Libre Albedrío El aprendiz de Brujo
Muchos son los análisis que se han hecho sobre la atípica personalidad de nuestro presidente del gobierno. Ríos de tinta han corrido en diversos intentos de calificarlo como estadista y de asimilar su estilo a alguna de las categorías encabezadas por famosos gobernantes, en la mayoría de los casos de dudoso prestigio. Pero, reconozcámoslo, es un caso difícil.
Claudio Druso Germánico, Nerón para nosotros, (un nombre muy canino, por cierto) estaba como un cencerro, y era un megalómano de los que encabezan la clasificación. Llegó al poder sobre un charco de sangre, sorteando obstáculos y, una vez nombrado sucesor, se aseguró el puesto haciendo que desparecieran de la escena los que podrían hacerle sombra. Fue vago e indolente, una especie de “pacifista” adelantado a su tiempo. Renunció a determinadas campañas militares con graves perjuicios para el Imperio. Curiosamente, se le incendió la ciudad, y en la catástrofe murieron muchos ciudadanos. Él estaba de veraneo. Pero como les tenía inquina a los cristianos, los culpó de todos los males que asolaban a Roma, incluido el incendio, y los persiguió con auténtica saña. El colmo de la modernidad. Se creía muy sensible y dotado de cualidades artísticas. Torturaba a los que le rodeaban con insoportables audiciones de lira. Pero no, no nos sirve. Nada que ver. Este hombre recibió una educación exquisita, tuvo por preceptor nada menos que a Lucio Anneo Séneca, el gran filósofo hispano. Y además, cuando todo estalló en sus manos, tuvo cierta dignidad y, de acuerdo con los valores de su época, por supuesto, se suicidó. Al menos, recuperó una pizca del honor del que casi nunca hizo gala.
Cayo Julio César Germánico, para nosotros Calígula, que, curiosamente, significa algo así como “botitas”, descendía de una estirpe de ilustres militares. Su padre, Germánico, acostumbraba llevarle desde muy pequeño a las campañas, y se calzaba con las “caligas”, sandalias típicas de los legionarios romanos, de ahí su sobrenombre cariñoso. Éste tampoco regía muy bien, la verdad. Al principio, cuando llegó al poder, tras ser nombrado heredero por adopción, todo eran buenos augurios, tenía ganada de antemano la confianza del pueblo y de la clase política. Pero la dilapidó en poco tiempo. Empezó dilapidando los caudales. Quería contentar a todos y, para ello, repartía enormes sumas, primero entre los pretorianos, luego entre el pueblo organizando grandes juegos y espectáculos de circo. Al final, cuando las arcas quedaron vacías, tuvo que recurrir a espectaculares subidas de impuestos para, sangrando a unos, satisfacer a otros. Tenía un tótem sagrado, eso sí, su caballo. Al animalito no le faltaba de nada. Incluso un establo de mármol fino con adornos de metales nobles. Iba con él a todas partes y hasta le dio un nombramiento. De senador, al parecer. Él mismo quiso ser nombrado dios, no justiciero ni alianzador, nada de tonterías; dios, directamente. Tenía sus excentricidades. En una ocasión, en plena campaña militar, ordenó a sus tropas que lo dejaran todo y se adentraran en el mar a buscarle conchitas para su colección. Pero así y todo, tampoco nos vale de parangón este Calígula. Fue el primer emperador tras las campañas de Augusto en Hispania 26-25 a d.c. que dirigió un ejército en batalla. Tenía valor y preparación militar. Al final, terminó asesinado, y quedó para la historia como uno de los más nefastos gobernantes. Pero quedó. Y al menos fue valiente en campaña.
Podría seguir indefinidamente. La historia está llena de gobernantes excéntricos, sonrientes, ajenos al pueblo, felones, despistados, incompetentes, rencorosos, incluso traidores. Pero voy a dejar ese camino. No he encontrado parangón. Creo que lo que nos ha tocado es un ejemplar único. Con un poco de suerte para España y para el resto de la humanidad, será una anécdota que no se repetirá. Yo sólo puedo identificarlo con un mito: el aprendiz de brujo. Todos sabemos lo que es. Es de origen centroeuropeo y cuenta las andanzas de un jovenzuelo que se pone a experimentar hasta que el experimento se le escapa de las manos. Hay una definición en forma de parábola muy bien construida. Dice así:
“Cuenta esta historia que un joven aprendiz, en ausencia de su sabio maestro, puso en funcionamiento el artefacto inventado. El funcionamiento fue perfecto. Aquella maquinaria prodigiosa, en justa exhibición del talento que la había creado, iba destrozando todo lo que encontraba a su alrededor.
La angustia del joven aprendiz fue creciendo más y más por no saber desactivar los mecanismos que detuvieran el invento. Las consecuencias de aquella curiosidad imprudente y la moraleja de la historia son fáciles de sacar.”
La metáfora es perfecta para el caso. Sólo hay dos pequeñas discrepancias entre ésta y la realidad. La primera es que, a pesar de que los destrozos van en aumento, son irreparables y no veo la forma de que paren, no percibo esa “angustia por parte del joven”. La segunda es que “la maquinaria prodigiosa” que ha caído en manos del aprendiz de Brujo se llama, nada más y nada menos, España.
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