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Miercoles, 01 Feb 2006 a las 05:52
Inés Maldonado
Libre Albedrío
De la heroica España al verdadero ocaso del Imperio

Entre 1898 y 1899, en Baler, provincia de Nueva Écija, Filipinas, cincuenta y siete españoles resistieron durante 337 días, en condiciones de extrema dureza, el asedio y sitio de su posición por parte de tropas filipinas, en la convicción de que estaban cumpliendo con su deber e ignorando que la guerra había terminado.

La heroica (aunque infructuosa) gesta de Baler fue protagonizada por un grupo de hombres que, aparentemente, poco tenían en común. Sólo aparentemente. En realidad, estaban unidos por una condición esencial que hoy, más de un siglo después, parece haber perdido su significado: eran españoles. Y, desde muchos siglos atrás, los españoles se identificaban con dos cualidades que nadie, ni sus adversarios más encarnizados les negaron nunca: patriotismo y valor. Los cincuenta y siete hombres que protagonizaron la heroica resistencia del Sitio de Baler componían una casi perfecta representación del mapa de España. Había hombres de prácticamente todas las regiones españolas.

Varios murieron durante el asedio, heridos o atacados por las enfermedades derivadas de la desnutrición extrema a la que se vieron sometidos. Los supervivientes, cada vez más debilitados, prácticamente sin víveres, con escasísimas municiones y la esperanza de que, antes o después, llegarían los refuerzos que necesitaban, resistían a pesar de las órdenes que recibieron de abandonar la posición y rendirse al mando filipino. Una serie de circunstancias casuales condujeron al Teniente Martín Cerezo, al mando de la guarnición tras la muerte del Capitán de las Morenas y del Teniente Alonso Zayas, a desconfiar de la autenticidad de los documentos que le fueron entregados, en los que se le comunicaba el final de la guerra, por cesión de la soberanía de las Islas a los EE.UU., y se le ordenaba que depusiera las armas.

Tras casi un año de heroica resistencia, sufriendo la muerte de varios miembros de la guarnición, hambre, escasez y terribles enfermedades, la lectura de una noticia en un periódico que había llegado junto con la orden de rendición provocó que el Teniente Martín Cerezo cayera en la cuenta de que aquella documentación no era falsa y, por fin, se convenció de que, ciertamente, España había cedido la soberanía de las Islas y, por tanto, la guerra había terminado.

El Teniente reunió a la tropa, comunicó a todos la situación y propuso “una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España”.

De esta forma, honorablemente, terminó el sitio de 337 días. Las condiciones de retirada propuestas por el Teniente español a los sitiadores fueron aceptadas. Así, con los Tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones encabezando la formación y enarbolando la bandera española, en disciplinada formación de tres en fondo, los 33 supervivientes de aquel sitio abandonaron la posición, entre un pasillo de soldados filipinos que, admirados e incrédulos, les rendían honores por su valor y coraje.

El Teniente Martín Cerezo recibió del ya presidente filipino Aguinaldo un periódico en el  que se publicaba un decreto que decía:

"Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país".

Lo ocurrido en Baler, como dice el periodista Manuel Leguineche, “para unos, fue una locura, una inútil resistencia, un ejemplo de innecesario heroísmo; para otros, un ejemplo de la capacidad de supervivencia de la raza por una patria, una bandera y el honor”. En cualquier caso, fue un suceso de la historia de España, que muchos creen legendario, encuadrado en lo que fue la pérdida de nuestras últimas territorios de ultramar, Cuba y las Filipinas, en ambos casos en beneficio de los EE.UU. convertidos ya, a la sazón, en la potencia emergente que en pocas décadas se convertiría en hegemónica.

Sin embargo, si bien ese 2 de junio de 1899, España entregaba su última posición en esos territorios de ultramar y, junto con la pérdida de Cuba, se finiquitaba lo que un día fue el Imperio donde no se ponía el sol, esto sólo suponía de algún modo una pérdida material y, en cualquier caso, una enorme pérdida de influencia en el panorama geoestratégico mundial que en esos momentos adoptaba nuevos contornos. Pero el ocaso espiritual de España, la verdadera pérdida, tardaría un siglo en llegar.

Ese siglo ha pasado. Ahora la historia se desdibuja, se esconde, se retoca; incluso, si conviene a determinados intereses, se sustituye descaradamente por mitología de nuevo cuño. Los valores que en su día nos permitieron crear un imperio y, en su momento, perderlo con cierto honor y dignidad, han caducado. Incluso invocarlos, no ya ejercerlos, se ha convertido en políticamente incorrecto, digno incluso de desprecio; en el mejor de los casos, merecedor de una magnánima condescendencia. Las Fuerzas Armadas, defensoras de nuestra integridad territorial, nuestra soberanía y nuestro ordenamiento legal, tienen que disfrazarse de ONG de forma vergonzante para que se les perdone su existencia. Los símbolos de nuestra Nación son vilipendiados, ultrajados o, en el mejor de los casos, escondidos para que no hieran la sensibilidad de algunos. Unos cuantos españoles matan al resto, por serlo, como lo son ellos, mientras otros negocian salvoconductos territoriales y rapiñan vorazmente los recursos de todos. La mayoría, felizmente alimentados, inconscientes de que lo que hoy es pan mañana es hambre, viven en una arcadia imaginaria, que limita al norte con el terror, al sur con el pesebre, al este con la voracidad y al oeste con el apoliticismo. Nadie quiere problemas. Nadie recuerda nada. Solo unos cuántos, ésos sí, y mientras puedan obtener rendimiento político, recuerdan la Guerra Civil Española, y a los muertos, nuestros muertos, que son de todos, utilizándolos para que lo poco que queda de la España de siempre acabe de disolverse como un azucarillo en un vaso de agua. Y de paso se inventan, no solo una nueva historia, sino una nueva geografía, un mapa “étnico” en el que las señas identitarias, el ADN, la lengua, el folklore o no se sabe qué establecerán las fronteras internas de una entidad de nueva creación llamada algo así como estado plurinacional.

Todo esto constituye el verdadero ocaso de España. La pérdida de su esencia espiritual, que no la pérdida de sus antiguos provincias de ultramar; la subversión de valores; el empeño en enterrar hasta el nombre de los muertos inconvenientes y de desenterrar, si es preciso, hasta los huesos de otros muertos, los que más cotizan, los que otorgan rendimiento político;  la obsesión por ocultar lo que nos une e inventar, si hace falta, lo que nos separa; todo esto es, si no lo remediamos, el principio del verdadero fin.

Pero yo voy a poner aquí, en este rincón de D21, un pequeño granito de arena, un párrafo que servirá para demostrar que la España que dicen que no existe estaba aquí, hace apenas un siglo y desde muchos antes, la España de los españoles que, unidos, sin enarbolar distinciones identitarias, entregaron todo, absolutamente todo, por legarnos lo que ahora nos empeñamos en destrozar, por acción o por omisión. Es, simplemente, la relación y procedencia de los españoles que lucharon juntos por defender lo que ellos creían todavía una de nuestras provincias.

“La procedencia de cada uno de los oficiales, y de los soldados supervivientes en Baler era la siguiente: El Capitán de las Morenas, de Chiclana (Cádiz); el Teniente Martín Cerezo, de Miajada (Cáceres); el Teniente Alonso Zayas, de Puerto Rico y el Teniente médico Vigil de Quiñones era de Marbella (Málaga). Su nombre es el que da título al Hospital Militar de Sevilla. El personal de tropa se distribuía entre pueblos de Canarias, Murcia, Sevilla, Castellón, Valencia y Lérida, con dos soldados cada una, y con un solo soldado las provincias de Albacete, Zaragoza, Málaga, Orense, Mallorca, Palencia, Ávila, Granada, Castellón, Jaén, Barcelona, Huelva, Coruña, Teruel, Salamanca, Gerona, Guadalajara, Cuenca, Burgos y Lugo. Lo que puede justificar lo anteriormente dicho de que los defensores de Baler, "Últimos de Filipinas", fueron una representación genuina de todo el pueblo español.”

En octubre de 1954, con motivo de la visita del Teniente General Muñoz Grandes como Ministro del Ejército Español al Pentágono, el jefe de E.M. del Ejército Norteamericano, Ridway, recordando el heroísmo de la guarnición de Baler, popularmente conocida como “Los últimos de Filipinas”, dijo al General Español: "La resistencia de aquella guarnición inerme y destrozada, es un ejemplo admirable de la capacidad de heroísmo y de la fuerza, de las condiciones del soldado español". Añadió que recomendaba a sus oficiales, la lectura de la famosa hazaña de Baler, símbolo de un gran espíritu.

Ellos, y muchos como ellos, fueron nuestros antepasados. Para nuestro oprobio y vergüenza.



Documentación:

"Yo te diré... (la verdadera historia de los últimos de Filipinas)", de Manuel Leguineche.
Revista "Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica"




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