Aquella mañana, por fin, el sol salía de entre las nubes que lo habían ocultado toda la semana. Salí de la barraca en la que vivía, situada en una barriada de chabolas de las afueras de Argel. Allí no llegaba el agua ni la electricidad, era poco menos que un barrizal en el que asentaban más de trescientas familias. Pero era el lugar donde me había criado, donde había compartido con mi familia grandes momentos. Ahora, después de despedirme de mi madre y de mi hermano lleno de tristeza, partía para siempre. Había llegado el momento.
El día anterior, en la última reunión anterior al viaje, Achour dijo que me esperaba a las 11 en una famosa cafetería que había junto al puerto. Eché a andar, reflexionando, por la sucia callejuela que partía hacia el núcleo urbano. Había decidido, aprovechando que salía con mucho tiempo, llegar hasta allí caminando, y, así, meditar acerca del cambio que se avecinaba. Ahora me asaltaban las dudas. ¿Merecía la pena?
Achour me juró que sí. Le conocí hace años, cuando de pequeño acompañaba a mi madre a la mezquita. Me impresionó. Siempre daba enérgicos discursos sobre la vida, sobre el alma, y sobre la grandeza de Alá. Siempre lo tuvo todo muy claro. Tal vez por eso sentía esa firmeza en mis propias ideas cuando le escuchaba. Decía que no había que reparar en esfuerzo y sacrificio por extender la Religión Verdadera. Que todo sería compensado en la otra vida. Yo siempre fui débil, pero él me enseñó a no tener miedo, a tener seguridad sobre mí mismo. Aún así, todavía albergo la duda.
Ya podía ver la cafetería a lo lejos, pero me quedé parado. Miré hacia atrás, en un intento inconsciente de volver con mi familia. Cada vez sentía mayor la carga sobre mí. Jadeaba. Pero, en cuanto me di cuenta, traté de volver a mirar al frente. Debía ser fuerte. Y para serenarme, me senté en un banco, cerré los ojos y pensé en esos poemas que tanto me animaban, esos que hablaban del cielo y de las huríes, de la felicidad suprema y la recompensa anhelada. Alguien posó su mano en mi hombro. Era Achour.
– ¿Estás preparado? –dijo, mientras me ponía en pie, y comenzábamos a caminar–.
Asentí lentamente, tratando de mostrar una cara firme y convencida. Una cara falsa. Al fin y al cabo, siempre odié las despedidas. En cambio, Achour se mostraba radiante.
– ¿Has traído lo que te dije? – él apretaba el paso, subiendo la calle con la mirada fija en el horizonte que se asomaba tras un mar que ya se veía–.
– Sí…
Ya estábamos en la puerta de la cafetería. Miré a mi alrededor, y comprobé que había muchas personas que paseaban, o que leían sentadas, cada una con sus preocupaciones y sus sueños. Parecían felices.
Achour me miró. Había llegado el momento. Comenzó a gritar versos del Corán, alabanzas hacia Alá, y a maldecir a los perros infieles que habían mancillado esa tierra, mientras blandía en su mano derecha el detonador de la carga explosiva que le rodeaba la cintura. Imité sus comportamientos de forma automática, casi inconsciente, mientras pensaba que todo eso no era más que un terrible error. No creía en Alá. Hasta ahora, creía en un invento de los políticos usado para controlar a la masa islámica, un dios cruel y despiadado que no existía. No era más que una excusa para llevar a cabo unos objetivos sanguinarios, de los que éramos meros peones sin valor. Ahora lo veía claro. Pero era demasiado tarde.
Achour presionó el activador y yo hice lo mismo. No habría huríes esa noche, ni cenaríamos con Mahoma. No éramos más que dos engañados más de entre tantos que, cayendo en la trampa de los que usaban el nombre de Alá para llevar a cabo su ominosa guerra política, manchaban el nombre del Islam, y mataban de hambre a su pueblo.
lunes, 16 abr 2007 a las 13:35
Ignacio Moncada
La soga al cuello
Meros peones
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