco hemos observado en Francia, es el de la doble vuelta. Con este sistema cada votante elegiría al partido que mejor represente sus ideas, y, después, volverían a elegir entre los dos líderes mayoritarios. Así se conseguiría, en primer lugar, un presidente votado por la mayoría de los ciudadanos —que no es lo mismo que por la mayoría de los escaños—, aunque, como desventajas, se podría dar un cambio de discurso entre la primera votación y la vuelta, pudiendo así traicionar a sus primeros votantes. Además, se podrían dar votaciones viscerales de castigo en la segunda votación. Poniendo la situación de Navarra, por ejemplo, podemos ver que, con sus desventajas, es mejor que el actual: habría que votar entre Miguel Sanz y Patxi Zabaleta. ¿Quién saldría elegido por los ciudadanos? Y, por descontado, no se elegirían líderes de terceras fuerzas que, además, caen en votos.

Pueden darse muchas variantes más, y pueden ser aderezadas con medidas que hagan de éste un sistema más eficaz y justo, en el que poder empezar a construir positivamente, a progresar —no confundir progreso con el progresismo actual, el de la Memoria Histórica, que es progreso involucionista—. Pero lo fundamental es crear la conciencia ciudadana de que este modelo produce estancamiento y crisis, lleva a las oligarquías a gobernar al margen de los ciudadanos, y fomentan la aparición de partidos antisistema que buscan su independencia disfrutando de un peso desorbitado comparado con sus escasas cuotas de voto.

Hay que estudiar en profundidad cada una de las variantes, sus ventajas e inconvenientes, y escoger la que sea más fiel a las ideas de los ciudadanos, y que presente mayor dinamismo y eficacia. Es necesario plantearse la posibilidad de escoger a nuestros representantes libremente, sin listas cerradas que impongan candidatos que de ninguna forma saldrían elegidos. De momento, lo más importante es activar la participación de los ciudadanos, de tal forma que se evite el estancamiento de las aguas del poder oligárquico, y que ponga en marcha un proceso de reformas necesarias hacia un sistema auténticamente liberal.

 

(Éste pretende ser el primero de una serie de artículos sobre reformas necesarias que iré intercalando con los de análisis de la actualidad, tratando de despertar la conciencia ciudadana de forma que se avance hacia la libertad sin complejos, pujando por un necesario progreso hacia un sistema auténticamente liberal del que los políticos, a la hora de la verdad, son enemigos.)