En la tierra antigua de Mesopotamia, entre los cauces generosos de los padres Éufrates y Tigris, donde el hombre se hizo agricultor, constructor y escritor por vez primera, abundan las ruinas. Sin embargo, casi no se hacen notar porque generalmente se muestran en medio del paisaje como simples, leves y discretísimos montículos de barro, apenas un accidente en la profundidad del desierto barrido por todos los vientos. Las ruinas poseen nombres poderosos, se llaman Ur, Uruk, Kish, Nippur, Lagash, Mari, Assur, Nínive, Babilonia...en tiempos muy pasados fueron orgullosas y bellas formas urbanas, el Lagash del Patesi Gudea, el digno gobernante, el Ur del gran Ziggurat y de las tumbas reales,
Todo ello no fue gracias a la tierra, sino a pesar suyo. Entre los dos ríos que corren distanciados gran parte de su curso, sólo existía una región de relieve ondulado castigada por un sol inmisericorde. En Mesopotamia llueve muy raramente y cuando lo hace es en forma de tormentas repentinas que convierten el desierto en un yermo de fango, de lagunas estancadas, de ciénagas con cañaverales que de inmediato secan los impetuosos vientos del desierto. En Mesopotamia no existe más material de construcción que la arcilla, tampoco hay metales que utilizar, Sumer y Akkad ofrecían muy poco al hombre, sólo el agua de sus ríos y una tierra fácil de labrar. Pero el hombre la hizo suya antes que ninguna otra, de ahí deviene su atracción y su misteriosa grandeza.
Todos quisieron poseerla, Ciro, Alejandro, Roma, los guerreros mongoles, los orgullosos califas Abbasidas, que terminaron por sentar allí su gran capital a mayor gloria de Alá, el Clemente, el Misericordoso, luego la desearon los turcos, los británicos y todo aquel que puso una vez su mirada en ella. Así es que nunca reinó la paz sobre el yermo impasible entre los dos ríos. Cuando la pez amarga que afloraba aquí y allá para abastecer candiles y curar escrúfulas se volvió oro negro, otros hombres ansiaron dominarla.
Recuerdos de Irak (AF editores, 2005), Es uno de esos libros que se leen de un tirón, escrito por mi buen amigo, el comandante de
Lo cierto es que he aprendido mucho, desde lo más obvio, lo difícil que resulta vivir en el desierto, hasta las increíbles complejidades de la actual sociedad iraquí, donde se enfrentan permanentemente, etnias y creencias en un contexto sociológico casi medieval. Así por ejemplo, supe por Eduardo que en el desierto Kuwaití hace un calor tan extremo que nunca logras apreciar tu propio sudor, se seca antes sobre tu camisa. Que allí, para evitar la segura deshidratación es bueno tener a mano patatas fritas y plátanos en abundancia o que la ducha diaria sólo se puede tomar al atardecer, de otro modo la temperatura que alcanza el agua en los depósitos expuestos al sol podría ocasionar terribles quemaduras al que lo intentase.
Luego viene aquello de tratar de entender el odio de siglos entre sunnitas y chiítas, separados desde la misma muerte del profeta en el año 632. Precisamente, el destino del comandante Martínez Viqueira fue An Najaf, junto con Kufa la ciudad más santa para los chiítas, muchas veces refugio del siniestro Muqtada Al Sadr y su milicia, la fuerza dominante en el entorno del cementerio sagrado de Wadi As Salam, absolutamente vedado a los occidentales, muy presente también en la ciudad de Kerbala o en el barrio marginal de Bagdad conocido como Sadr City (antes, claro, Sadam City). Siempre oponentes de cuidado con el terror como única ley y divisa.
No descuida Eduardo los recuerdos más sentidos y personales, como el asesinato de los siete agentes del CNI, hombre íntegros y abnegados, perfectamente integrados entre la población, un luctuoso hecho que fue posible, con toda probabilidad, por la flagrante traición de uno de sus propios intérpretes. Pero en el libro de Eduardo caben también muchas otras cosas, hay espacio para el humor, por ejemplo lo difícil que resulta en ocasiones seguir las normas de la hospitalidad iraquí, sobre todo cuando te ves obligado ingerir comida extremadamente picante sin poder probar el agua poco segura que te ofrecen, también para la historia y como no, para la sociología y es que aquella tierra, para una retina atenta e inquieta como la de Eduardo da para mucho. Podría contarles muchas más cosas, pero mejor léanse el libro, eso saldrán ganando. Y si, es de recordar que las discretas ruínas de Mesopotamia son de barro y parecen montículos creados por capricho del viento, se nombran con hermosas palabras, se llaman Ur, Uruk, Kish, Nippur, Lagash, Mari, Assur, Nínive, Babilonia...pronto habrá más, se recordarán con nombres igual de hermosos, se dirá: las ruínas de Bagdag, Kerbala, Nasiriya, Mosul, Basora, Kirkuk, y cumpliendo una vez más lo mil veces escrito, todo lo conquistado será viento del desierto. Ocurre que, como siempre ha hecho, la madre Mesopotamia engullirá a sus poseedores para dejar espacio a los siguientes, su generosidad es finita y contada, también cruel. Al fin, es como si todo estuviese dicho desde el principio, ya lo advertía sabiamente la epopeya de Gilgamesh:
“¿Quien, amigos es superior a la muerte?
Sólo los dioses viven por siempre bajo el sol
Pero los hombres tienen sus días contados
¡Todo lo que conquisten no es sino viento!

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