Me gustaría proponer un ejercicio que dudosamente sorprenderá al que lo lleve a cabo. Es más, sus conclusiones son tan obvias que realmente no hace falta hacerlo, se sabrán de antemano. Con imaginarlo es suficiente.

Encienda la televisión o la radio, y ponga una de esas tertulias en las que realmente se discute. No valen esas en las que parece que cada uno lee un párrafo de una editorial ya escrita. Un auténtico debate, quiero decir.

Siempre, en todos los debates —como podremos comprobar a los escasos segundos de emisión— hay algún mequetrefe que se ve venir de lejos. Sabes ya con tiempo que va a decir alguna estupidez. No se está seguro de si por la cara que le cuelga, porque gesticula de una forma concreta, o porque ya le conocías de antes. Y, cuando por fin abre la boca, se te desvanecen todas las sospechas: ya está defendiendo alguna postura absurda.

En estos momentos laten en mi memoria infinidad de ejemplos. Pero lo que más de moda está para defender algún desmán, por ejemplo, del Gobierno —que no es el único que comete disparates, aunque sí el que los consuma para gobernarnos— es meterse en algún entuerto explicatorio con tintes jurídicos del que se ignora casi todo, acumulando una serie de palabras que deben considerar mano de santo: Justicia, Estado de Derecho, o la ya asentada práctica de adjetivar todas las palabras con el término “democrático”. Como si eso fuera garantía de que la ley aprobada o la actitud que en dichas tertulias se discute sean intocables.

Recuerdo cuando salió el insigne gudari De Juana Chaos por su propio pie del 12 de Octubre por estar al borde de la muerte. Supongo que a nadie se le olvidará hasta que no pase mucho tiempo, o muchas atrocidades. Pues en una tertulia, mientras todos los españoles nos frotábamos los ojos mientras pensábamos “no puede ser cierto”, había un meloncillo de esos que, crecido ante lo que creía que iba a ser el argumento que zanjara el asunto para siempre, decía: “pero si no es ilegal”. Hombre, sólo faltaba que encima el Gobierno se dedique a violar la ley. Aunque no faltan casos, claro.

Se empieza a adoptar la mala costumbre de no debatir las ideas, sino los hechos. Se toma como modelo, cada vez más a menudo, el “Principio de Orquestación” del famoso jefe del “propagandaministerium” —juro que en alemán se dice así—, Joseph Goebbels, de ya se sabe qué época alemana. Es decir, la repetición incansable de eslóganes, de forma que calen muy hondo en la sociedad. De ahí se extrajo la famosa aplicación: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.

Es especialmente ridículo el hecho de ver como unos periodistas —u opinantes a destajo— se dejan el pellejo defendiendo acérrimamente las estupideces de éste Gobierno que nos está tocando padecer en cuanto a las negociaciones con la banda terrorista ETA. Pese a que todo el mundo, a un lado y al otro de la televisión que emite la tertulia, sabe perfectamente que la banda ha vuelto a las elecciones municipales a merced de Rodríguez Zapatero y sus acólitos, dicha pléyade juega a decir, por un lado, que no es ETA —pese a que las listas han sido desgranadas por varios medios, llegando a la poco sorprendente conclusión de que es complicado encontrar algún candidato que no haya militando en sus tiempos libres en Batasuna o alguno de sus sinónimos ahora ilegalizados—, y, por otro lado, quitar hierro al asunto. “No les vas a eliminar la libertad de elección a esos sectores sociales”, decía un tipo emulando a “nosequién” que dice ser Fiscal General, como si, para algunos, no se pudiera votar otra cosa que no fuera a ETA y su violencia.

Y no menos ridículo, ahora que Gara nos cuenta lo que todos sabíamos —el PSOE se reunía periódicamente con la banda, llegando la negociación hasta límites tan obscenos como aceptar que el problema es político—, que repiten una y otra vez al uso goebbelsiano, sin desmentirlo, que el PP usa las mentiras del Gara como argumento electoral. Una lástima que el propio Redondo Terreros —de los políticos más decentes que han plantado batalla en el País Vasco— haya salido a la palestra a puntualizar que la reunión que a él le atañe fue con una Batasuna aún legalizada, dejando entrever que las que se llevaron a cabo con Patxi López dirigiendo el PSE eran de dudosa legitimidad.

¿Qué buscan con estas actitudes? No sé si pretenden distinguirse de otros periodistas, si creen que con esos comportamientos van a aglomerar mayor audiencia u obtener alguna ventaja de quien comete las estupideces —conste que pongo al Gobierno como ejemplo porque me parece más visible, reincidente, y de mayor repercusión—.  Lo que se crea, sin duda, es una relativización de los valores, de las ideas y de los principios, un hastío en la gente que, irremediablemente, va provocando una “apolitización” a pasos agigantados. Cosa que lleva, a modo de reforma encubierta mediante el aburrimiento del votante, a la radicalización o a la abstención. Y, por lo tanto, a la mutación de una democracia sana en oligarquía.

Tomen nota, en sus experimentos tertulianos, de los dislates que algunos disparan. Pregúntense por qué unos señores determinados no defienden la verdad o la decencia, sino que, a costa de todo, tratan de formas irrisorias de que Rodríguez Zapatero no caiga de su trono. Que no se despeine. Yo, personalmente, no entiendo qué pueden ganar algunos periodistas que escriben en periódicos, u opinan en debates, que por decir que son de una u otra sensibilidad política, se dedican a defender cosas grotescas que nada tienen que ver con las ideologías. Pero sé, estoy seguro de ello, que es malísimo para la democracia.

Por eso espero y deseo —no se pierdan la tontería utópica que va a salir ahora de mis teclas— que haya unanimidad en todas las voces cada vez que alguien haga algo objetivamente estúpido, tramposo, o mentiroso. No me importa si el que lo hace es socialdemócrata, liberal o comunista, porque las estupideces no pertenecen, a priori, a ninguna ideología. De momento, es una pena que siempre haya alguna babosa de la membresía de una secta, que, perdiendo la credibilidad y la decencia, se ponga a defender lo indefendible.