El refectorio Nos quedan las palabras
Amadísimos lectores, brota otra vez densa como una lágrima cayendo la palabra España, pues quieren enviar nuestra lengua lejos, allá, donde habite el olvido. Bien sé de ese dolor vuestro que se agrupa en el costado. Con rabia, hechos montes de eminentes miembros, escupís por qué y teniendo más alma tenéis menos libertad que brutos.
Y bien sabéis que estas líneas no os podrán quitar el dolorido sentir, pues no soy de esos pocos sabios que en el mundo han sido, aunque solitaria sea mi vida. Mi pluma no vale sus pistolas ni leyes. Mi consejo sólo puede ser humilde : palabras de familia gastadas tibiamente. Como tantos, vivo sin vivir en mí, en noche oscura ; y muy negra es cuando contemplo muros fuertes desmoronándose . No me pondré íntimo como pequeña plaza para evitaros mis temores a que la sangre llegue hasta la cintura.
Como vivo de escuchar con mis ojos a los muertos, os animo a hacer lo propio si quejas y lamentos no pueden tanto. Y si se descubre y se sirve a Dios entre pucheros, puédese cuidar y amar nuestra lengua entre pucheros. Que los padres les contagien a los hijos la alegría tan alta de vivir en los pronombres. Que les cuenten su alto soto de torres, su infancia de recuerdos de patios sevillanos y limoneros, que les cuenten la tristeza dulce del campo o la primavera que tarda, pero que es tan bella cuando llega. Que le diga a su vecino : « Coge mi mano y paseemos. El aire se serena y se llena de hermosura… ».Y entonces al ánjelus empezará a nevar y en vez de nevar rosas nevarán palabras , nevarán versos, nevarán odas… Todo lo cubrirán nuestras palabras, palabras luminosas de otros que nos han hecho. Surgirán quienes no callen por más que dedos avisen o amenacen, pues no faltará ya la lumbre de la esperanza. Y España, en el corazón.
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